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a casi se cumplen cuatro décadas desde que Carlos Mayolo y Luis Ospina grabaron el falso documental Agarrando Pueblo e hicieron su manifiesto anti-pornomiseria. Con la película y con el manifiesto lanzaron una crítica al cine miserabilista que se aprovechaba de las bajas condiciones de vida de personas marginadas, y las usaba para producir arte lastimero y para sacar dinero de festivales extranjeros y de sus públicos indignados. Al final, por supuesto, manteniendo a las personas marginadas también al margen de armar su propia historia. Después mucha gente se apropió del término y empezó a hablar de porno-miseria en otras disciplinas aparte del cine: en el arte, en la televisión, en la fotografía. Casi cuatro décadas desde que se dijo que había algo retorcido en volver la desgracia un espectáculo, si solo se señalaba y no se daba participación, y cuatro décadas en las que la porno-miseria se ha sofisticado y se ha vuelto más sutil o más exagerada.

Googleando, uno puede encontrar, por ejemplo, el premio de la fundación Manuel Rivera Ortiz de fotografía documental, que le da cinco mil dólares a los fotógrafos ganadores de su concurso temático: fotos sobre “el sufrimiento y el malestar humano, las comunidades olvidadas, las tierras y las personas explotadas, las comunidades devastadas por la guerra, la pobreza, el hambre, la enfermedad y la explotación de los recursos naturales”. Una lista muy detallada de desgracias; no se les quedó ninguna por fuera. El aspirante al premio entonces rastrea alguna desgracia de la lista, saca las fotos, escoge los mejores ángulos del dolor, y luego se va a mostrarle a otros lo triste que es el mundo y cómo no se habían dado cuenta y cómo son de afortunados. En el premio Luis Caballero también pasó, dos veces este año. Las artistas fueron a visitar alguna comunidad sufriente, les impusieron un taller, les dictaron una catarsis y una forma de expresarse, empacaron todo en una maleta, se lo llevaron y lo mostraron estetizado y pulido, a participar por treinta millones de pesos. Claramente, el intermediario es el que se lleva el crédito, es el guión entre porno y miseria, entre los que ven y los que sufren. Ya se dijo hace cuatro décadas.

El intermediario, tomándose la voz de quien cree que representa, poniendo este tono tristón en esa voz. Pero escuchemos nuestra voz. Supongamos que vamos por la calle, digamos que vamos por San Victorino en Bogotá, y vemos la escultura esa horripilante de Negret, que ha sido un excelente baño público y rodadero de palomas pero que es una pésima obra de ‘recuperación del espacio público’ porque se tomó demasiado en serio lo de recuperación y no lo de público. Precisamente, no tuvo en cuenta al público, a las personas que circulan por San Victorino todos los días. Ahora pensemos qué pondríamos en vez de esa mariposa: ¿Un Bonice gigante, unas Popetas? ¿Una paloma de oro? ¿Unos baños más cómodos? ¿Una mariposa de Negret? Si solo nos hubieran preguntado. Este año, en los afanes de la administración de la alcaldía que termina, han inaugurado otros cuantos monumentos anacrónicos: una copia del Guernica de Picasso, una pileta, un obelisco, un Gabo en mural y otro Gabo en escultura, un graffiti de Jacanamijoy, la repintada de un Omar Rayo; todo bajo el eslogan “la Bogotá Humana está cumpliendo”. Sí, está cumpliendo en el último par de meses que le quedan y no le preguntó al público cuales serían sus monumentos significativos, qué les gustaría ver en bronce, en mural, en pedestal. A los que habitamos en esta ciudad no se nos permitió decir qué cuenta nuestra historia y qué nos representa, se nos impuso y se nos dijo: esto es lo que ustedes son.

Pues así es la porno-miseria, no se le permite hablar al que no tiene voz sino que se habla por él, y se hace la mayoría de las veces de forma descuidada, a las carreras, para demostrar que se está cumpliendo humanamente o humanitariamente (como lo ha dicho Elkin Rubiano con mucho más análisis). Ahorita, que se viene el posconflicto, se va a aumentar la discusión sobre cómo contamos nuestra historia y cómo construimos nuestros significados, y más vale que se propicien oportunidades participativas para decidir cuál es el arte que queremos ver, y que en vez de darle a unos cuantos intermediarios la mano de artista para retratar a los demás, se crea en las manos de artistas de los demás para retratarse a sí mismos.

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