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Hay palabras muy precisas, tan precisas que es difícil ubicarlas en el habla cotidiana, que difícilmente las diríamos en una conversación común y corriente sin parecer pretenciosos, pero que están esperando aparecer en lugares muy puntuales y muy pequeños, como un tesorito escondido. Una de esas palabras es ‘lenidad’, que bien podríamos nunca encontrarla en nuestras vidas, pero que se refiere a la blandura a la hora de juzgar o de exigir deberes y es perfecta para describir una situación que sucede, y mucho, en la educación artística. Hay lenidad cuando se estudia para ser artista (o para hacer arte, o lo que sea), porque hay blandura de criterios, porque no se sabe bien bajo qué fundamentos se puede enseñar y evaluar algo que se supone que es muy personal y muy propio del proceso creativo de cada quién.

Entonces, a falta de fundamentos, hay sobrecarga. La academia artística es un espacio donde el estudiante se asfixia con información, con referentes y teorías ‘interesantes’ o que le ‘dicen cosas’, pero que a la vez tiene que ver con desconfianza y recibir con una piedra en la mano: pensar el pensar, cuestionar el cuestionar, resignificar el significado, criticar el criticar, recontextualizar el contexto; aun cuando nunca se llega a saber bien qué diablos es un contexto. Piénsenlo, es un comodín, una palabra para referirse a algo que uno no quiere nombrar: ‘el asunto es que eso cambia dependiendo del contexto’. Perfectamente lo podríamos cambiar por cualquier otra palabra: ‘el asunto es que eso cambia dependiendo del video en el que está metido’. El problema con el bombardeo de referentes y teorías es que hay muchos estudiantes que no logran digerirlas todas y a la vez añadirles algo propio, porque, de tanto ver a otros y desconfiar de otros, ellos mismos no tienen algo que proponer. De ahí que encontremos esa bonita maña que tienen los artistas de querer hablar de todo sin saber lo suficiente de nada: del problema de la pintura, del tiempo, del espacio, de los átomos, de ‘el otro’, de la sociedad, de todo superficialmente, basados en referencias prestadas y no en experiencias propias. No es difícil ver estudiantes de arte que viven angustiados, brincando de un referente a otro, trabajando descontentos porque no han encontrado lo que ellos quieren decir y deben cubrirse con capas de citas y frases de otros artistas o teóricos para ocultar la carencia de algo que los mueva profundamente. Y eso se nota, porque producen obras desganadas, maquilladas con parafernalia artística, porque el contenido ya se desdibujó entre tanto dar vueltas sin tomarse un descanso para ver detenidamente.

Eso no solo sucede en las academias formales de arte, ni para ahí; también pasa en los montones de espacios informales de discusión y enseñanza artística que están floreciendo recientemente, y que en pocas palabras son la evolución de las tertulias cerveceras en proyectos más serios, para sacar provecho de convocatorias y estímulos mientras que se sigue hablando carreta sobre cosas ‘interesantes’. Pero “no decantó en nada, o sea, no pasó nada”, cómo diría Santiago Castro acerca de su participación en el espacio alternativo Escuela de Garaje ‘Lo común’, en uno de los comentarios de una discusión en esferapública, a costa de “la esperanza de un alumnado proyectado hacia el vacío, lleno de desgano, incredulidad y una innumerable lista de fracasos”.

No sé ustedes, pero diagnostico un caso grave de lenidad.

Yo creo que una de las razones de esa blandura es la falta de tiempo, tiempo para vivir antes de cuestionar el vivir. Dejarse dañar un poquito para no andar prevenido sino más sabio. Hacer las cosas bien toma mucho trabajo: hablar en público, escribir, montar bicicleta, cocinar, y el arte no es una excepción. Todo tiene su oficio, hasta ser artista conceptual. Cuando una obra es desganada funciona como una adivinanza, como algo que tiene un significado oculto que cuando se descifra, pues… se acabó la adivinanza. Pero cuando una obra funciona como una extensión de la vida del que la produjo, eso no se puede reducir a una frase porque es un entramado de existencia y del camino por el que pasó quien la hizo. Como la bandera de alguien que escala una montaña, muestra que llegó a un lugar pero que debe seguir escalando.


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