Melisa Martínez recorrió el pabellón del país invitado de honor en la FILBO 2014. Fotografías por Daniela García.

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Fui a la FILBo de este año esperando encontrar todas las ediciones posibles de La ciudad y los perros, muchas fotos de los Andes y, no sé, a Wendy Sulca tal vez. Sin embargo, como últimamente todas las exhibiciones de Corferias esta feria del libro terminó de acabar con mis esperanzas. Entré gracias a una invitación para la presentación del libro Los apuntes de Cata, lo que me hizo creer que este año la feria estaba llena de sorpresas y cosas gratis para mí. Como siempre tanta gente, tantos bebés en coches, tantos puesticos vendiendo traguillos de tequila y whisky hacían difícil llegar a cualquier pabellón y, en general, moverse dentro de ellos. Caminé directamente con los ojos fijos (en la medida en que me deja la miopía) hacia el Pabellón de Perú, iba dispuesta a todo: Ay, que ahora veamos un video, que escuchemos algo de una conferencia, que manoseemos libros y no compremos ninguno…¡De una! Pues no. Entré y, aunque me sorprendió que, a diferencia del año pasado, la fila para entrar al pabellón del país invitado era bastante corta (inexistente), el lugar se veía a reventar, lo que hacía algo difícil ver la decoración. Seguí caminando asiéndome de mi compañero (me habían pegado un codazo y más que el brazo me dolía el orgullo) y empecé a ver la cantidad sobrecogedora de fotos y de apoyos audiovisuales del comienzo del recorrido. Como para mí no son interesantes les dediqué poco tiempo. Sin embargo puede haber quien disfrute las descripciones tipo documental de Discovery Channel y, en ese caso, le interesará mucho esa sección. Yo por mi parte disfruté por encima dos o tres fotos -¡Qué lindo es Perú!- y seguí. Las paredes del costado norte estaban todas llenas de nombres de autores, de libros y algunos videos. Mientras caminaba debí ver 20 (aunque seguramente fueron 10) segundos de un video y algunos títulos llamativos como En los cínicos brazos y Prosas apátridas. Llamativos para mí, en todo caso.

 

Del otro lado había mucha -muchísima- gente atiborrada y, no sé, tal vez estaba Wendy Sulca y me emocioné. Intenté levantando la cabeza pero terminé saltando para darme cuenta de que había un mercadito; un mercadito de telas y artesanías típicas. No puedo negar que eran unos trabajos muy lindos (todos llenos de colores cálidos y diseños interesantes) pero les dejo el mercadito a su juicio. De vuelta al recorrido, de repente, mientras buscaba la librería me encontré con otra pared y ahora estaba en un no lugar lleno de frases y la gente tomaba muchas fotos. No supe dónde estaba hasta que terminé el recorrido y me di cuenta de que era un recuento cronológico de los autores peruanos y un homenaje a Antonio Cisneros (y que, además, eran dos partes distintas de la exposición).

 

Cuando salí de ese espacio laberíntico de fotos y frases y gente y horror me estaba esperando el pisco. Delicioso. Lo pasé con dolor porque ya no soportaba más el calor y quería ver los libros pero al parecer ese pabellón está estratégicamente organizado para envolverte y no dejarte salir hasta que no lo veas todo. Así que, de algún modo que aún no entiendo, resulté escuchando un conversatorio sobre Julio Ramón Ribeyro y aunque pensaba escucharlo los mismos 20 segundos que me había demorado viendo el video, descubrí que Ribeyro es el autor de Prosas apátridas y me quedé a escuchar un rato más la charla. Dejé la conferencia a medias y después de una media hora en el pabellón llegué por fin a ver los libros ya sin el mismo ánimo con el que había entrado. Sin emoción vi uno que otro libro de cuento y ojeé los libros para niños porque ya estaba cansada de los laberintos y la librería era como el último nivel de un sueño en Inception. Salí cansada y triste.

                                                         

Así que, queridos lectores de El Parcero, les cuento mi experiencia por varios motivos: 1) porque fue una experiencia bastante interesante que valía la pena compartir; 2) porque espero que se animen a ir a la feria a corroborar o a refutar todo lo dicho en esta nota y 3) porque creo en la lectura y creo en los libros y creo que por más horrible que sea una experiencia en la Feria del Libro de Bogotá, siempre está la esperanza de conocer un buen escritor o de encontrar un buen libro (como lo he hecho yo con Ribeyro y Prosas apátridas)

 

Así que espero que no se dejen guiar por mis impresiones que están todas vistas a la luz del dolor físico y moral, que vayan a la Feria y disfruten de Perú, el mercadito y sus libros. Además, les recomiendo ir en estos días a la feria no sólo porque en los primeros días hay más libros, sino que la cantidad de asistentes va aumentando conforme pasan los días y si mi experiencia fue traumática habiendo ido el 3 de mayo no quiero pensar en los desdichados que decidan ir el 12. Seguramente mi experiencia está muy mediada por una misantropía amargada y por eso, a pesar de lo dicho aquí, espero que vayan y disfruten de los libros de José Martí, Eurípides, Becca Fitzpatrick o no sé, de lo que sea que disfruten leer. También, con todo mi amor de madre, les recomiendo llevar un asidero como mi compañero a quien, por cierto, le agradezco por haberme ayudado y acompañado durante esta experiencia. A él gracias. Y a Perú le digo que espero conocerlo pronto y olvidar el horror de nuestro primer encuentro. 

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