Ilustración por Daniela Molano

Ilustración por Daniela Molano

Los cumpleaños son motivos perfectos para avivar la alegría que el cumpleañero en particular nos trae o, mejor aún, para recordarlo luego de haberlo olvidado un largo y trascendental año. ¡Quién hubiera dicho que esto también pasaba con el aniversario de los objetos, de las ideas y de los lugares!

Bogotá cumplió 476 añitos nada más, y sus habitantes celebraron en grande los días pasados y futuros a esta fecha: los atracos, las lluvias, el trancón, el perro caliente crudo, la indigencia, y ustedes completarán el resto. Esta información no es nueva. Los bogotanos, en general, no ven la hora de salirse de esta ciudad (que alguna vez leí en una columna periodística que “huele a asadero de pollo”) e irse a estudiar a ese “afuera” que siempre ofrece más y mejores oportunidades para la logística de nuestras complicadas vidas bogotonas, frías y húmedas (nota: este exterior místico puede ser cualquier sitio del resto de los lugares que se encuentran igualmente reducidos en sus deficiencias, desde Buenos Aires, “¡ay, sos argentina, che, yo tengo tantos amigos allá en Buenos Aires! Uno vive en un pisito por San Telmo, ¿eh?, y estudia cine”, hasta Arkansas, si quieren poner otro sitio).

Claramente, la deficiencia de cierta población bogotana puede ser resumida en lo que la página oficial de Bogotá D.C. describió como una invitación “a toda la ciudadanía para expresar y celebrar lo particular de cada localidad en relación con la ciudad, propiciando la identidad, apropiación y respeto en medio de la diferencia y la diversidad cultural que nos caracteriza, demostrando los variados sentidos de apropiación de l@s bogotanos (…)”. Claro: 1. El bogotano suele no considerarse de Bogotá, sino de París. 2. Se apropia de las seis cuadras a la redonda que perduran, invencibles, alrededor de su apartamento loft duplex plastificado, por ahí donde pasea a su Golden Retriever. 3. Respeta a quienes respeten esas seis cuadras. 4. Reconoce que vive en medio de la mayor selva diferencial que ha vivido jamás, y que de ella busca talar sus árboles a toda costa. 5. Se apropia de lo que compra. Ya.

Cuando Buenos Aires cumplió 430 años, galardonaron este evento con un poema del escritor Jorge Luis Borges llamado “Fundación mítica de Buenos Aires”. ¡Qué lindo ver a una ciudad a los ojos de un hombre reconocidamente misógino y racista, sin el cual Buenos Aires no sería considerada “eterna” (no sé qué signifique esto exactamente, pero eso dijo Borges…)! Fantástico todo el planteo. Resulta que el ciudadano bonaerense, ese “tímido” ser tanguero y fanfarrón, detesta su ciudad, su identidad y el “tener” que apropiarse de ella tanto como ustedes odiaron todo el resto del año a Bogotá. Ellos también se creen franceses. La droga barata, las barras bravas, las mafias y la delincuencia todavía pueblan tanto una ciudad como la otra. Yo he odiado Buenos Aires con todas mis fuerzas. Les prometo que allá, realmente, todos pasean a sus pastores alemanes como si fueran Goldens.

Y surge una gran paradoja cuando, una vez que emprendemos la tan deseada huida, extrañamos nuestras ciudades como si lo único que hubiéramos vivido en ellas fueran buenas pasadas: nada de perros bien peinados, ni indigencia ni violencia. Cuando nos vamos, añoramos el olor a pollo o a empanada concentrada, porque dentro del loft dúplex plastificado o del atraco que nos traumó para siempre, la ciudad enmarcó un perímetro del que jamás nos recuperamos del todo. Es ese espacio que habíamos odiado el que queremos encontrar fuera. Estamos fatalmente destinados a querer lo que dejamos, y eso es con todos los cumpleañeros, sean seres vivos o muertos. La ciudad, detrás de todas las quejas primermundistas que proferimos hacia Ella, no nos escucha, porque no tiene nada que responder a unos ciudadanos a los que les da todo lo que necesitan. El problema se gesta y crece en las necesidades de una población que desea lo que una carnada imposible dice sobre su cabeza. Vacíen a Bogotá de su gente y ella, sólo ella, cumple 476 años. El resto de nosotros, en ese festejo, podríamos sobrar. Pero ya que no lo hacemos, ya que estamos aquí presentes, garanticémosle un respiro a la ciudad del siempre-llueve. Y, por favor, que sea la mayoría de los días del año.

 

 

 

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