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Sacar copias es algo de todos los días en el mundo burocrático: copias de la cédula, copias del carné, copias de las copias. También en el plano educativo: copias de los libros, sin importar de qué materia hablemos, copias que deja el profesor en alguno de los locales de la calle llena, llenísima, de fotocopiadoras: copias legitimadas por la autoridad educativa. Otros dirían que se trata de piratería colectiva que busca el acceso libre a la información y la libertad de reproducción. Cada vez que fotocopio un libro, me siento parte íntegra del Manifiesto de la Piratería, aunque en el plano físico, no virtual: pro-libertad de expresión, pro-conocimiento, pro-derechos humanos. Anti capitalista. Anti consumista.

Y sí: cuando fotocopiamos, pirateamos. Cuando pirateamos, gastamos menos o nada de plata; cuando gastamos menos o nada de plata, estamos dándole la razón a la cultura de la piratería y decimos abiertamente: yo tengo el derecho a hacer a un escritor más pobre por mi derecho a conocer lo que ese escritor escribe. Ese es el precio que pagamos por querer un precio más bajo.

Es justificable: con el aumento del dólar los libros en Colombia corresponden a un lujo casi irrespetuoso (aunque ya lo eran antes de este fenómeno). Las franquicias de librerías hacen pedidos al extranjero, la conversión les duele mucho y entonces el precio de compra sube, sube de indignantes 40.000 COP a ultra indignantes 60.000 COP (gracias a una metamorfosis de valores y bolsas que nunca vamos a entender exactamente), y uno llora, y uno va, y saca la fotocopia por amor a la lectura; no por amor a la industria.

Con los libros de editoriales colombianas no pasa exactamente lo mismo porque no necesitan ajustarse al precio dólar. Aún así, sufren la misma condición de ser amados incondicionalmente, lo suficiente para ser leídos a toda cosa. La fotocopia no discrimina, es pluralista. Así, al argumentar que sentimos “amor a la lectura”, nos estamos enfrentando a la violación del derecho ético, no legal, al reconocimiento: quien no ha optado por dar gratis su información, no tiene por qué ser considerado gratuito. Y es un impulso que no se va a detener, que no va a parar, como lo normal que le parece a mi generación piratear música por Internet. Realmente, la importancia no está en detener este fenómeno de la naturaleza capitalista; el punto es amar la industria. ¿Qué deberían hacer las editoriales locales? Aliarse con las fotocopiadoras. ¿Qué deberían hacer las franquicias de librerías? Exactamente lo mismo: dejar de considerarse las multi-industrias del saber y meterse en los nichos donde los estudiantes universitarios pagan millones de pesos por acceder a un conocimiento que nunca obtiene un centavo de la educación del estudiante. Intervenir en la industria para fomentar un amor verdadero: establecer derechos de autor sobre las fotocopias, cobrar un porcentaje, repartirlo entre autor-fotocopiadora-editorial-librería.

Hacer de las fotocopias un libro nuevo.

¿Utopía? Puede ser; pero también es cierto que los derechos de autor deberían ser defendidos: no a un nivel gubernamental solamente, sino a un nivel ético básico. El reconocimiento del trabajo del autor, de su trabajo como lector e investigador, no viene solamente de citarlos en otro texto o de recordarlos para siempre por cómo escribieron. ¿Por qué? Porque hay una diferencia fundamental entre dar autorización para la libre circulación y el hurto en el que incurrimos constantemente cuando nuestro sistema social exige que la remuneración sea el sistema válido de pago por la contribución al sistema de producción.

Ya lo dije: cada vez que fotocopiamos hacemos a un escritor más pobre. A un escritor de biología, de literatura, de ingeniería, de matemática o de arte plástico: no todos trabajan ni escriben sólo por amor al arte y nadie tiene el derecho a decirles lo contrario. Sobre todo si ese alguien lo dice sabiendo que lo hace para generar un libre consumo de su producto. Sí, la piratería empieza con nosotros, la perpetúa el negocio. Nadie cede porque todos somos del mismo plantel: los mismos avaros intelectualoides y científicos y curiosos y amantes de la sabiduría que restregamos esas fotocopias sin leerlas, sin presentarlas bien, sin disfrutarlas porque además de que pagamos por hacer pobre a otro, ni siquiera nos enriquecemos. Lo peor de todo: somos los mismos que queremos que nos paguen bien sin gastar de eso un solo peso para nuestra misma causa.

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