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P
arece que todo se puede patentar: hay películas que se promocionan más con los nombres de los actores que participan en ellas que con su contenido; hay obras de arte que se venden dependiendo del nombre del artista que las produjo, así puedan ser reproducidas exactamente igual por otras personas; hay autores que hacen de su firma una forma de hacer dinero, aprovechando los fetiches de los demás; hay fracciones de canciones que son muy fáciles de reproducir, aunque es imposible porque están protegidas por los derechos de autor. Cuando la cultura es buen negocio, se encierra y se protege celosamente, se limita su explotación, y se hace todo lo posible por evitar que otros saquen provecho. Si no, pregúntenle a Thomas Edison:

A comienzos del siglo pasado, cuando la tecnología cinematográfica apenas se estaba desarrollando, Edison patentó los huequitos que van a los lados de la cinta de cine y que sirven para fijarla a la cámara; una bobada, pero una muy necesaria. Edison, que se enriqueció a punta de patentar obsesivamente cualquier cosa, buscaba cobrarle a todas las personas que usaran una cámara, simplemente porque los rollos tenían “sus” huequitos. Igual lo hicieron otros inventores que quisieron sacar una tajada y que patentaron parte por parte de la tecnología del cine: tornillos, carcasas, lentes, todo. Fue tan exagerada la patentadera, y se subieron tanto los precios por una tecnología que en realidad era muy básica, que los directores y los productores se cansaron de pagar derechos y huyeron de la costa este estadounidense donde vivían, a la costa oeste, donde no los iban a perseguir tanto. Se fueron a vivir a Los Ángeles, California, a una urbanización reciente llamada Hollywoodland, que después se llamó solo Hollywood. Ahí, con la plata que no se gastaron pagando patentes, construyeron estudios grandísimos que existen hasta el sol de hoy: MGM, Paramount, Universal, Warner y otros; los llaman los majors. Esos majors armaron su negocio muy diferente al de los de la costa este, y en vez de enfocarse en la tecnología se enfocaron en las personas, en crear famosos y en construir un star system. Cada estudio fabricó sus propias estrellas y las protegió para que nadie más las explotara, como aún sucede. Por ejemplo, Disney, que no tiene estrellas de carne y hueso sino de animación, ha hecho hasta lo imposible para evitar que otros le saquen provecho. Todo bajo la bandera de los derechos de autor.

Al final, entre los patentadores obsesivos y los radicales de los derechos de autor no hay mucha diferencia, porque ambos se aferran a lo poquito que tienen para sacarle hasta la última gota de dinero. Por supuesto, cada quien busca sus formas de vivir, pero es inconveniente cuando esa forma impide que los demás produzcan la suya propia. Los derechos de autor son una forma de negocio y no son una ayuda muy grande para la interpretación o la creatividad. De hecho, por el contrario, coartan la creatividad poniéndole cercas como a las fincas y limitan la interpretación a idolizaciones perezosas. Más que quién se inventó algo primero, qué tal si pensamos en quién lo continúa. ¿Te parece, Edison?, tan bueno inventando pero tan malo promoviendo la invención.

Escapémonos de la costa oeste y volvamos a Colombia, al mundillo del arte en el presente. Hace poquito hubo una mini polémica que no tuvo mucho eco: la artista María José Arjona se quejó en Facebook y otras redes de que el profesor Diego Escobar, junto con sus estudiantes, había realizado una muestra con una obra muy parecida a su performance Situación #2 (un proyecto para la colección Maraloto) y no le habían reconocido ni le habían pedido permiso a ella para “re-activar” la obra, como ella lo llama. En Situación #2, Arjona hacía unos conejos de origami sentada frente a una mesa y en la exposición estudiantil organizada por Escobar se hacían unos conejos de origami en frente de una mesa también. Y claro, como Arjona es la inventora del origami sobre mesas, de la queja en facebook se desataron unos comentarios que hablaban de plagio, de una falta de respeto a los derechos de autor y de que incluso el profesor se había aprovechado de la ingenuidad de los estudiantes (como si ser ingenuo fuera una cualidad estudiantil). Arjona, al mejor estilo de una Thomas Edison contemporánea, habló de una “re-activación” no autorizada de su obra y con ese término peló el cobre. Al hablar de re-activación da la impresión de que la obra estaba en hibernación y se vuelve a despertar, una forma de referirse a que la obra nunca se separa del poder y de la propiedad del autor. ¿Dónde se guarda el derecho a la reactivación? En la patente invisible que Arjona cree que tiene y que le permite exigir autorizaciones a todas las personas que hagan algo inspirado, o que parezca inspirado, en lo que ella hizo, incluso en una acción mínima como hacer una figura con papel. Arjona dice que no es el papel o la mesa, sino que es la idea (¿la patente?), pero toma la actitud equivocada al creer que las buenas ideas hay que celarlas y hay que impedir que otros se acerquen, porque Dios no quiera, qué tal que hasta hagan algo mejor.

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