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Todo está muy caro, como diría el artista conceptual y maestro del rebusque Antonio Caro, más aún si se escogió una carrera relacionada con las humanidades o las artes. Quienes están metidos en el campo artístico saben que la cosa no se pone tan fácil después de romper la burbuja universitaria, y que pueden ser frustrantes las trabas que aparecen en el camino cuando hay que pagar facturas y a la vez hacer obra.

Pero hay dos maneras de ver la situación, una egocéntrica, triste, como lo que acabo de mencionar, y una manera comunitaria, que aprovecha el problema y lo vuelve una ventaja.

La versión egocéntrica la conocemos más o menos bien. Tanto que hay una viñeta del cómic Art School Confidential de Daniel Clowes que condensa la cruda realidad laboral artística. En la escena, una ‘rara’ profesora (por lo pragmática) le dice a los estudiantes de una escuela de arte: “solo uno de cien estudiantes va a encontrar trabajo en su campo escogido. El resto de ustedes va a malgastar su tiempo aprendiendo un ‘hobby’ inútil”. Ahí mismo, en un bocadillo de nube, todos los estudiantes piensan para sus adentros “yo soy ese uno que va a triunfar”.

El que lo logre, entre esos cien, habrá asistido a cocteles, hecho amigos, contactos y un nombre. Así que con ese no nos metamos, que se lo merece. Lo que pase con los otros 99 será más incierto. En los mejores casos, puede que alguno tenga una herencia jugosa con la que podrá dedicarse toda la vida a hacer arte sin preocuparse. Como lo hizo William Burroughs, que se gastó buena parte de la riqueza de su familia escribiendo literatura y metiendo heroína. Otro puede que simplemente se dedique al negocio familiar y deje de lado, o debajo de la cama, el arte. Otro será profesor y tendrá un salario decente que le reduzca muchas preocupaciones. Otro puede que se dedique al diseño o a la publicidad con un resultado parecido, aunque con más preocupaciones. Habrá otro que se concentre en ganar en la versión artística de los Juegos del hambre, los Juegos del arte: las convocatorias y los estímulos privados y estatales, y se convierta en un verdadero mercenario al servicio del capitolio. Otro se dedicará a cosas que ya no tengan que ver con arte, y hasta de pronto le irá mejor. Cada uno por su parte mirará cómo sobrevive, cómo se da mañas para seguir haciendo lo que hace.

El problema con la versión egoísta de la supervivencia artística es que uno se queja del sistema del arrégleselas quien pueda, pero no contribuye a desestancar ese sistema. Cuando uno encuentra su sustento ya no importa el de los demás.

La versión comunitaria puede ser de otra manera.

De acuerdo con un estudio del Observatorio Laboral para la educación hecho en el 2010, ‘bellas artes’ fue la primera área del conocimiento en crecimiento, o sea, cada vez más gente quería estudiar artes, más que otras carreras. Basta con ir a una facultad de arte en una universidad para darse cuenta de que esa tendencia continúa, porque cada vez están más superpobladas de alternos, y hay un índice creciente de pelo azul por metro cuadrado. Entonces, si todo está tan caro, y tan difícil, ¿por qué cada vez más gente prefiere escoger el camino tortuoso del arte y no uno más seguro laboralmente?

Ni idea. Pero si hay tanta gente interesada, en vez de dispersarse y volverse una lucha de supervivencia, debería fortalecerse la comunidad. Aunque hay muy pocas plazas para artistas, hay una necesidad gigante de gente que haga otras cosas dentro del sistema artístico. Hacen falta curadores, gestores, críticos, espectadores, también mecenas. Y aquí es donde el asunto no es tan pesimista, porque mucha gente se ha dado cuenta de la necesidad de trabajar en equipo (y no solo para la rumba). Por mencionar algunos ejemplos: La Cooperativa, una propuesta ganadora de uno de los 14 salones regionales de artistas, región centro, en el 2012, hizo una propuesta muy inteligente: aparte de la exposición tradicional, montó una plataforma en donde la gente podía subir sus portafolios, discutir, hacer proyectos conjuntos y otro montón de cosas (desafortunadamente ya no está el sitio web). Arte Arca es una plataforma virtual donde se pueden comprar obras de artistas jóvenes, o se puede ser un artista joven que vende su obra a alguien con plata. En el prograna Arte Cámara Tutor se forman artistas empíricos y profesionales del sur de Bogotá y se hacen exposiciones regulares. O los montones de grupos de estudio y de educación informal sobre arte que han surgido por ahí (1, 2, 3, 4) que, con la excusa de “subvertir la hegemonía de la educación formal” no la subvierten, pero sí forman una comunidad. Dejo los ejemplos hasta aquí para no aburrirlos, parceros, pero hay más.

Si aprendemos de nuestros amigos los youtubers, que forman verdaderas comunidades con su público sin haberse visto nunca en persona, sabremos que es mejor si no esperamos a que la gente vea ‘porque le toca, porque es cultura’ sino porque ahí encuentra calor de hogar. Y mejor aún si esa comunidad se amplía y se robustece, se vuelve una comunidad abierta. Porque los amigos cercanos ni compran ni critican.

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