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C
on frescura y con una alegría liviana, en algunos contextos artísticos se habla de outsider art, un término que se traduciría imprecisamente como arte marginal, arte periférico, o arte de afuera. El outsider art, en esos contextos, es un arte que no había sido reconocido o descubierto antes por el mainstream (el centro, la corriente principal) y por las instituciones oficiales, pero que tiene los méritos para que se le abra un espacio de fama. Eso sí, siempre marcado con el signo de la ingenuidad y visto con una mirada paternal de consentimiento. Por ejemplo, ¿se acuerdan del documental Searching for sugar man? Sobre Sixto Rodríguez, un cantante estadounidense que en los setentas grabó un par de discos con un recibimiento muy pobre en su país, un fracaso se diría, pero que se volvieron un hit y un himno de lucha política en Sudáfrica durante el apartheid. El documental trata de encontrar al autor de esos discos, que no recibió los reconocimientos merecidos y que se alejó de la música pensando que no era su destino, porque nunca se enteró de lo de Sudáfrica. Si no lo han visto, lo recomiendo mucho (aquí dejo el tráiler). También está el caso de Henry Darger, quien trabajó toda su vida como conserje pero en su tiempo libre creó una especie de novela ilustrada de quince mil páginas llamada La Historia de las Vivians, que después de su muerte fue descubierta y reconocida como una obra maestra (también tiene un documental). Personas como Rodríguez o Darger son llamados artistas outsider. Sin embargo, aunque no hay dudas de que produjeron obras muy significativas, no es tan sencillo, ni tan alegre, ni tan obvio eso de decir que son periféricos, porque hace que uno asuma irreflexivamente la postura de considerar que hay una especie de centro del arte y de instituciones legitimadoras en ese centro. Como si eso fuera así.

Yo creo que no lo es. Pero esto del centro-periferia del arte no sale de la nada, tiene una base teórica inconsciente. Porque las teorías y no solo los traumas quedan guardados en la parte de atrás de la cabeza, aunque uno no lo crea. Este trauma, digo, esta suposición de la periferia, viene de las teorías así llamadas institucionales del arte, que dicen que el arte es arte porque las instituciones señalan que lo es y las personas lo reconocen así. Por ejemplo, dirían esas teorías, si un museo pone un objeto, el que sea, en una disposición artística, puede ser con una ficha técnica y un pedestal, y los espectadores toman la actitud de verlo como arte, entonces eso lo hace arte. Y tienen sentido, en apariencia, esas teorías institucionales, pero son una forma tramposa de ver el arte, porque se fijan demasiado en el reconocimiento, en señalar que algo es arte, y muy poco en pensar uno como pa’ qué quiere que eso sea arte. Y en combo vienen además con la sobrevaloración de las instituciones, que se consideran no solo las ordenadoras y reguladoras del arte sino también las que permiten su existencia. ¿El museo, la galería, la universidad, los medios, hacen al arte? El gobierno existe para servir al pueblo y no al revés, compañeros, y las instituciones existen para servir al arte y no al revés, no nos dejemos engañar. Las instituciones están sobrevaloradas. Cada uno puede hacer el arte que se le dé la gana, y no necesita de nadie que se lo reconozca, el reconocimiento es un asunto secundario, aunque ayuda.

El centro, en teoría, son las instituciones. Por alguna razón, cuando uno piensa en institución piensa en edificio. Son un ojo que ve el mundo y que cree que su vista es el mundo y que más allá no hay más. En los mundillos artísticos hay muchos de esos ojos, cada uno se cree el centro y cada uno ve a los demás como la periferia, a veces con curiosidad y a veces con desprecio. Y no se hablan a menos que sea para absorberse entre sí o para entrar en conflicto. Las instituciones del arte con fuertes militancias políticas son un centro, las del arte aspirante a las lógicas cosmopolitas son otro, las del arte de las ciudades son otro, las del arte que también es artesanía son otro, las del arte que también es objeto de uso son otro más. Todas son burbujitas. Pero no hay punto de referente para fijar el centro más que uno mismo y la experiencia propia, que por ser limitada creemos que puede ser limitadora.

A esa luz, hablar de outsider es verdaderamente polémico, porque es un señalamiento que le quita importancia a la opinión de ese outsider. Es como decir, ‘amiguito, usted es válido porque yo lo digo’. E incluso, ‘amiguito, usted empezó a ser válido cuando yo lo dije’, que es aún peor. Les dejo, para terminar, esta canción de Patti Smith, sobre gente que ‘estaba afuera de la sociedad, donde querían estar’.

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