Obvia plástica 2

Para muchas personas metidas en el mundillo del arte actual hay un extraño sentimiento de culpa cuando se trata de juzgar las obras públicamente o de decir de qué manera habría que juzgar el arte. La razón más grande es que no se puede definir o no se le puede poner una función definitiva al arte, lo que implicaría que hoy en día cualquier cosa podría ser arte. Y, pues sí, hay montones de ejemplos muy diferentes para pensarlo. Hay un artista muy famoso que prepara cenas para que las personas que quieran vayan a comer en la galería y a echar carreta, o en términos más artísticos, a “establecer relaciones sociales”; hay un artista cuya obra maestra consistió en escribir la palabra “Colombia” con las letras de Coca-Cola y que paradójicamente es muy celoso con sus derechos de autor; también hay unos artistas que imitan a otros artistas en un programa de Caracol que se llama Tu cara me suena, o sea, en términos artísticos son “meta-artistas”.

Así que, con ese panorama, juzgar el arte es mal visto porque implica cerrar los límites de lo que es arte, es una manera de ser autoritario, de ahí sale el sentimiento de culpa: “¡y es que cómo se atreve! ¿luego quién es usted para decir qué es arte y qué no?”. El arte, en teoría, es una cosa que está en expansión eterna, que es virtualmente infinito, como el universo. Sin propósitos, sin puntos de partida ni de llegada. Y ante ese plano de incertidumbre nos quedamos con cosas que son “interesantes”, que “plantean preguntas” sin intentar respuestas, o que son “exploraciones” sin una finalidad. O eso se supone.

Pues, ahora sí, lo que yo quiero decir es que no importa definir qué es arte o qué no –como si con eso se lograra algo– sino ver para qué nos sirve o no el arte a los espectadores, para qué es relevante para nosotros, y evaluarlo con respecto a eso. Para decirlo mejor voy a usar una analogía cotidiana. Ahí va: no juzgar el arte es como comprarse un pantalón sin escogerlo o sin probárselo. ¿Para qué se compra un pantalón? Para verse bien, para sentirse cómodo, para copiar el modelo, para ensuciarlo después de pintar una pared, para regalárselo a alguien, para hacer un disfraz, para suplir la dotación de un hospital, para ahorcar a alguien, o lo que sea, y con respecto a ese lo que sea es que yo compro uno o el otro, o voy a una tienda u otra. De la misma manera al arte le puedo dar funciones, muchas funciones, no existe esa cosa de ‘el arte por el arte’ así como no existe ‘el pantalón por el pantalón’. Puedo comprar una obra para decorar mi casa; puedo ir a una exposición a tomar vino con mis amigos, o solo; puedo ver una pintura porque me gusta pintar y quiero ver cómo lo hacen otros; puedo ver la obra de un artista para confrontar su posición política con la mía; puedo entender cosas sobre lo que nos hace como sociedad (o no)… Y sobre todo eso puedo decir qué tan bien o mal hecho está, desde mi posición, que no es insignificante por ser solo mía. O sea, no es la función que tiene el arte, sino la función que yo le doy al arte.

Además, lo mejor de todo, es que esas evaluaciones se pueden compartir con otros y se pueden poner en juego, una manera muy bonita de decirlo. Tal cual como cuando uno ve una película y comenta sus impresiones:

—Qué decepción, esa película no respetaba el libro original y su reflexión sobre la sociedad de consumo.

—¡Ah! Pero la pasamos bueno, mi amor.

 Igual:

—La exposición no me impactó ni cinco.

—¿Por qué?

—Yo sé que era arte conceptual, pero las cajas estaban tan mal hechas que se les notaba el Colbón.

El arte está hecho para quienes lo ven, lo usan y lo consumen, así como el pantalón, no para un superhéroe que tiene la última verdad y mira desde el cielo la realidad real. El arte no es valioso porque es arte sino porque tiene usos relevantes para nosotros.

Los efectos colaterales de la creencia en que el arte no se puede evaluar son: un Boom del arte neblinoso, sin gravedad (como lo mencioné en la columna anterior). O un montón de exposiciones de arte a las que solo van los amigos de los amigos, y en las que hay muy poca crítica (ya tendré oportunidad de hablar de eso). Los artistas critican cualquier cosa, pero son muy frágiles ante las críticas. Sin participación y regulación del público, el arte funciona más como una zona franca (un lugar con beneficios tributarios especiales) que como una manifestación cultural.

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