DestacadoSumisión

Fragmento de la portada de Sumisión. Anagrama.

Tan sólo tres meses después del lanzamiento en Francia, se publica en español —y curiosamente unas semanas antes en Colombia que en España— la última y polémica novela del escritor Michel Houellebecq. Acá una nota parceril.
El escándalo

Tras el éxito de El mapa y el territorio (2010), había expectación en el mundo literario sobre la próxima novela de Michel Houellebecq. El escritor francés, conocido por reaccionario, racista y xenófobo, había callado las críticas de más de una década al ganar el premio Goncourt de 2010 con una novela que exploraba el mundo del arte contemporáneo y la soledad de la genialidad artística. ¿Cual sería la siguiente obra de un escritor que mejoraba trabajo a trabajo y que, odios aparte, parecía dirigirse a la Pléiade, el sello de clásicos élite de la editorial Gallimard? A finales de 2014, después de estrenar la película L’enlevement de Michel Houellebecq donde Houellebecq hacía de sí mismo, se conoció el argumento de Soumission (Sumisión). Ésta sería una novela de distopía política, al estilo del Un mundo feliz o 1984, en la que Francia es gobernada por un régimen islámico.

Las reacciones no se hicieron esperar. Sylvain Bourmeau, antiguo director de Inrockuptibles, entrevistó a Houellebecq para su blog en Mediapart llevando la conversación hacia las implicaciones políticas de la novela —tanto que llamó al artículo Un suicide littéraire français. La entrevista se tradujo inmediatamente al inglés y fue publicada el 2 de enero de 2015 en la versión digital del Paris Review. El mundo hablaba y la novela tendría un éxito comercial asegurado.

El 7 de enero de 2015, el día del lanzamiento, dos franceses de origen argelino entraron con armas automáticas al número 10 de la rue Nicolas-Appert en París. Tras acribillar a un par de policías, los atacantes subieron piso a piso disparando a mansalva y dejando 12 muertos y 11 heridos. El edificio era la sede de Charlie Hebdo, un tabloide de historietas satírico-políticas cuyo número de esa semana parodiaba a Houellebecq y su nueva novela. París, Francia y Occidente entero salieron a las calles repudiando el hecho y gritando la consigna viral Je suis Charlie.

A pesar de lo ocurrido, y tal como se tenía planeado, el 7 de enero se lanzó Soumission y, a pesar de que la promoción fue cancelada, se vendieron 125 mil ejemplares en la primera semana en librerías. El 8 de enero, Houellebecq fue entrevistado por Canal Plus France, donde aseguró ser Chalie, pues era amigo intimo de Bernard Maris, periodista y escritor muerto en el atentado. La entrevista no se trasmitió hasta una semana después cuando Houellebecq ya había partido de París con destino desconocido y era ilocalizable para el resto de la prensa.

MichelHouellebecq

Michel Houellebeqc

Una tesis

Sumisión no es una novela anti musulmana, como se la ha querido vender a los medios antes y, especialmente, después del atentado de Charlie Hebdo. Sumisión es la continuación de un proyecto literario que tiene como base conceptos y personajes ya trabajados para, sin embargo, ir un paso más allá.

Un proyecto literario

Bajo una prosa heredera del naturalismo de finales del siglo XIX —sordidez, sociología y un vago trasfondo político—, Houellebecq se ha encargado de desmenuzar críticamente a la sociedad francesa (occidental) contemporánea. Como lo haría Zola con el ciclo de novelas de la familia Rougon-Macquart o con el conocido artículo J’accuse (Yo acuso) de 1899 donde destapa un caso de antisemitismo que prevé los desastres que ocurrirán en Europa, Houellebecq hurga profundo en los nervios de la cultura contemporánea. Sus personajes, que siguen el mismo patrón, son hombres que rondan la mediana edad, han nacido en familias post mayo del 68, viven solos y atraviesan una crisis existencial que los conduce a la muerte o al ostracismo.

La obra de Houellebecq podría presentarse como una literatura moral. Una literatura comprometida como lo es también la de Balzac o Zola, pero a diferencia de éstos cuyas propuestas políticas son claras —uno reaccionario y otro socialista—, Houellebecq es ante todo nihilista. Los finales de sus novelas siempre son trágicos. El héroe, que ha tenido atisbos de felicidad, que ha tocado la dicha con la punta de los dedos y cree por un segundo que ésta es posible, termina solo, enfermo y entregado a pensamientos suicidas. La muerte, ya sea del personaje mismo o de aquellos que lo rodean (los padres, hermanos o amantes), son ridículas y patéticas. Michel, funcionario público en Plataforma (2001), cree encontrar el amor al emigrar a Tailandia, donde [Spoiler Alert] su dicha es borrada por un atentado terrorista.

No es la desgracia de un hombre, es la desgracia de una sociedad entera. ¿A quién culpar? La culpa es endogámica, sistémica y son los mismos principios humanistas, originalmente positivos, los que la han llevado al abismo y a la autodestrucción. El liberalismo económico, aunado a su trasfondo filosófico y existencial (libre albedrío, autodeterminación, egoísmo) ha convertido a la sociedad occidental en una sociedad unicelular, de familias de uno, de relaciones pagas y de comidas precocinadas —el chiste, común en la obra de Houellebecq, de que las ventas de platos para microondas son directamente proporcionales a la desintegración familiar—; muy lejos del glamour en el que creemos vivir gracias a la publicidad y a Hollywood.

Houellebecq se convierte en un Zola contemporáneo que, poniendo a hablar a sus narradores con la distancia con la que hablaría un antropólogo sobre una comunidad perdida —de hecho es lo que hace en Las partículas elementales (1998), desfamiliariza aquellas costumbres que no cuestionamos, que creemos inseparables del bienestar democrático occidental, pero que finalmente, insinúa, son autodestructivas e insostenibles.

El escritor y la redención

Houellebecq, sinónimo de soledad y egotismo, hijo irremediable de la modernidad, se critica a sí mismo y se encuentra solo ante un callejón sin salida. En El mapa y el territorio él, como personaje, es asesinado por un loco de provincias. Olvidando a Barthes, Dios nos perdone, es imposible no ver al escritor en cada uno de sus personajes. Él mismo con esa cara en forma de pera, los ojos maliciosos y los mechones de pelo largo y alopécico a lo Gérard Depardieu en Welcome to New York, sentando en el inodoro aquejado por las hemorroides. Pero Sumisión va más allá. A diferencia de sus trabajos anteriores, esta novela es una salida de emergencia. El final es no la muerte (soledad) irremediable, sino que es la conversión, la sumisión a una tradición diferente, arcaica, que da respuesta a sus necesidades. Si en El mapa y el territorio, Houellebecq explora una solución agridulce por medio de arte, en Sumisión propondrá una salvación de facto.

No es gratuita la elección de la profesión y especialidad del protagonista de la novela. François, doctor en letras y profesor universitario, es un especialista en Huysmans, escritor naturalista —obvia coincidencia— que a finales del siglo XIX y después de una vida de excesos se bautiza y se recluye en un monasterio. François también se convierte, pero no al catolicismo, una religión demasiado humanista, dice, sino al Islam, una tradición mucho más conveniente y que le permite encontrar una salvación que no es espiritual, sino que se disfraza de ella. El hombre solitario, que sólo puede hallar desfogues vagos con prostitutas orientales —otro leitmotiv en Houellebecq—, descubre refugio en una religión machista, que permite la poligamia y se encarga de la infelicidad del hombre contemporáneo.

Houellebecq no hace una novela anti musulmana, sino una apología. Vivimos en la ilusión de la libertad, igualdad y fraternidad y luchamos para ser libres e iguales y pensamos que al final de esa lucha está la felicidad —sin saber cuál es su significado real—. Y sí, insinúa Houellebecq, la respuesta no está en esos principios, sino en los contrarios. Qué pasa si nos sometemos, si dejamos de ser iguales y libres y olvidamos la carga del bienpensar occidental —feminismo, indigenismo, protección a las minorías, etc.—, en la que vivimos inmersos. Tal vez, si nos sometemos, encontremos la felicidad que antes no nos era negada.

Ironía

Para ser una novela de ciencia ficción política, y para ser francesa, a Sumisión le falta sangre. La revolución, la llegada al poder de la Hermandad Musulmana es pacifica y democrática. Houellebecq se esmera por crear un contexto narrativo que haga verosímil este “cambio” en el que sólo hay unos cuantos saqueos y pocos muertos —no es la Comuna de París—. Allí, tal vez, resida la falta de veracidad, no de verosimilitud, porque tal como lo ha mostrado la historia —y muy especialmente la historia de Francia—, las revoluciones no pueden, están impedidas per se, a ser pacificas. Y la historia se encargó de hacer patente este hecho el 7 de enero de 2015.

A mitad de Sumisión, se menciona en una conversación a Casandra, la princesa griega que, maldecida por Apolo, adquiere el don de predecir tragedias que nunca serán creídas. Es Houellebecq temiendo ser Casandra, es Houellebecq que intenta hacer una novela positiva que es refutada el día de su lanzamiento. Una novela que intenta ser una redención y que falla al estrellarse con la realidad. Pero, qué importa la realidad cuando se tiene la literatura y el arte. Porque la literatura, a pesar de estar inmersa en la política y no poder escapar a la realidad, se ubica por encima de ellas. Es Flaubert denigrando de su presente al escribir Salambó, es Jed Martin, en El mapa y el territorio, encerrado en su casa de campo fotografiando objetos cotidianos, o el mismo Houellebecq viajando perdido, seguramente con un libro de Huysmans en mano, tras del atentado de Charlie Hebdo.

A leer y a escribir, pues. A someternos a ver si encontramos la redención.

Sumisión ya puede comprarse en Colombia bajo la editorial Anagrama por 40.000 COP.

 

Comentarios