OP23

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o nos damos cuenta, pero los significados de las cosas se van distorsionando como un juego de teléfono roto. Van pasando de cabeza en cabeza, y cuando uno se detiene a mirar, los mensajes del principio ya no se parecen a los del final. Con el tiempo los sentidos se reparten en diferentes caminos, dan vueltas, y a veces se reencuentran con sus orígenes. Pero nunca se quedan quietos.

Por ejemplo, cuando en Colombia nos comemos un dulce con un palito decimos que nos comemos una colombina. Lo decimos porque la marca más famosa de dulces en nuestro país es Colombina. Esa marca de dulces se llama Colombina porque su nombre está inspirado en un personaje de la Comedia dell’Arte —un formato antiguo de teatro italiano— que se llama así, Colombina. La Colombina es la amada imposible de un payaso que se llama Pierrot, quien siempre se imagina que la ve en la luna —por eso el logo de la marca Colombina—. Pero además resulta que el personaje de la Colombina se llama así porque se parece a una paloma, una Colomba en italiano. De hecho, Colombia se llama Colombia por Cristóbal Colón, y Colón —o Colombo— también viene de paloma. Por supuesto, como no es necesario, cuando nos comemos una colombina no pensamos en eso.

A veces los artistas intentan resignificar las cosas con sus obras, quieren imitar esa transformación natural de los signos. Piensan en un significado que les parece problemático o que es cuestionable y producen algo que le da una vuelta a ese significado. En ocasiones es una resignificación ingeniosa, fluida e intuitiva, que descubre posibilidades que no habíamos concebido pero que parece necesaria, y en ocasiones es un intento fallido, que solo se queda en el discurso instititucional pero no en las cabezas de las personas. En el mundillo artístico es muy común que la resignificación se construya como un ejercicio artificial, demasiado consciente y demasiado impositivo del cambio. Parece una fórmula: ‘este es el significado corriente y este es el significado que ahora quiero que entiendan’, dice el artista con un tonillo de genio. Y eso queda consignado con solemnidad en la ficha técnica pero no en la vida cotidiana.

Los memes de internet, por su parte, son una plastilina colectiva. Nadie es el autor y nadie tiene la última palabra en la significación y en la resignificación. Un punto de partida, un lugar común en el mejor sentido, se infla con la participación de muchas personas, con el juego del teléfono roto, hasta que en conjunto construimos un engendro sin cualidades fijas pero con mucha abundancia interpretativa y con una vida efímera pero útil. Los memes son un ejemplo de apropiación creativa exitoso, sin que nadie los llame arte y sin la necesidad de artistas, y demuestran que todo el mundo puede inventarse cosas y alguien más puede inventar sobre lo inventado. Tal vez las estrategias tradicionales de producción de arte deberían aprender de los memes, de su poder humilde, para dejarse llevar por la corriente de las transformaciones sin celar tanto el sentido y sin controlar tanto los nuevos significados. Ojalá existieran más obras con la liviandad de un meme, que tuvieran la frescura para reciclar interpretaciones de la cantera de las cosas viejas sin afectaciones.

Los significados son maleables, y por eso resulta un despropósito fijarse en etimologías o en significados originales —como por ejemplo lo que trata de hacer la gente que está en contra del matrimonio igualitario y acude a lo que supuestamente significaría matrimonio, o los que defienden las corridas de toros apelando a la tradición—. Ningún sentido es fijo, solo hay unos más resistentes a los cambios que otros. Los cambios enriquecen los sentidos, por eso deberíamos permitirlos en toda su potencia y también dejarlos ir.

 

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