Heroe resistencia

Resulta que, cuando me siento a escribir, no puedo hacerlo. Tengo que ponerme a ver La leyenda de Korra a la vez que escribo. Sí: veo dibujitos para potenciar mi ritmo de escritura. Sin embargo, no quiero limitar esto a los escritores, ya que todos los artistas pasan por el mismo proceso ingrato de perpetuar su ocio hasta querer emplear su arte y, terminado el proceso, sólo producir dudas. Oscar Wilde corregía de sus poemas sólo una coma al día, si el día era bueno. Afortunadamente, no todos padecen del síndrome de Wilde y gozan de momentos de grandes sensaciones, donde una idea cultivada por tiempo indefinido se plasma efectivamente de la forma deseada en menos de un par de horas. Todos conocemos el discurso de las musas.

Lo que no conocemos todos, quizás, es el heroísmo. No, no es Korra en este caso la que me impulsa a hablar del destino de los héroes. Hablo del heroísmo que algunos [yo] creen que implica el saberse completos, el saberse “llenos”, al plasmar una obra de arte cuando más lo necesitaban: pueden llamarlo vencer el “bloqueo creativo”. Yo lo llamaré vencer la resistencia. Parecería que ser un héroe en el arte es vencer la resistencia propia a hacer arte.

Algunos dirán que, afortunadamente, el suicidio artístico quedó para los poetas malditos y esas almas moribundas del romanticismo, de otra época… hasta que el artista comienza a ser aplastado por las exigencias que la memoria colectiva ha impuesto sobre su rol, a saber: el rol del artista entregado, el artista sacrificado, el artista loco, el artista pobre, el artista bohemio, el encerrado, ustedes dirán. También sabrán que en ningún momento se lo cataloga al artista como un héroe (si acaso ocurre, lo llamarían “denunciante”: que denuncia las injusticias sociales, la opresión política, etc.). Finalmente, lo que puede suceder es que las exigencias podrían generar la resistencia misma. Y frustración. Y artísticas ganas de no pisar más este mundo. La resistencia podría crear poetas y artistas malditos.

En al ámbito de la escritura, estas clasificaciones llevan consigo una carga laboral que suponen que el escritor deba realizar su tarea de una manera específica. Yo como escritora veo que un escritor claramente trabaja en un espacio que obligatoriamente deba generar introspección; un espacio que remita a la mente del escritor: este ambiente suele relacionarse con que las paredes preferiblemente sean de colores tierra, los glúteos estén apoyados sobre una butaca que le decore bien la espalda; y que no falte una infusión caliente, sea té o café, para generar el perfecto estado de inspiración. Las variables pueden ser intercambiables, claro, pero la idea es casi siempre la misma: un espacio parecido a una biblioteca encierra al escritor y le provee los sonidos necesarios del universo para componer su obra maestra.

Hoy estos espacios no son tan explícitos y eso está bien. Trabajar desde las sombras de un cuarto sin libros o desde un computador durante un vuelo o desde las redes sociales o desde cualquier espacio que provee el mercado infinito de la literatura es algo que puede aprovecharse. Por ejemplo, puede aprovecharse el hecho de que ya no se tiene que invocar ningún espacio bibliotecario, ninguna musa ni ninguna libertad, para poder escribir. Se pueden invocar estados contemporáneos de producción como el consumismo fugaz o las series online para acercarse a la literatura y al arte. Los poetas y artistas malditos no tienen por qué quemar la pulpa de sus sesos en el encierro del silencio de una biblioteca o en un taller si eso no los ayuda a producir. En cambio, pueden ver toda la temporada de alguna serie que les guste en una tarde. Yo elegí La leyenda de Korra por su sencillez y porque me interesan las pericias de una heroína cuyo planeta puede no necesitar de su ayuda realmente. Pero Korra no me genera introspección para escribir. Es el hecho de que la serie continúe, de que tenga tantos episodios, lo que hace que no me distraiga con cosas con las que tenga que interactuar, como las redes sociales.

Una vez leí que Leonard Cohen dijo que “la libertad y la restricción son sólo términos lujosos a los que uno se encadena”. Él sabía que la escritura no tiene recompensas más que el trabajo mismo; en su juventud, nunca vivió con un sentido de arrasar con el mercado de la escritura creativa, con “exponerse” al mundo como escritor. Y, claro, exponerse implica no sólo sacar a luz las obras, sino sus técnicas, sus espacios, sus métodos y recomendaciones: se expone la imagen de un escritor. Es un tema que me hace juntar las rodillitas para no orinarme de la discordia: todos los artistas sueñan con estar, de alguna manera, separados del mundo; sueñan con ser héroes de una gran historia, que es la historia de su vida como productores de cosas hermosas. Ser héroes para no ser personas comunes. Sin embargo, incluso al tener este deseo encima, la libertad y la restricción de producir arte es un binarismo que no debería condicionar: si uno quiere y tiene todas las facultades necesarias para hacer arte, para violar rutinas, para pensar creativamente en distintas circunstancias, no debería esperar a la llegada de la libertad o a las cadenas de la restricción para producir. Debería hacerlo sin esperas y sin soñar demasiado.

Cohen hablaba de una época en la que el amor por la invocación de la musa (sin faltarle el respeto a sus siestas y ausencias) todavía existía. En otras palabras, Cohen sentía amor verdadero e incondicionado por la producción de su trabajo, mientras que lo que nos [me] pasa ahora es una excitación que solamente se satisface por algo que no fue el origen de esa excitación, no fue el origen de esa ilusión. Pero eso no está mal. No está mal odiar el acto de hacer arte y aún así hacerlo. Tampoco está mal encontrar insatisfacción en toda obra y tratar de darle un poco de potenciar un poco el placer por otros medios. Que yo vea La leyenda de Korra mientras escribo no es una traición a la imagen colectiva que ha cargado sobre lo que hace o no hace un escritor. A mi edad, y en mi contexto, me ayudó a mantener mejor ritmo, a dar pie a mis distracciones, a dejar de engañarlas tanto, y a no concentrarme en hacer algo que detesto y aprecio al mismo tiempo. En vez de revisar seis páginas al tiempo (y Facebook), me mantengo en una…

Korra tiene que salvar el mundo. ¿El artista tiene que salvarse de sí mismo y trascender?

¿Por qué tengo que participar de concursos literarios para producir algo? ¿Por qué nada me inspira si no es la fama o el blog en el que me obligo a publicar a diario? Será el horror de esa respuesta, quizás, lo que me motive a escribir la próxima vez.

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