destacado2

El mundillo artístico es flexible, plástico, maleable. Lo es tanto que recibe montones de contradicciones que lo ponen a temblar y siempre se sostiene, como una gelatina. Pero no una gelatina sin sabor. Una de esas contradicciones bien curiosas es la figura del autor, que a veces es negado y a veces defendido con arrebato, incluso por la misma persona y en la misma oración. Entonces hablemos del autor y el actor.

Empecemos esta columna con una historia de la vida real, del repertorio enorme de contradicciones de lo artístico: hace no mucho, cuando estaba caminando tranquilo por el centro de Bogotá, me encontré a un señor con un puestico de bonsáis (y libretas de dibujo, y un carrito de Transmilenio miniatura). Esperando a que me dijera algo interesante le pregunté que qué era eso. ‘Son bonsáis’ me dijo como por decir, muy desganado. ‘Ahh, ¿y los vende o qué?’, ‘no, no los vendo’, ‘ahh, ¿y entonces?’, ‘son bonsáis’, volvió a sentenciar. A pesar de la antipatía, le seguí preguntando con insistencia: ¿Y usted quién es? Soy 10, murmuró con timidez. ‘¿Usted es artista?’ le dije, porque ya había escuchado hablar de un tal 10 que hacía obras de arte que consistían en cortar un billete de mil y uno de dos mil y pegarlos para hacer billetes de tres mil. ‘No, no me atrevo a llamarme artista, cómo se le ocurre’. Cuando me aburrí de la poca elocuencia del señor miré otro poquito los bonsáis, que estaban bonitos, y seguí caminando, hasta que 10 me frenó con ánimos renovados. ‘Pere, pere, hágame un favor, fírmeme acá para que el ministerio crea que trabajé’. ¿El ministerio de Dios, el de los Bonsais, el de los señores tímidos? No, era una planilla del Ministerio de Cultura, para verificar la participación del público en un programa de estímulos para artistas con obras de arte itinerantes. Pero si el señor 10 no era artista, y lo que tenía en su puestico no eran obras de arte, ¿me encontraba en la dimensión desconocida? Me pellizqué, y luego me mordí un brazo, y comprobé que estaba en el mundo real, solo que había caído de nuevo en la gelatina del arte, ese lugar espeso en el que es difícil moverse. 10 solo era un tipo con la falsa modestia suficiente como para negar que era artista, y ahorrarse explicaciones, pero con la viveza para sacar recursos del Estado diciendo que era artista, verificando mi precaria participación con una pinche firma.

Tiempo después me enteré de que a sus amigos de las galerías sí les decía que los bonsáis eran una reflexión sobre la gentrificación, sobre llevarse el lugar que habita al hombro, sobre la tradición del barrio y la vivienda. A los que sí importan les echaba el cuento completo. Mi conclusión es que ese señor 10 es un maestro del arte de sacar provecho de cualquier situación, y que es autor a conveniencia, porque ser autor cansa.

Pero esa no es la única situación gelatinosa posible cuando se habla de autoría, hay otras más enredadas. Está, por supuesto, la idea popular de que el autor es un genio creativo, o sea que tiene un don para crear que no tienen los demás. Que aunque en teoría ya se ha superado, en la práctica está más viva que nunca, más que todo porque es inconveniente erradicarla por completo, o porque es muy rentable mantenerla. Pensemos en los viejos primero y notemos que no es gratuito que exista el Ron Maestro Gabo o el Ron Botero (esperemos pronto el champú Salcedo), porque una de las materias primas de una nación y de las empresas son los autores que alcanzan el estatus de estrellas. La cara del Santo hace milagros, dicen, y la firma de un artista famoso hace billetes. Tal vez habrán visto también los bolsos de Mario Hernández con motivos de pinturas de Jacanamijoy mal impresos, descoloridos y sin textura, sin que eso impida que se vendan. O para hablar de artistas jóvenes, no olvidemos a Óscar Murillo, un tipo que hace pinturas que se venden carísimas en subastas internacionales y que pasó de ser un completo desconocido a perfilarse como uno de los artistas colombianos más importantes de la actualidad, con sus obras acerca de la situación colombiana y sus recuerdos de infancia (porque vive en Londres)….¡Un momento! ¿Qué tienen en común estos artistas que acabo de mencionar? Lo tropical, la selva, el costumbrismo exótico con un poco de caché; la fórmula ganadora que utilizan desde cineastas alternativos para ganar premios europeos hasta artistas comprometidos para tener exposiciones internacionales, con niveles variables de calidad, pero siempre con éxito. Una cara y algo exótico para todos aquellos hambrientos de otredad, y tenemos a un genio creativo en Colombia.

Y la cosa más enredada de todas se encuentra en las academias de arte, donde se supone que se ha superado la idea del genio creativo y donde importan más las ideas que el oficio; esa cosa más enredada de todas es cuando hablamos de interpretación. En las academias, con la fuerte dominación de las teorías posmodernas, es inconcebible pensar que los significados están fijos. Más bien hay que decir que para cada obra de arte hay infinitas interpretaciones, tantas como personas dispuestas a interpretar, y ninguna es mejor que la otra. Pero si la balanza está tan recargada hacia el espectador ¿qué necesidad hay de que existan artistas? Si lo que hace un artista posmoderno es posibilitar mi libre interpretación, mi capacidad de dar significados a las cosas en diferentes contextos, en últimas se podría prescindir del artista. Si ese es el caso, yo perfectamente puedo tener experiencias estéticas en mi vida cotidiana, puedo cuestionarme sobre mi sociedad, puedo establecer relaciones sociales sin todo el aparataje museístico y galerístico, sin artistas ni curadores. Por qué 10, el de la historia del principio de esta columna, debería recibir dinero de los contribuyentes si no hay manera de saber si sus bonsáis tienen algo más valioso que los bonsáis del Homecenter, ¿Con una lista de participación? Si yo mismo puedo comprar unos bonsáis y recontextualizarlos como se me dé la gana, y pensar en gentrificación o en la dominación de la naturaleza por parte del hombre o en la mercantilización de los saberes tradicionales o en que qué bonito me va a quedar el bonsái en la sala. Entonces no seamos perezosos, como el señor 10, y tomémonos el trabajo de comunicarnos con los demás para ver que no somos tan diferentes, y que no vale la pena sostener ni genios incuestionables ni vaguedades inevaluables.Chicles y palitos copy

Comentarios