Fotografía por Raigohead, toda de : www.pestilencia.com

Fotografía por Raigohead, tomada de : www.pestilencia.com

Yo estuve ahí y lo vi de frente, a la leyenda, a Dilson Díaz.

Estaba en el viejo Dorado con mi hermana. Esperábamos que mi mamá llegara de algún viaje.

Ese viejo Dorado era una maldita ruina en la que solo se podía sentir el frío, no había nada más. No es como el nuevo. En el nuevo hay sillitas y un Subway y un no sé qué y unas tiendas de baratijas colombianas vendidas al precio más alto. Uno no siente el hambre ni el frío ni la contaminación.

Pero el antiguo Dorado era otra cosa: el sitio perfecto para experimentar el aburrimiento. Nos apoyábamos sobre las barandas gruesas y tubulares de metal. Estábamos rodeados de tipos con carteles con nombres en inglés, seguramente al servicio de algún hotel de medio pelo del centro. Eran tipos calvos con trajes baratos. Una señora con gafas de color azul eléctrico, de fiesta de música electrónica, se paseaba por ahí vendiendo cigarrillos y dulces.

Me fumé unos cuantos Marlboros mientras miraba al fondo, donde estaban las tres aduanas que existían en el antiguo aeropuerto. Por ese camino solo se veían pisos y paredes de baldosa blanca y aparatos de metal. Alrededor pasaban taxis y carros particulares.

Y entonces, lo vi, ahí de frente. Tenía unos dreads largos, casi hasta el culo. Iba todo vestido de negro. Sin embargo, estaba igual de confundido que cualquier viajero. Miraba a todos lados buscando la puerta de salida. Pero era él. Era Dilson Díaz, el cantante de La Pestilencia.

Se lo señalé a mi hermana, que hacía unos años que iba a Rock al Parque. Entonces, levanté los cuernitos esos que uno hace (los que se inventó James Ron Dio y que en él parecían una cursilería barata). Nadie se fijó; no se fijaron los conductores calvos ni la señora de las gafas de música electrónica. Tampoco los policías se fijaron en mis cuernitos. Me debí ver como un imbécil, como un Chavo del 8 que ha pasado ya por el advenimiento del Punk.

Pero entonces, Dilson también levantó las manos e hizo los cuernitos. Mi hermana también levantó. Yo me imaginaba que todos  –policías, conductores calvos, vendedores de cigarrillos, los burócratas de la aduana – levantaban los cuernitos. Era un buen momento para estar ahí.

El Dilson sonrió y siguió buscando, como cualquier otro ciudadano colombiano, una puerta para coger un taxi.

Otro recuerdo:

La Pestilencia era una de las últimas bandas en tocar para la duodécima edición de Rock al parque. La plaza estaba repleta y era un gusto que estuviera así. Uno podía sentir el sudor maluco y cómo el aire respirable se evaporaba.

Ya habían comenzado a anunciar a La Pestilencia desde el escenario. Se trataba de esa voz ya conocida: un tipo que grita mientras los roadies hacen el trabajo sucio. A toda marcha organizaban el equipo y las luces. Era la primera vez que iba a ver a La Pestilencia en vivo y estaba ansioso. De nuevo, fumaba sin parar.

El clima era el mismo de todas las ediciones de Rock al Parque: hacía frío, se notaba, pero uno podía sentir el calor corporal que generaban los escuadrones de fanáticos. Entonces, todo el mundo comenzó a balancearse con la esperanza de obtener una mejor ubicación. El público se movía en un vaivén discontinuo y el sudorcito y el calorcito se intensificaban.

Desde el escenario salió de nuevo la voz, esta vez en ánimo menos optimista. Decía que había gente desmayada, que las personas de adelante estaban siendo presionadas contra las barandas y se estaban quedando sin aire; que nos teníamos que calmar, que ya era demasiado. Sin embargo, nunca es demasiado y todo el mundo seguía empujando y moviéndose. Era tarde y queríamos ver a Dilson.

Y así pasó unas tres veces y nunca nos calmamos. La voz nos seguía diciendo que se iba a cancelar el festival. Pero seguíamos.

El caso es que por esa época, en los intermedios entre bandas, se ponía una cortina negra que tapaba el escenario. Así que lo que teníamos en frente era una gran pantalla oscura. De pronto, desde la mitad de la cortina comenzó a salir alguien. Era Dilson.

Salió, otra vez con sus dreads y vestido de negro de arriba abajo. Todo el público empezó a aplaudir y a gritar:

—¡Peste! ¡Peste! ¡Peste!

Totalmente convencidos de que el concierto iba a comenzar, seguíamos gritando. “La Peste lo puede todo” me dijo alguna vez un Skinhead borracho en otra edición del festival. Y era verdad. Más verdad que cualquier cosa.

Dilson estiró los brazos a cada lado como si fuera Cristo en la Cruz. Sí, como en el video de “Soñar despierto”, en el que hace lo mismo, cubierto por una bandera de Colombia, y se eleva sobre la escena de un crimen, sobre policías, médicos forenses y unos espectadores. Lo único diferente es que en el video está muerto y tiene la cabeza tirada sobre el pecho. Esta vez no, esta vez miraba al público impasible. Y, mientras tanto, seguíamos gritando:

—¡Peste! ¡Peste! ¡Peste! ¡Peste! ¡Peste! ¡Peste! –pero no era un grito animado. No era como de partido de fútbol, no. Era más bien un grito fantasmal. Era todo lento. Como si se tratara de legionarios zombis. Así somos acá.

Luego, Dilson también coreaba junto a nosotros. Y todo fue bueno.

Bajó los brazos y se nos quedó mirando. Ya nadie gritaba. Era monumental. Entonces cogió el micrófono y nos habló.

Hijueputas, dejen de empujar que si no, no tocamos.

Dilson se volvió a esconder detrás de la cortina negra y ya nadie empujó más. Así por las buenas, se logra.

Estoy viendo la televisión. Tengo este nuevo canal V+TV o Vé más TV (no sabría cómo escribirlo). Este canal es una de las joyas de Claro TV. Se trata de un canal producido para colombianos en el que conviven decenas de Talk Shows para amas de casa. Así, el canal contiene a un montón de copias baratas de Laura en América e incluso su programa derivado: Laura de Todos (Se trata de la llegada de Laura Bozo a México luego de enfrentarse a la cárcel por ser la amante de Montesinos). El canal es impresionante. Le he cogido mucho cariño. Tiene toda la basura que quiero ver y algo de justicia social escondida en el fondo.

Uno de los programas estrella del canal es La corte del pueblo. Se trata de un juicio simulado en el que latinos que viven en Miami van a resolver sus líos judiciales. El juez es un anciano malgeniado que regaña a las partes del conflicto. Nunca se deciden penas, ni condenas; la pena de muerte, por su puesto, no está contemplada, pues ni siquiera se exige una remuneración económica.

Como dije, estoy viendo el canal, sentando en mi cama al medio día. Estoy en un estado casi febril. Tengo un saco hecho en Boyacá y me cubro con una cobija pesada. Siento un sudor frío, luego de haber dormido más de la cuenta en un día laboral. Hace mucho que no trabajo.

Entonces, aparece un tipo en la televisión que parece decir cosas que hacen parte de mi estado (¿se trata de una alucinación?). El tipo es el encargado de hacer una presentación previa de La corte del pueblo. Dice que el caso de hoy será especial. Va a tratar de una mujer a la que le ponen un tatuaje en un lugar “muy privado”, sin que ella lo sepa. El tipo sonríe y mira a la cámara:

—Mire nuestro caso de hoy. No se decepcionará. ¿Quién quita que el juez haga mostrar el tatuaje en vivo? — el presentador pica el ojo y la pantalla queda en negro.

Luego comienza el programa. Supuestamente es un juicio real. El juez tiene su batola negra y hay un jurado, y un guardia negro anuncia los casos. Y entonces, ahí, en ese punto, lo vi por tercera vez.

Dilson Díaz sale. Es el malo del juicio. Le ha puesto un tatuaje a su novia en el culo mientras ella estaba borracha. Yo me ilusiono y pienso, con más veras, que toda la situación no es real. Que no estoy en esa cama, con mi saco y mi cobija, sin trabajo, sino que estoy caído en alguna calle, asesinado; que estoy agonizando.

Pero no, lo puedo ver. Por tercera vez lo puedo ver.

El juez habla:

—A ver, Eduardo, ¿por qué le puso un tatuaje a su novia?

¿Eduardo? ¿Quién es Eduardo? ¿Por qué le dicen a Dilsiton, Eduardo? Y ya nada parece ser real. Dilson parece ser un tipo común, otro tipo; otro inmigrante colombiano en Estados Unidos que tiene que actuar en La corte del pueblo para tener algo de dinero. ¿Es que no saben quién es Dilson?

Este es el fin del ciclo: que la condena sí existe y es salir aquí en la televisión y cambiar su nombre. Pero, además, la condena es redención: Dilson es otro tipo, parte del escuadrón que grita “¡Peste!, ¡Peste!”. Dilson no es Dilson, se llama Eduardo y La Pestilencia es otra cosa: es una máquina de redención y de política real, verdadera.

Me gustaría conocer a Dilson por tratarse de una tarea imposible. Es un héroe que desaparece constantemente, e incluso hay historias referidas a que le ha tocado duro en Estados Unidos, que ha tenido que lavar pisos de baldosa en baños de restaurantes de comida rápida. Este sí nos gusta, este es el héroe que necesitamos.

Pareciera que su música es tan poderosa precisamente por eso: lo ha vivido todo, desde el Medellín de finales de la década de 1980, hasta la posibilidad de migrar y ser un Don Nadie, un Eduardo cualquiera en algún lugar de California. Pareciera una baraja de posibilidades bastante amplias.

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