Obvia plástica inspirada en Lawrence Weiner arte conceptual
Hoy, en Obvia plástica, generalizaciones injustas sobre el arte conceptual
E
s apenas natural sentir decepción si uno va a una exposición de arte contemporáneo y se encuentra con un objeto común y corriente puesto sobre un pedestal. Es apenas natural que uno se pregunte, ‘bueno, y ahí dónde está el arte ese del que tanto hablan’. También es natural que uno, por lo que ha escuchado de otras voces, diga: ‘esta mediocridad es culpa de esa vaina del arte conceptual; eso fue lo que pifió el arte definitivamente’. Es natural, porque a donde quiera que uno vaya muchas personas reaccionan y piensan así, naturalmente. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla, y si me dedican el tiempo y la atención les cuento por qué lo creo.

Hay dos versiones de lo que se entiende por arte conceptual: una versión estricta, la de la tradición de artistas que se hacen llamar a sí mismos artistas conceptuales, que existe desde los años 60 para acá (y que es todo menos una tradición homogénea), y una versión suave, popularizada por los medios de comunicación con pereza y con afán de categorizar, que mete el arte en dos sacos opuestos: por una parte el arte conceptual, que tiene que ver con las ideas, la justificaciones elaboradas, la falta de habilidad manual y la falta de genio, y por otra parte el arte formal, que tiene que ver con la práctica, con la observación de “la realidad”, con materiales tradicionales (por ejemplo, la pintura y el dibujo), y con la idea de que un artista es quien tiene un oficio que sabe hacer bien. Esas simplificaciones de la versión suave, aunque están muy extendidas, no le hacen justicia a algo que es más complejo; que sí es criticable, ¡cómo no!, pero que también tiene recovecos interesantes.

En la versión estricta de lo que se entiende por arte conceptual, si uno mira con cuidado, encuentra de todo un poco, incluso actitudes contradictorias con respecto a lo que es o debería ser el arte. Tenemos, por ejemplo, a Joseph Kosuth y sus amigos (sobre los que ya hablamos en otra Obvia plástica) que consideran que el arte debe (sí, debe) referirse al arte, a sí mismo. Esa corriente se preocupa por los problemas filosóficos acerca del concepto del arte y por cuestionar la naturaleza del arte (y digo que se preocupa porque no quiere decir que resuelvan esos problemas). Tenemos, por otro lado, el arte conceptual a lo Sol LeWitt, que más que meterle tanta cabeza al qué es el arte lo que buscaba era producir obras en las que no hubiera ningún tipo de reflexión racional por parte del creador; obras que se hagan solas, por decirlo de otro modo. O el arte conceptual a lo Lawrence Weiner, que en vez de preocuparse por las reflexiones filosóficas acerca de lo que hace que el arte sea arte, se interesa por la comunicación transparente y fluida y por la relación que se logra entre el artista y el espectador a través de las obras. Entre los conceptualistas, Weiner es uno de mis preferidos, porque es tan parceril que emociona. Weiner, que se dedica a crear una especie de poemas visuales con textos gigantes que pone en las paredes de los museos, es un artista que se toma muy en serio eso de que la obra se construye en la interpretación. En contraste con Kosuth y compañía, este es un conceptualismo libre de justificaciones enredadas, un conceptualismo diáfano. De ahí para adelante, a partir de estos pioneros, hay mil formas más del conceptualismo (incluso uno propiamente latinoamericano), así que tenemos un montón de cosas que llamamos conceptuales y que no necesariamente tienen que ver unas con las otras.

A pesar de todo esto, la versión suave es la que predomina. Tanto que hasta opinadores tan juiciosos como el columnista, escritor, dibujante y crítico político Antonio Caballero se afilia a esta versión. Hace poquito, Caballero escribió una columna, llamada “Merda d’artista”, con respecto a un caso curioso en el que en una exhibición del Museo Bolzano en Milán una aseadora limpió una obra que estaba hecha de botellas, copas, colillas y confetis tirados por el suelo. Caballero se quejaba de que la obra de las botellas era una muestra de la decadencia de los motivos por los que existe el arte, y que la aseadora había comprobado esa decadencia al no diferenciarla de la basura que tenía que limpiar. Caballero le echaba la culpa al conceptualismo, que él llama tautológico, o sea, que se refiere a sí mismo, y que por sus justificaciones enrevesadas es invencible y se esparce como un virus aburrido y mediocre. Un virus que destruyó el propósito del arte de representar otras cosas para solo representarse a sí mismo, y peor aún, a su etiqueta. O sea, Caballero se quejaba del conceptualismo a lo Kosuth, o de su herencia, pero eso no implica que todo lo conceptual haga parte de esa mutación maligna, o que el arte siga ese rumbo tan sencillo (o que de hecho el arte siga algún rumbo). Que haga un comentario tan simplista un señor tan sagaz y tan inteligente como Antonio Caballero me entristece, porque es por personas como él que yo creo que tiene sentido esto de escribir columnas de opinión.

Habría que estar de acuerdo con Caballero en que las etiquetas son lo menos relevante dentro del arte y la cultura, y que hacen estragos cuando uno se fija más en ellas que en los contenidos. Pero al etiquetar tan vastamente “lo conceptual” caíste en tu propia trampa, Antonio.

Yo creo que la situación de fondo es que a nadie le interesa preguntarse realmente qué es un concepto o cómo se forma, y cuál es el valor que tienen los conceptos, por qué es importante compartirlos, cómo se diluyen a medida que impregnan una comunidad, cómo es problemático que se piense que una idea se puede contener en una ficha técnica, o en un registro de derechos de autor, de qué manera realmente los espectadores construyen la obra (y no solo como una frase de cajón, que justifica obras de arte vagas y abandonadas). Los conceptos no están en las obras de arte, sino en las interpretaciones de las personas, y por eso, dependiendo de la actitud, cualquier obra puede ser conceptual, o puede ser vista como motivadora de conceptos. Como diría mi buen amigo Lawrence Weiner, “El arte sucede cuando el público hace algo con él. La verdadera obra está en tu cabeza.”

 

Pd: por problemas técnicos, esta quincena no logré dibujar el cómic de obvia plástica, así que les propongo un cómic conceptual siguiendo estas sencillas instrucciones:
1) Imaginen que sí hay un cómic dibujado esta quincena
2) Imaginen que lo pueden ver en este espacio
3) Imaginen que está severo

 

 

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