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Por ahí John Searle, el filósofo gringo, cuenta una anécdota muy chistosa sobre Michel Foucault, el filósofo francés, quien era un muy buen amigo suyo. Searle dice que Foucault, como una confesión, le dijo en algún momento, “mira, John, lo que pasa es que para que me tomen en serio en París me toca escribir un diez por ciento incomprensible, o sino creen que lo que digo es cosa de niños. Así es la academia francesa”.

No creamos que ese es el único caso, pasa parecido en el mundillo artístico, que está lleno de escritura y de la exigencia extraña de que esa escritura sea oscura y poco clara: los críticos escriben, los profesores escriben, los curadores escriben y los artistas también lo hacen (o deberían hacerlo), y muchas veces lo hacen raro, bien raro. Como en la academia francesa, el arte tiene su cuota de cosas incomprensibles, de cosas que aparentan ser muy profundas, pero que solo lo aparentan. De hecho, diez por ciento es poquito para la cantidad de cosas muy difíciles de entender que se publican en contextos artísticos.

Hay varias maneras de hacer escritura oscura, una es hablar de cosas absolutamente gigantes y generales, como ‘el tiempo’, ‘el espacio’ o ‘lo real’. Como cuando Santiago Rueda puso en el texto curatorial de su exposición “Tórrido”, de este año, que lo que tenían en común los artistas que escogió (que de hecho eran absolutamente diferentes y estaban separados en cuartos distintos) era que exploraban la división humano-animal, la función y el ornamento o la oposición entre vivo e inerte. Muchas cosas pueden encajar ahí, porque son categorías demasiado amplias y no hay pierde, es una apuesta segura. Casi que uno puede escoger elementos aleatorios, decir que tienen que ver con lo vivo y lo no-vivo, y encontrar alguna relación, porque todo o está vivo o no lo está. Hagan la prueba, queridos parceros, y díganme ustedes si tengo razón. Muchos artistas hacen descripciones de su trabajo así, diciendo escuetamente que les interesa ‘el espacio’ o ‘las relaciones sociales’, sin decir en últimas a qué se refieren exactamente.

Otra manera de oscurecer la escritura consiste en enredar de maneras absurdas una idea simple para que no lo parezca tanto. El ejemplo que se me ocurre es la exposición La France de Raymond Depardon, también de este año, que estuvo muy buena pero que tenía un texto curatorial que se esforzaba mucho por ser enredado. Perdónenme por favor por la cita larga, pero en una parte decía que “Depardon no establece una teoría, una escala de valores o una calidad de paisajes, pero desglosa lo que le interesa de lo real circundante no en virtud de cualidades pintorescas o patrimoniales particulares, sino a causa del interés fotográfico de esas “deducciones”. Al mostrar esos segmentos de territorio, según su punto de vista, no los califica, ni estudia sus transformaciones como ha podido hacerlo para el Observatorio del paisaje. Su trabajo actual no convierte en patrimonio los lugares fotografiados, aunque captemos aquí o allá algunos monumentos característicos”. Sí se fijan bien, todo el párrafo está explicado por negación, y eso en principio no es una buena estrategia, porque se centra más en decir lo que no es que en lo que sí. Imagínense, parceros, que me preguntan cuál es mi hobby, y yo respondo, “pues, no me interesa mucho el fútbol ni los deportes que involucren balones dentro de lo real circundante, más bien, busco practicar deportes que no llamen la atención por sus cualidades pintorescas sino por el interés que me suscita la falta de contacto corporal, aunque sin evitar lo intersubjetivo y la competencia”. En vez de simplemente decir que me gusta el ciclismo o algo así. En el texto de Depardon están tratando de decir que el fotógrafo esta vez le tomó fotos a los paisajes que le dio la gana; tomando como paisajes también los edificios, los avisos y las personas más que solo la naturaleza, como normalmente se entiende lo ‘paisajístico’. O al menos, así fue como yo intenté simplificarlo.

El mundo académico artístico también tiene mañas para oscurecer la escritura, muchas mañas, muchísimas mañas, muchisisísimas. Aunque podría dedicarle noventa páginas solo a este asunto, me gustaría dejarlos con una muy particular, la maña de escribir ‘devenir’ para evitar argumentos y decir que las cosas pasan simplemente ‘porque sí’. Como sabemos, afirmar que algo deviene quiere decir que algo sucede o que llega a ser, pero aparentemente suena más bonito que decirlo así tal cual. El problema es que no basta con decir que algo simplemente deviene, sino que hay que decir cómo es que deviene, pero, al parecer, para algunos académicos eso no está tan claro. Un ejemplo, un artículo bastante oscuro del profesor y teórico del arte Ricardo Arcos-Palma, que escribe devenir por lo menos diez veces en todo el artículo, afirmando alegremente cosas como que “la artista deviene otra”, que “lo femenino deviene punto de cuestionamiento”, que “la obra deviene algo viviente”, que “el arte deviene textual” sin explicar muy claramente cómo diablos. Como si con solo decirlo así no fuera necesaria ninguna explicación y ya lo que se dice quedara como la pura verdad. Lo cierto es que, con tanto ocultamiento, el artículo deviene carreta.

Alguien una vez me dijo que esa escritura hace parte de la lógica del mundo artístico, pero ¿por qué tendría que serlo?, ¿por qué estaría bien en vez de buscar claridad buscar oscuridad? Una razón sería escapar a los cuestionamientos. Es muy fácil simplemente decirle al otro que no entendió y que el bruto es él por no saber que la obra deviene inerte al acercarse a los límites de lo (des)carnado y el no-lugar/lugar, en vez de intentar concretar las explicaciones. Tal vez es conveniente para la gente del mundillo artístico la confusión bajo la excusa de que lo sencillo es fácil, cuando en realidad la sencillez es de lo más complicado. Si no, pregúntenle a un artista minimalista. La sencillez, en vez de ser un primerazo afortunado, es producto de pulir algo muchas veces, para evitar lo superfluo y para ahorrarle al otro las ambigüedades y las distracciones innecesarias. Algo simple es bonito no por el adorno sino por su fluidez, por la manera en la que se integra a las ideas propias sin gritar y sin querer llamar demasiado la atención.

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