Aprovechando que tenemos una nota sobre la curaduría del pabellón de Macondo en la FilBo 2015, podemos hablar de buenas y malas prácticas curatoriales en esta Obvia Plástica.

Curaduría, para los que no conocen el término, es el oficio de seleccionar y organizar cosas disímiles en un conjunto que sea entendible, que tenga sentido como un todo, que tenga un hilo conductor. Lo más común es encontrar curadurías de exposiciones de arte o de museos, pero la práctica y el término ya se han expandido tanto que también hay curaduría de libros, de cine, de música, de centros comerciales, de cuartos desordenados. Si van a un museo verán que está organizado de acuerdo a una ‘lógica’ y que está hecho de manera que uno ‘lo entienda’, y que hay alguien que lo organizó para darle ese sentido, un curador, así ese sentido sea algo ambiguo y vago. Pero no siempre el curador está en sus cinco sentidos o coordina lo suficiente como para hacer una curaduría exitosa, a veces uno sale más confundido por culpa de la curaduría, o sale con miedo o fastidio de la exhibición porque no entendió ni papa. Si estamos hablando de un trabajo con un propósito claro, como lo es la curaduría, también podemos hablar de buenas y malas prácticas curatoriales.

En Colombia, la mayoría de las personas que trabajan o se hacen llamar curadores parten de principios muy intuitivos para organizar exposiciones de arte. Muchos son historiadores o artistas que, a pesar de que conocen las minucias de la historia y la apreciación artística, no han tenido mucha formación acerca de cómo interpretan los demás o qué estrategias son más apropiadas para dar claridad en una exposición; saben de arte, pero no saben cómo exponer arte. Ser curador es algo difícil, muy difícil, y muchas veces no basta con decir que esta exposición se organiza así porque se me ocurrió que así y punto. Un curador, incluso más que un artista, tiene un compromiso con su público, existe para cuidar las obras y para darle perspectiva a los que visitan las exposiciones. Para copiarme de una frase que por ahí se usa con los editores de libros: el curador hace que la obra de arte encuentre a su espectador. Por eso, el asunto de la interpretación no se puede tomar a las carreras, ni asumirse irreflexivamente. Mucho menos, como sucede con los museos públicos, cuando lo que se busca es que las exposiciones sean accesibles para un público amplio y desinformado.

No es raro ver que a un museo, en un día cualquiera, llegan busetadas de niños que están en salidas pedagógicas y que corren por las salas de exhibición copiando fichas técnicas para cumplir con la tarea. Esos niños seguramente tendrán textos impecables en donde se expliquen las rupturas y cambios que ofrece un periodo artístico, o la importancia de algún prócer de patillas largas. Sin embargo, y también seguramente, esos niños no interiorizarán ni entenderán esas fichas técnicas que copiaron por obligación. El problema es de parte y parte, porque a los niños no les interesa y porque el museo no propicia ese entendimiento.

Hay prácticas curatoriales absurdas, y pasa en todas partes. Por ejemplo, en el museo de arte del banco de la república (que justo está estrenando curaduría) hay una obra de Vik Muniz que consiste en la réplica de una pintura del artista impresionista Claude Monet, pero hecha con cuadritos de papel de la escala Pantone. En la ficha técnica dice que “El artista captura al espectador quien al mirar la obra reconoce el origen de la imagen, en este caso Monet, sino que al acercarse la sorpresa lo cautiva cuando comprueba los pequeños cuadrados de la carta de colores con que está constituida la imagen de uno de los grandes reformadores del paisaje del siglo XIX. La apropiación nos lleva al siglo XXI”. ¿Raro, no? Una ficha técnica (además mal redactada) nos dice qué impresiones debemos tener, porque la obra no lo comunica con suficiencia. Parece un mal chiste que el espectador tenga que leer en la ficha que “la sorpresa lo cautiva”, como si estuviera leyendo sus propias sensaciones. Sensaciones que en realidad no suceden.

Y hay un detalle aún peor, cerca de la obra de Muniz no hay por lo menos una foto del cuadro de Monet que sirva de referencia. O sea, se confía en que el espectador sabe de qué obra se trata, que el que ve la obra de Muniz ya sabe quién diablos es Monet y cuál es su estilo. ¿Habría sido muy difícil poner la foto de la pintura original? Aquí está (a la izquierda, Monet, a la derecha, Muniz):

Más que ponerse tres pasos más adelante del espectador, un curador debe ir al mismo ritmo, y pensar que a una sala asisten tanto expertos como recién nacidos en el arte, y para todos debe haber algo interesante. Nadie nace aprendido, ni con el chip que contiene toda la historia del arte y todos los referentes posibles.

Para divertirnos un poco, y para que esta columna no suene a regaño, invoquemos a nuestro anti-ejemplo del mundo del arte favorito: el señor Jaime Cerón, quien esta vez nos explica cómo (no) se hace una curaduría:

Como ya es costumbre, Cerón predica con el mal ejemplo; una curaduría debería ser algo riguroso y no un lugar de chocolocuras y de a ver qué me invento. Hoy existen muchas herramientas para entender cómo funcionan las interpretaciones de las personas, por ejemplo en semiótica, ciencias cognitivas o en museología, como para que sean aceptables este tipo de cosas. He visto casos en los que curadores les dicen a artistas, el día anterior a la inauguración, que no pusieron sus obras porque se dieron cuenta a última hora de que no había espacio. Aunque decir ‘soy curador’ puede resultar muy cool y llamativo, es una responsabilidad grande y difícil a la que hay que dedicarse con atención. Más que poner un cuadro detrás de otro, es ponerse en los ojos, en la cabeza, en los zapatos del otro.

La ficha técnica

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