obvia plástica 21 destacada Sergio Rodríguez Revista El Parcero Crítica de arte

Y
o fui a ver con mala fe, con la piedra en la mano, Todo comenzó por el fin, el reciente documental de Luis Ospina sobre el grupo de Cali. Porque ya había leído algunos artículos zalameros sobre la película, que alababan su genialidad con frases aguadas y automáticas, y también había visto Unos pocos buenos amigos, el documental de Ospina sobre Andrés Caicedo, que me había parecido decepcionante y grosero, como una cachetada con la mano blandita. Para justificarles mi impresión, justo al inicio de Unos pocos buenos amigos aparece una señora preguntando a personas por las calles de Cali si saben quién es Andrés Caicedo, y como nadie sabe, ella hace un gesto de complicidad arrogante al que está detrás de la cámara, como diciendo ‘qué brutos’. Luego de eso, siguen casi dos horas de entrevistas aduladoras sobre el genio de Caicedo, donde saltan a la cara legitimaciones malditas —ese Andresito era como el Poe o el Rimbaud Colombiano— y estrategias cinematográficas que se le adelantaban por décadas a las tensiones y emociones falsas de los realitys y los programas de concursos contemporáneos. Las voces afectadas, los violines que llaman a gritos a la nostalgia. Aunque yo me había emocionado mucho con otros documentales como Nuestra película o Un tigre de papel, cada vez estaba más convencido de que Luis Ospina, como documentalista, es buen publicista. Y así, desdeñoso, fui a ver Todo comenzó por el fin.

Para mí, y se me hace que para muchos otros, ver esos documentales sobre gente creativa tiene valor porque son inspiradores. Puede sonar frívolo pero no es así; ver ejemplos de gente que hace arte, y lo hace bien, hace que uno quiera hacer, también. Más todavía en el mundo cultural, que está tan lleno de referentes y tradiciones. Lo que otros hicieron tiene un impacto grandísimo sobre lo que vendrá. Las influencias no son cosas para tomarse a la ligera, porque ayudan a construir motivaciones y propósitos de arte y vida. Pero más vale mostrar que decir, eso recomiendan los escritores, y sobre el grupo de Cali se han dicho tantas cosas que los personajes se tragaron a sus obras y se volvieron unos ídolos incuestionables además de pretenciosos. A mí no me interesa que me digan que Caicedo es importante, sino que me muestren su arte y que yo pueda decidir si para mí es significativo.

Todo comenzó por el fin, contra mis pronósticos, no es una pieza de propaganda —o bueno, no tanto, no tantísimo—. El mito de esos loquitos caleños geniales, que se había aceptado con muy poca crítica, se invirtió en el documental para mostrar la fragilidad de unas personas que no sabían completamente lo que hacían —como dice el rap ‘yo tampoco sé vivir, solo estoy improvisando’— pero que estaban en movimiento por un impulso creativo gigante. La película que dura, de verdad, casi cuatro horas, logra quitarle capas a la fachada, a la pose de artista, para revelar un arte de largo aliento, uno que necesita una vida o varias y que no se concreta en etiquetas; eso del grupo de Cali es solo un nombre, una colonización intelectual innecesaria. Porque una cosa es sufrir atractiva, sensualmente, sufrir para que a uno lo miren, y otra sufrir de verdad; también, una cosa es decir que alguien es un genio y otra es verlo crear y verle las dudas y los aciertos. Ahí son invaluables las escenas largas y sin cortes del documental que muestran a Mayolo dirigiendo la Mansión de Araucaíma, tomándose el trabajo de mostrarle a los actores cómo quisiera que se movieran y respiraran, previsualizando la escena, entendiendo cosas que no son genialidades sino descubrimientos. También es invaluable ver el espíritu precario de Andrés Caicedo, jalado por los arrebatos y las ganas de acaparar el mundo demasiado rápido, afanado saltándose los pasos. Eso además va mucho más allá de la avidez decadente y autodestructiva por la que es tan conocido ese grupo, porque si uno lo piensa bien, eso de darse en la cabeza no es tan atractivo ni tan productivo, no al final. Además en el documental se ve el peso de las influencias satelitales que los rodeaban, las películas y los amigos. Influencias que pueden ser inspiradoras o tóxicas, como cuando yo vi Unos pocos buenos amigos y me indigesté, me sentí engañado, y luego Todo comenzó por el fin en parte me sirvió como antídoto. Las influencias.

Lo que me dejó el documental fue una meditación tranquila, y tranquilizante, que me hizo soltar la piedra de la mano: ver las caras de viejos que nunca pudieron dejar de ser niños, para bien y para mal. Eso tal vez los hizo artistas. La experiencia, el conocimiento de la vejez, y también la fragilidad de ver hacia atrás, y no verse curtidos sino con la piel delgadita, eso puede ser lo inesperado de su arte. Yo no lo he vivido, porque todavía falta, pero lo he visto no solo en los creadores de Cali sino en la cara de otros viejos, en esa que ponen cuando miran los recuerdos. Para los que queremos participar en este mundo con creatividad, con ganas de hacer arte y de pensar que ese arte también es la vida, es ocioso buscar certezas, caminos ya hechos, ídolos propagandísticos, pero no lo es buscar impulsos creativos para hacer cosas. Más que el final está el comienzo, porque los comienzos son poderosos y los finales frágiles. Todo comenzó por el fin me hizo pensar en lo contrario a lo que alude su título, que mejor comenzar por el comienzo, ese aquí y ahora en el que estamos parados en el arte y en la vida, con todas las influencias, y dejar el fin para cuando tenga que llegar.

Todo comenzó por el fin, los ídolos que se vuelven etiquetas y la fragilidad de mirar atrás en la vejez.

 

Comentarios