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-Fotos por Daniela García

Macondo, Macondiano, Macondence, Macondeño, Macondino, Macondis, Macondillo… ¿Qué (o quién) carajos es Macondo? Bueno, de lo que podemos estar seguros, a lo menos, es que es el país invitado de la Feria del libro de Bogotá este año.

Después de la muerte hace un año de García Márquez se decidió que no habría una mejor forma de homenajearlo a él y a  su obra (ni de vender la mayor cantidad de ediciones de Cien años de soledad) que haciendo de Macondo el país invitado a la feria. Mientras anunciaban la noticia  en televisión, el corazón de muchos revoloteaba de emoción y el de muchos otros se contraía en un retorcijón de incomodidad. Creo que en ese sentido, al menos, la noticia logró despertar interés y expectativa en la feria (cosa que no es muy común a menos que sea Ud. un parcero estudiante de literatura, que lo felicito si no es así, o un intelectual amante de las letras y de los libros terriblemente  caros). De modo que así, llena de expectativa y retorcijón, entré al pabellón .

Claro, no había otra manera de comenzar el recorrido: “muchos años después frente al pelotón de fusilamiento […]”.¡Retorcijón! Pero bueeeeeno, al continuar el recorrido está un mapa lindo, pa’ qué, de Macondo. Un mapa de una ciudad que linda con Comala y La Mancha. Cursi, sí, sobreactuado, sí, lleno de referencias molestas, sí, pero hasta lindo; lindo asumir a Macondo como la ficción que es, lindo (aunque me quemen en la hoguera) el realismo mágico. Después de esta fantasía de mapa, hay que pasar por otra de las cosas bonitas: una lectura en voz alta del primer capítulo de Cien años de soledad por el propio García Márquez. Bonito, sí, pero en ese momento, y después de la filota, uno lo único que quiere es ir a ver la esencia del pabellón, entre lo que incluyo, claro, la gallera. Muchos como yo, espero, deseaban verla con ansias y es que ¿una gallera en el centro del pabellón? Severo. Y sí, efectivamente es severa. Es grande (cosa que quienes visiten el pabellón en el momento de una conferencia agradecerán profundamente bien si alcanzan a sentarse y bien si no) y lindísima con sus decoraciones festivas y sus graderías en madera. Después de esta belleza, sin embargo, está ese Macondo ya ni real, ni mágico que Zzz.

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¿Qué carajos es Macondo? era la pregunta que nos planteábamos al comienzo. ¿Macondo es, acaso, una tierra llena de gitanos y gente que duerme? ¿Será, como me dijo alguien, “Columbia” o será más bien como me dijo alguien más el “medio perfecto para hacer que la gente asuma la pobreza y la injusticia social como algo poético”? ¿Acaso será Macondo Colombia? Es decir, sí, puede haber un sentido en el que podemos asumirnos como macondianos, pero es el mismo sentido en el que un español o un francés pueden sentirse macondianos; y es que el valor de las buenas obras es su universalidad, y aunque nos gusta creer que Macondo es Colombia, la verdad es que para lo único que nos sirve ser Macondo es para justificar el realismo mágico del día a día colombiano. Para justificar las ciudades sin alcantarillado, las epidemias de mosquitos por problemas de sanidad o que la ministra de educación no sepa sacar un promedio. Macondo es, en verdad, eso que presenta el mapa de la entrada: una fantasía; un lugar que no es de nadie y es de todos y que si bien nos acerca a las preocupaciones que como colombianos podamos tener, lo hace interpelando simplemente a las preocupaciones que como hombres tenemos. Habría sido un homenaje mucho más apropiado y una lectura mucho más interesante esa que hace el mapa en la que Macondo existe por sí mismo sin necesidad de Colombia (y Colombia existe sin necesidad de Macondo). Y no porque sean dispensables, no, sino porque simplemente no son lo mismo. Hubiera preferido una propuesta en la que no estuviera ese proyector en el que los visitantes pueden poner fotos de Colombia y decir “cómo somos de macondianos”. No sé, seguramente hubiera sido difícil porque sí, hay un sentido en el que Macondo se ha vertido en nuestro imaginario nacional, pero es que no hay manera de que algo que ha sido puesto en palabras represente, tal cual es, un referente en la realidad. Es decir, puede ser que el referente para todas las obras de García Márquez hubiera sido Colombia (que tampoco creo), pero lo cierto es que cuando entró a los libros fue Macondo. Y Macondo no está en las calles de Bogotá, Macondo no está en la bandeja paisa ni en la butifarra con suero; Macondo está en los libros y en ellos encuentra sentido. El pabellón se queda en esa lectura nacionalista de los libros y renuncia a la exporación de ese realismo mágico del que tanto nos ufanamos. No es realismo porque haya plataneras como en Colombia, ni es mágico porque en ese país que sería Colombia los trenes no traigan, ni lleven gente. Hubiera sido mejor un Macondo con guiños a Colombia y no una Colombia con guiños a Macondo. La sección en la que hay un plátano entre espejos irregulares en la que además van pasando imágenes de plantaciones y campesinos se logra perfectamente gracias a que si bien claramente las fotos son todas de Colombia, no hay ninguna necesidad de hacerlo explícito porque, de hecho, no es Colombia, es Macondo. Eso sí es realismo mágico, eso sí es la obra de García Márquez.

La librería queda al final del recorrido y resulta confuso recorrerla. No hay claridad en la línea que sigue: hay libros de autores colombianos, chilenos, argentinos, hay una edición ilustrada del Quijote, está la biografía de James. Pasar por la librería deja confundido porque ya ni siquiera parece que Macondo fuera Colombia. No sé, parece que sí hubiera algo de Colombia, pero ya desdibujado en un algo más que, sinceramente, es bastante difícil de determinar. Tal vez esta nota haya entendido mal lo que pasa en el pabellón, tal vez Colombia sí es Macondo y viceversa. En cualquier caso, parcero, le recomiendo ir porque, más allá de todo, la gallera sí es en definitiva severa y la estética que mantiene el pabellón es sutil y hasta calurosa. Le recomiendo que vaya, haga la fila (que de ojo podría parecer interminable pero resulta ser bastante eficiente) y disfrute (o no) de Colombia, perdón, Macondo.

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