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Esta es una historia de la vida real, le pasó a un amigo de un amigo de un amigo. Una vez un estudiante de arte le presentó una pintura a un profesor en clase.

—Yo lo asocio con surrealismo. Revise a Dalí, a de Chirico y a Magritte—Dijo de inmediato el profesor—

—No, ya he visto a esos pintores, pero lo mío no tiene nada que ver—Le respondió el estudiante—

—Pero yo lo asocio con surrealismo. Lo veo y digo: surrealismo.

—Pero…

—Surrealismo. Revise y hablamos.

Como es apenas natural, todos amoldamos nuestra mentalidad de acuerdo a la carrera, al oficio o al camino de vida que escogemos vivir y al grupo social en el que nos movemos. Aprendemos maneras de hablar y de comportarnos, y hasta formas de vestir (es chistoso que incluso ser ‘alternativo’ sea una categoría con la que uno pueda identificarse). Y aunque adaptarse trae muchas ventajas, porque nos permite acceder a un conocimiento pulido y asentado por generaciones, asumir las convenciones irreflexivamente también nos puede dar a largo plazo un malestar profundo, una gastritis existencial.

Por ejemplo, uno puede notar un patrón generalizado en las exposiciones de arte estudiantiles. Las fichas técnicas tienen una redacción enrarecida, tienen las convenciones de escritura autorizadas, pero se les nota la incomodidad. Están hechas para cumplir la tarea, y para eso adoptan una escritura complaciente con los profesores y el sistema artístico. Son como alguien que usa un traje prestado, le queda muy holgado y le sobra espacio o le queda apretado y se hacen evidentes las costuras del traje. Y no es porque los estudiantes no tengan cosas valiosas que decir; sino que para obtener la atención que merecen se ven empujados a utilizar argumentos de autoridad y referencias manidas.

Un argumento de autoridad, que en realidad no es un argumento sino una estrategia retórica viciada, es una manera de aparentar que lo que uno hace tiene robustez porque está soportado en la afirmaciones de alguien con prestigio. Alguien reconocido lo dijo, entonces debe ser cierto, aun cuando sepamos que la fama no es equivalente a la pertinencia, y que nadie es infalible o hace las cosas siempre bien (como Obvia Plástica, que es apenas 99% confiable). En el arte el uso extendido de argumentos de autoridad es fuerte, tal vez porque no hemos podido desprendernos del mito de la genialidad o de la Gran Historia, repleta de nombres que marcan hitos o de corrientes artísticas consolidadas. Como si el tiempo borrara las imperfecciones de nuestros precedentes con una crema antiarrugas. En realidad, esos autores y esas corrientes también daban tumbos, improvisaban, se equivocaban y se arrepentían, como le pasó a Luis Caballero en la historia de la vez pasada. Y como a todos nos pasa.

Entonces la gastritis existencial viene porque, en últimas, el que asume argumentos de autoridad se subestima a sí mismo, comprobando indirectamente que sus afirmaciones no valen por sí mismas. Volviendo extraño su propio trabajo al intentar encajarlo con una estructura que puede que permita pero también obliga. Como finalmente terminó el pintor neo-surrealista enajenado. Ahora un desgraciado multimillonario, que llora sobre sus billetes ganados con autoridad. Eso cuenta el amigo del amigo del amigo.

Por supuesto, lo que digo no le pasa solo a los estudiantes. Hay casos de artículos de crítica que están escritos, casi en su totalidad, con citas; con un fervor casi religioso a las palabras de teóricos. También sucede en las solapas de los libros o los posters de las películas. “Uno de los libros favoritos de Vargas Llosa” o “¡Inspiradora! Dice The New York Times”. No hay diferencia entre esto y ver a James patrocinando unos calzoncillos o a Shakira usando alguna crema de dientes. Hay un efecto propagandístico que se basa más en el prestigio que en la calidad del calzoncillo.

Y es que, como dijo una vez Marcel Duchamp, “no es que citar esté mal, solo que no importa tanto el nombre que se cita sino la resonancia de las palabras”. Bueno, en realidad no lo dijo, pero si lo hubiera dicho ¡qué cierto habría sido!

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