Obvia Plastica v 1

L
as discusiones acerca del graffiti se reviven por temporadas, no del clima sino políticas. Recientemente, y con el cambio de administración en la alcaldía, el asunto volvió a flotar en el aire. Que el graffiti es una forma de expresión artística, que hay unos graffitis que sí y otros que no, que si a usted le gustaría que le rayaran la puerta de la casa, que por lo menos hagan cosas bonitas y no esos garabatos tan feos, que la ciudad es más interesante con graffiti, que del graffiti se pasa a la mariguana y después a la criminalidad. Y cómo no, en cada temporada sale a la luz también la interpretación superficial de la famosa ‘Teoría de las ventanas rotas’, diciendo que mantener los entornos urbanos en buenas condiciones y enfocar las acciones policiales en los delitos menores y en el vandalismo reduce la criminalidad, o en pocas palabras, que una calle cuidada es una calle segura. De esa teoría hay detractores y gente que la apoya incondicionalmente, como todo. Unos dicen que fomenta la discriminación y la segregación y otros que funciona a la perfección, que es preventiva y es barata (como el Transmilenio y los bolardos). Luego la discusión se calma y seguimos como vamos. Si el grafitti es hostilidad o arte, pues es ambas, y en general la discusión es bonita e interminable porque es el choque de unos propósitos estéticos contra otros, porque muestra la ambivalencia de las libertades individuales y el encuentro público, y porque no es posible que nadie tenga la última palabra

Aún así, si pensamos que el vandalismo es una forma de hostilidad, y que perfectamente esa hostilidad puede ser arte, pues en la ciudad el graffiti no es la única apuesta estética que se puede considerar hostil. De hecho, una política enfocada en espantar a los que vandalizan y deterioran puede hacer ver a una ciudad mucho más agresiva y menos transitable, y reforzar una especie de estética del campo de batalla, en un sentido metafórico y literal. Eso, o también podemos decir que ‘La teoría de las ventanas rotas’ tiene dos caras de la misma moneda.

Si pensamos que el vandalismo es una forma de hostilidad, y que perfectamente esa hostilidad puede ser arte, pues en la ciudad el graffiti no es la única apuesta estética que se puede considerar hostil.

Hay un ejemplo claro, o claritico, para la gente que odia los diminutivos. En las ciudades de todo el mundo hay un tipo de diseño arquitectónico al que comúnmente se refieren con un eufemismo de lo más desvergonzado: la arquitectura defensiva, que consiste en crear mobiliario urbano hostil, incómodo e incluso peligroso para personas o actividades que se consideran inconvenientes, por decir lo menos. En sus versiones más populares podemos ver arquitectura defensiva en las esquinas ‘gordas’, o sea, rellenas de cemento, que evitan que la gente se orine o se cague (o por lo menos hacen que se salpique); en las botellas de vidrio rotas puestas en bordes de paredes, para que los ladrones no se trepen; en los tiernos carteles que dicen ‘prohibido pegar carteles’; y en los ángulos puntiagudos o en las varillas afiladas de los bordes de las ventanas, para que la gente no se siente o para que los habitantes de la calle no se queden a dormir. En versiones más sofisticadas se diseñan canecas que no se pueden escarbar, bancas con obstáculos para que los que montan patineta no se deslicen (y hasta se caigan) y pinturas especiales que evitan que las paredes se puedan escalar o pintar. Y púas, muchas púas, pero más elegantes. El caso es que las aceras se vuelven fortificaciones y en la calle se respira el ambiente de una guerra fría contra personas no gratas. Si tuviéramos que hacer una abstracción, las formas puntiagudas le darían la silueta a la ciudad.

El asunto no se acaba porque los usos de la ciudad son muchos y contradictorios, y no es verdaderamente posible regular o controlar lo que a uno le parece hostil sin cometer algún abuso y otra forma de hostilidad (o sí se puede, pero no hay quien le dedique la atención). Tenemos que pasar a diario por cuadras que parecen baños públicos y que huelen tan mal que evitan que cualquier negocio prospere, y que le hacen la vida más amarga, o más ácida, a los transeúntes; vemos cómo la ciudad se hace más amable y menos aburrida con los graffitis y su colección de estilos y habilidades; también vemos empleados de servicios generales que, recibiendo órdenes, con espátulas y cepillos limpian tags (como llaman a las firmas en la jerga del graffiti) y consignas políticas que protestan contra la explotación laboral. La ironía es que el que se defiende termina siendo un atacante, y la hostilidad se acumula como capas de pintura.

ciudad

 


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