obvi plástica villanos destacado

Por estas fechas en las que hay mucha actividad artística en Colombia, volvieron, como vuelven por oleadas todas las discusiones, las quejas a curadurías mediocres y mal organizadas, y, al tiempo, los prejuicios y los comentarios desestimando el oficio (¿o el arte?) de ser curador.

Y pues cómo no, si un curador no le avisa a un artista lo que va a hacer con su obra, la descuida o descuida el montaje, hace planeamiento insuficiente, improvisa, o realiza alguna otra mala práctica, es normal que la gente se queje. Sin embargo, una cosa es que haya casos de pésima curaduría y otra es que la curaduría en general sea una mala práctica. Injustamente, a veces se pinta a los curadores, junto a otros personajes supuestamente malignos como el gestor y el crítico, como si solo existieran para hacerle daño a los pobres artistas, los genios de este mundo.

En esta obvia plástica me gustaría hablar de una de las cosas ridículas que se dicen sobre los curadores: que no pueden tomarse lugares que “no les corresponden” y creerse artistas. O como dirían en una discusión desfachatada reciente: “Otra vez los curadores dándoselas de artistas!!! Qué abusivos”.

Como sabemos, los nombres vienen después de las experiencias. Yo primero veo un algo con orejas puntiagudas y uñas afiladas y después me dicen que eso es un gato, y de ahí en adelante puedo llamar gato a todo lo que se le parezca. Ese sería el punto de nombrar. Aun así, con la lógica inversa del mundo artístico, para muchos parece que la etiqueta de arte va primero, es más importante, y después va lo que sea que entendamos por arte. Incluso hay teóricos del arte sobrevalorados que se preocupan demasiado por los nombres y no tanto por los contenidos, hay discusiones sin final acerca de hasta qué punto algo puede llamarse arte o creencias mediocres muy extendidas que dicen, jurando que es una idea muy inteligente, que “arte es lo que llamamos arte”. Como si el nombre fuera un bien preciado, un terreno colonizado, o un oasis para descansar. Si uno va a decir que arte es lo que se designa como arte es mejor no desperdiciar oxigeno. Arte, irto, urta, harto, orto, da igual; en realidad no deberíamos preocuparnos tanto por cómo llamamos las cosas si el nombre nos distrae de lo que nos interesa.

Lo importante en el arte es la práctica creativa y las interpretaciones que se proponen con esa creación, esa es la gracia, para eso lo hacemos y le damos sentido, o eso se supone. El nombre es una manera de referirse a eso y no una propiedad escriturada o un papel firmado que garantice beneficios. Afortunadamente no necesitamos un bautismo en arte o un diploma para ser creativos, porque esa es una habilidad que ya traemos los humanos por defecto. Lo que podemos hacer es dedicar trabajo, curiosidad y atención para explotar esa habilidad. Los que se dedican a eso, a veces les gusta que les digan artistas, que se comprima su trabajo creativo en una palabra. Pero mejor dedicarse y después llamarse. Si la creatividad va primero que el nombre, resulta absurdo que los artistas reclamen una especie de monopolio de la creatividad, con marca registrada, con tres candados y remachada la puerta negra. Un curador no necesita llamarse artista para ser creativo, de hecho no necesita llamarse de ninguna manera, porque el nombre va después. Si resulta que la creación surge usando las obras de los demás, pues qué bien. Si la curaduría potencia lo que hicieron los artistas, pues aún mejor. Déjenme inventarme cosas y si quieren quédense con el nombre de artistas, que tampoco es la gran cosa, debería decir algún curador.

Para terminar me gustaría dejar una bella y hermosa reflexión. Tal vez la palabra arte debería disolverse en la vida cotidiana y desaparecer, o debería engendrar mil categorías más y dispersarse infinitamente. Montones de hijitos que después, al crecer, desconocerían su ascendencia, y verían eso que alguna vez se llamó arte como un recuerdo lejano. Entre el curador, el gestor, el crítico, el artista y el espectador un montón de puntos intermedios, de categorías difusas de delimitar pero claras para ver y para participar. Un mundo igualitario donde nadie acumularía los medios de nombración sino que todos los nombres serían repartidos equitativamente por el estado, aboliendo la nombresía. Ah, no, creo que ya me estoy yendo por otro lado.

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