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Hay personas que consideran que una de las funciones máximas del arte consiste en transgredir el orden establecido, las instituciones, los poderes hegemónicos o cualquier cosa que huela a imposición. Hay artistas que se toman eso muy en serio y son expertos en sacarle la piedra a los demás, saben hacerlo como cualquier buen oficio. Porque, aunque sacar la piedra es un acto muy divertido, a veces no es suficiente si no está hecho con buena estrategia, digamos que con maestría. En el mundillo artístico nos encontramos con transgresiones de diferentes calidades, desde bombas mediáticas que de verdad causan polémica a obras que en realidad no matan ni a una mosca.

Les voy a poner unos ejemplos blanditos y luego uno mejor logrado para que vean a qué me refiero. En la exposición Artecámara Tutor “Plataforma 3” que se expuso en la sala de la Cámara de comercio Chapinero hasta el 11 de Abril de este año, había una obra que se llamaba Arquetipos / La monarquía. La obra era una pintura que representaba un trono frente a un fondo rojo aterciopelado, enmarcada con una moldura labrada y dorada, bien vistosa. El acto transgresor consistía en que el artista había inclinado el cuadro hacia un lado (y no más). Y la ficha técnica hacía mención a que el rol de la monarquía en Europa se veía cuestionado y que la realeza se veía “deconstruida”, “acercándose a su fin”. Desafortunadamente, a la exposición no asistió ningún monarca. Y, aun si hubiera ido, es poco probable que un cuadro con un trono inclinado le hubiera planteado con mucha fuerza el fin de su reinado. Para los que sí fuimos a la exposición el cuestionamiento fue irrelevante, porque en realidad no nos afecta mucho. Los asuntos de la monarquía no son precisamente una preocupación grande para los colombianos. En este punto, alguien podría decir, “no le dé tan duro al artista, que estaba en Artecámara tutor, en un proceso de aprendizaje”, y es cierto, pero uno también puede encontrar esas ingenuidades en obras de artistas que están más recorridos.

Monarquía

En la exposición “Evidencias de los hechos”, que se presentó en la Casa Republicana de la Luis Ángel Arango en diciembre del año pasado, se mostraron algunas obras de las nuevas adquisiciones del Banco de la República. Entre esas, había una obra del artista argentino Miguel Ángel Ríos, “Huellas del colonizaje”. Una reproducción fotográfica de un mapa colonial de Perú realizado en el siglo XVI, pero cortado en tiritas y plegado como una persiana, lo que lo convertía en un “territorio móvil”, en palabras del artista. La intervención de Ríos sobre el mapa era transgresora, en teoría, porque era un “acto profano” de “sublevación ante el colonizador”, como decía la ficha técnica. Pero seamos sinceros, parceros, una persiana no es la cosa más profana del mundo, no sé ustedes pero yo creo que en otro contexto la obra podría pasar hasta por monumento a la colonización. Piénsenlo. Es una sublevación demasiado decorativa, demasiado precavida, demasiado no sublevación. Por algo, la obra pasó sin pena ni gloria.

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En cambio, un caso que sí llegó a las noticias fue el de la exposición “Mujeres Ocultas” de María Eugenia Trujillo en agosto del año pasado. Hasta el punto en el que hubo un montón de problemas legales y una suspensión temporal de la exposición, una censura que finalmente fue superada. La exposición consistía en un grupo de objetos que mezclaban símbolos religiosos católicos con representaciones de vaginas bordadas en chaquiras (y, a veces, ojos u otras partes del cuerpo, pero no muchas). Las obras más notorias eran las custodias, unos objetos donde se disponen las ostias en las misas, que en vez de ostias tenían, pues, vaginas. El discurso, como era de esperarse, tenía que ver con una reivindicación femenina frente a la ‘hegemonía masculina’, particularmente la eclesiástica. La exposición se realizó en el Museo de Arte Santa Clara, un edificio que perteneció a las monjas Clarisas, y que se dedica a exponer arte colonial. Como sabemos, el arte colonial es mayoritariamente católico. Entonces no sería muy alocado pensar que la elección del sitio fue una decisión estratégica para hacer brincar a los creyentes más reaccionarios, lo que finalmente sucedió, y escandalosamente. Las custodias de Trujillo no compiten con la pomposidad de las custodias católicas más representativas, pensemos en ‘la lechuga’, una custodia de oro repleta de piedras preciosas que fue el «orgullo» colombiano hace unos meses, cuando se llevó al museo del Prado para deslumbrar a los españoles. Entonces el efecto es un poco artificioso, como de efectos especiales precarios. Pero, aún así, la polémica funcionó a la perfección. A diferencia del ataque a los monarcas o a los colonizadores, las obras de Trujillo le sacaron la piedra a un grupo de católicos radicales, que hicieron lo posible por cancelar la exposición y al final no pudieron. O sea, cayeron en la trampa, y toda la coreografía fue milimétrica. Más o menos como torear a un animal para que embista. Aquí lo chistoso es que el transgresor se parece al opresor, porque tiene que usar la fuerza para decir lo suyo, aunque se queja de lo que se le ha impuesto a la fuerza. Al final de cuentas, lo mejor de la situación no fueron las obras, que casi todas seguían el mismo ejercicio simplista de símbolo católico + vagina, sino las reacciones de todos los bandos que participaron en la polémica y que sacaron a flote un montón de convulsiones ocultas en nuestra sociedad. Un punto en el que nadie cambie de opinión sino que las posiciones se polarizan más. Y con eso me refiero tanto a la artista radical, a los católicos radicales y a las instituciones legales. La transgresión puso sobre la mesa las posiciones y las reforzó aún más, cada uno más convencido de su bando en el campo de batalla. En otras palabras, la situación superó a las propias obras, tocó llagas, por decirlo a lo católico, y no se quedó en una ficha técnica con un discurso cómodo y encapsulado, en una sublevación teórica. Ahora, parceros, a tomar posición.

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(A la izquierda, una obra de «Mujeres ocultas», a la derecha, «La lechuga».)

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