Ciudadela letrada - Juan álvarez umbarila

Todo editor que tome en serio su profesión debería haber sido vendedor de libros en algún momento de su vida. Esto debería ser un requisito, como lo es que para ser un Itamae (un maestro chef de sushi) se tengan que pasar cinco años en quehaceres rutinarios antes de que al aprendiz se le permita tocar el pescado. Para poder hacer libros debería exigirse asimismo entender y presenciar todo el ciclo del libro, empezando por cómo el lector, su destinatario final y la razón de ser del libro, accede a él.

Mi historia como vendedor de libros empezó porque mi sueño era ser vendedor de tacos, pero en el restaurante mexicano al que apliqué me dijeron que era demasiado alto para llevar a cabo esa tarea. Yo les pregunté que eso qué tenía que ver con vender tacos. Ellos me respondieron que nadie quería que un tipo tan alto les vendiera tacos, que eso podía hacer sentir pequeños a sus valiosos clientes. Entonces empecé a buscar un trabajo de vendedor de algo que me permitiera hacerlo desde una silla. Mi segunda opción fue ser vendedor de libros (que era lo segundo que más me gustaba después de los tacos). Así que empecé a buscar trabajo en el marco de la Feria internacional del libro de Bogotá, la vieja FILBO. Mi primera opción fue trabajar para cierto Fondo de Cultura mexicano que he dado en llamar FEE, por sus siglas en español: Fondo de Explotación Económica. No me sentí muy cómodo con sus condiciones laborales, pues a los vendedores de la Feria les pagaban la hora a 3.300 pesos y los hacían trabajar por obligación diez horas al día (con media hora para almorzar). Así que huí de ese sitio horrible y me procuré un trabajo con cierta agrupación de editoriales independientes colombianas que he dado en llamar La Resistencia. Allí me aceptaron con cariño y no me discriminaron por ser alto, y así empezó mi trabajo de vendedor de libros.

La Resistencia se ganó mi cariño no sólo porque me dieran cerveza en horario laboral y me permitieran marraniar cuanto quisiera, sino porque vendiendo los libros de sus editoriales aprendí el verdadero valor de ser independiente: hacer libros con verdadero cariño y con verdadera dedicación artesanal, hacerlos también con las uñas, con muy poco presupuesto, en desventaja con las editoriales grandes, tratando de ganar el corazón de los lectores con buenos contenidos empacados en bellos contenedores. En el gran cuadro de la industria editorial iberoamericana estos personajes venden más bien poco, andan medio arriados de plata todo el tiempo; pero lo que pueden hacer lo hacen bien, y lo hacen con empeño.

Dos semanas pasé vendiendo libros en el estand de La Resistencia en la FILBO. Es curioso pensar que uno pueda estar más de seis horas diciéndole a la gente: “¡hola, bienvenidos! ¿Ya conocen nuestras editoriales?”. La Feria ya terminó y hace unos días fui a comprar una chaqueta o algo en una tienda, y cuando fui a pagar le dije a la cajera: “hola, bienvenida…”. Esta experiencia de vender libros no sólo me ha permitido tachar esa casilla de la canción del Cuarteto de Nos: “ya estuve al otro lado del mostradoooor”, sino también apreciar lo valioso que es trabajar con cosas hacia las que uno siente verdadero respeto, y entender lo jodido que es trabajar en serio y ganarse el pan (o los tacos). Desde mi trinchera en el estand pude dispararle libros a la gente con la esperanza de atinarle a algún transeúnte en el corazón (todo en calma en el frente oeste), y también pude recibir los golpes violentos de los compradores irritados: “¡que no me importa que sea la mejor edición del mundo, si te digo que no te voy a pagar todo eso por este librito!”. Uno de vendedor aprende a leer a la gente, y adquiere una cierta sensibilidad sobre cómo la gente lee y compra libros. Desde como los tocan en la mesa: hay quienes son terriblemente bruscos con los libros, los manosean como si fueran repuestos de un carro y los tiran en la mesa una vez perdido el interés; hay otros que los cogen con delicadeza y los maniobran con respeto y con cariño; hasta los tipos de personas que de hecho compran los libros: es maravilloso ver cómo se quiebran los estereotipos sociales y económicos de quienes se supone que compran y no compran.

Pasar tantísimas horas seguidas con las mismas personas en un espacio limitado forja verdaderas complicidades entre los camaradas del oficio editorial y vendedor. Los coequiperos se vuelven amigos, y se aprende a cubrirlos y a ser cubierto por ellos. A los vendedores de los otros estands (no tan bienaventurados como yo) podía ofrecérseles una silla en un momento de cansancio y recibirles una galleta en un momento de hambre. Como todo el mundo estaba tan cansado todo el tiempo, los vendedores esperaban con verdaderas ansias a un personaje ferial llamado Tinto Tinto, un tipo que pasaba cada tanto con un contenedor de fumigante lleno de café terciado en la espalda, que vendía el vasito de elíxir a mil: “¡Tinto Tinto, te habías demorado hoy, ¿no?, so pillín!”. “Cuántos tintos, mi señora”. “Hoy sólo tres, Tinto Tinto, sólo tres”. Fue un poco triste descubrir hacia el final de la Feria que Tinto Tinto era en realidad varias personas diferentes con identidades individuales. Pero fue siempre muy divertido, en los momentos de mayor sopor, hacerse pasar por Tinto Tinto y darse una vuelta por los estands gritando: “¡tinto tinto tinto!”, sólo para ver a los vendedores alzar las cabecitas llenas de esperanza y luego llevarse la decepción de su vida al ver que sólo era un bromista pesado.

Pero la mayor satisfacción de este trabajo, que es la razón de esta entrada (y el punto al que me he demorado mucho en llegar), es la magia que hay implícita en el acto de vender un libro: es entregar a una persona un artefacto de hecho mágico, que contiene dentro de sí un universo autónomo y completo, y ver que esa persona entienda esto y se alegre con sinceridad por llevarse un libro a la casa. Uno pensaría que esas cosas no pasan, pero, Dios mío, ¡la gente se ilumina comprando libros!, los niños y los grandes y los viejos, esto es algo que a mucha gente puede traerle verdadera felicidad. Nada más alejado de los mundillos literarios alambicados y fantoches a los que estamos acostumbrados; en estos otros actos hay codificada una felicidad sincera. Debo admitir que en momentos así me sentí orgulloso de haber estudiado lo que estudié (si alguien comete ese mismo desatino que sepa que no todo es agrio), porque vender un libro que dé alegría es análogo a escribir una historia que produzca alegría, a construir un universo para alguien, que pueda sacar a los seres más mundanos de la tierra misma y llevarlos a pasear por algún otro lado.

Hay una anécdota más que merece mención en este texto, mi favorita personal: hay ciertas personas que compran libros para regalarlos como prenda de amor a sus parejas. Por lo menos tres de estos personajes me tocaron en la Feria, y creo que nunca estuve tan feliz de ser cómplice de algo, pues llegaban con sigilo y me decían al oído “quiero ese libro, pero empácalo sin que ella lo vea, porque quiero que sea una sorpresa”. Una vez más, creo que no hay mejor prenda de amor en el mundo que un libro comprado y regalado en esos términos secretos.

 

Esta entrada está dedicada a todas aquellas personas que realmente querían comprar un libro especial que les movió el piso, pero que por no tener la suficiente plata no pudieron hacerlo. Si alguna vez me vuelvo rico los busco y les regalo los libros. Palabra.

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