Aunque el cine se mantenga como medio dominante, la máxima aspiración del arte popular, la televisión, ya cumple dos décadas (desde Seinfeld y Los Sopranos, el renacimiento de un medio complacidamente estúpido) despertando odios viscerales y lealtades maniacas entre los que seguimos empeñados en salvar la rutina con trozos de ficción. Mientras una película es una experiencia estética y emocionalmente avasalladora que rechazamos o asimilamos casi al instante, una serie es una afición sosegada que administra con paciencia su veneno; uno que otro desadaptado le seguirá sacando jugo a las mismas escenas culmen de El Padrino ó El Acorazado de Potemkin (se llaman profesores de cine y necesitan ayuda psicológica, o DVDs nuevos) pero somos más los que nos comprometemos con universos y personajes que se expanden (drama) o se reafirman (comedia) al ritmo semanal de nuestras vidas.

El monopolio de la televisión, como casi todo monopolio, continua siendo gringo: los latinoamericanos hemos intentado y fracasado (decorosamente con Vientos de Agua, Los Simuladores y Escobar: el Patrón del Mal, estrepitosamente con Kdabra, El Negocio y Los Caballeros Las Prefieren Brutas), los nórdicos han tenido su cuarto de hora copiando el drama policiaco estadounidense y subiéndole dos puntos de coeficiente intelectual (The Killing, Wallander, Mammon) y los británicos han tenido sus aciertos (Peep Show, Downton Abbey, las ridículamente visionarias y fuera de tiempo Fawlty Towers y Monty Python’s Flying Circus) pero su modelo de un solo creador-escritor para seis u ocho capítulos por temporada le quedan cortos a la voracidad del televidente promedio. En últimas solo Estados Unidos cuenta con la experiencia, la masa poblacional, el poder económico y el modelo de producción (alienando al prójimo con su estricta división de trabajo, pero no hay forma más efectiva de hacer cine y tv) para sostener historias de largo aliento con la misma ambición técnica del cine y un arco dramático superior al de las mejores novelas realistas del siglo XIX, y una que otra del XX. La comparación sonará blasfema (para el que le importe la literatura, a los demás les dejo el título) pero me arriesgo a recomendar una serie que se desprende de los estigmas de la pantalla chica para ofrecerse como inesperada e indiscutible obras de arte: la épica The Wire.

The wire

Hay más de una veintena de listas y artículos, además de un especial británico declarándola la mejor serie de todos los tiempos, pero yo me quedo con la opinión de la columnista Laura Miller al definirla como una versión moderna de La Iliada, ese poema glorioso que admiramos por su desborde literario e inevitablemente interpretamos como compendio de las virtudes y vicios de una civilización extinta; The Wire es La Iliada de las ciudades postindustriales norteamericanas y, si algún buen historiador no se apura, será la joya arqueológica con que generaciones futuras juzguen el grueso de la sociedad norteamericana del siglo XXI.

Con Baltimore, Maryland como escenario, la serie se propone cubrir en cinco temporadas las instituciones que conforman una ciudad en crisis, centrándose en el trafico de drogas y la fuerza policial que la combate pero examinando los sindicatos del sistema portuario, las maquinaciones políticas del ayuntamiento, las grietas del sistema educativo y el cinismo de la prensa local. Suena a documental pesado, y lo cierto es que aburrirá mortalmente al espectador que a la voz de “¡Policías!” quiera disparos, persecuciones y despiadados criminales tras las rejas cada capítulo (la vieja fórmula que persiste en las 45.000 versiones de Law and Order y hasta en series tan admirables como The Shield), pero lo que se presenta aquí es un complejo y eventualmente sobrecogedor panorama de los servidores públicos enfrentados a la corrupción y la burocracia de sus propias instituciones, donde hasta las organizaciones criminales sortean los trámites y las injusticias del negocio de la droga y la sesuda investigación policiaca siempre es salpicada por la negligencia y la incompetencia de las propias autoridades.

Hablar de los personajes que dan vida a The Wire es otro reto, son más de 50 y por lo menos diez se reparten el protagonismo según el enfoque de cada temporada. No puedo mentir diciendo que alguno sea tan complejo como un Tony Soprano o cualquier Fisher en Six Feet Under precisamente porque la serie prefiere sugerir la vida interior y sentimental de sus policías, sindicalistas, políticos, educadores, traficantes y drogadictos como el aliciente, y a veces el producto, de su eterna lucha en las calles, “el juego”, como lo llama un único posible héroe entre un mundo de peones resignados, alfiles ávidos y reyes efímeros que se hacen y deshacen en el inmutable status quo del tablero; a pesar de todo, llegamos a amarlos u odiarlos por el inconfundible realismo que David Simon y Ed Burns, los creadores de la serie, supieron transmitirles luego de tres décadas de experimentar la verdadera Baltimore como reportero de prensa y detective policial respectivamente. El resultado, y lo digo sin miedo a exagerar, es una batalla épica a la medida de nuestros tiempos, donde cada combatiente es siempre dispensable, y siempre inolvidable.

¿Y por qué no entonces Game Of Thrones para batallas y tramoyas a gran escala? ¿Breaking Bad si vamos a hablar de la naturaleza de la corrupción? The Wire puede conmover y hasta desgarrar pero no llega a los clímax de emotividad que sí logra la estrepitosa caída de Walter White o el ya patentado sistema de engorde y sacrificio de personajes en Westeros; se gana su lugar como la serie dramática más importante de la historia no por ser particularmente adictiva o insólita sino por lanzarse con confiada sobriedad a representar en un pequeño gran universo el tejido social de una y de todas las ciudades posibles en un estado occidental moderno. Atrévanse a verla y opinen si lo logra o no; yo por lo menos no puedo pensar en un conflicto social, económico, racial y hasta ético de importancia que esta serie no haya masticado con incontestable ingenio y agudeza.

Dónde ver The Wire

Solo basta que ustedes (o un familiar, o un amigo de confianza) tengan HBO en Direct Tv o Claro; con la cédula del suscriptor tienen derecho a todo el contenido de la cadena en HBOGO Latinoamérica, un premio que nosotros pobres mortales no nos merecemos.

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