Luis Caballero

Podríamos hacerle un monumento al artista Luis Caballero por ser el primer emo de Colombia. Porque desde los sesenta ya sufría mucho, todo el tiempo, en su vida y en su obra. Era tan emo Caballero que hasta sufría cuando le iba bien, víctima de su propio éxito. ¡Yo soy un simple pintor! Gritaba. Y la gente le respondía, claro que sí, lo que usted diga, maestro. A Caballero le molestaba que todo el tiempo la prensa lo estuviera engrandeciendo, que lo compararan con Miguel Ángel, con Francis Bacon, que le preguntaran si se había ido a París a alcanzar la gloria, porque así decían, la gloria. Pero a la prensa no le importaba la opinión de Caballero, ni siquiera sus pinturas, solo su imagen. Siempre viene bien tener héroes, así ellos mismos no lo quieran.

Un día, en el ya lejano 1990, Luis Caballero decidió hacer una obra bien grande, de seis metros por seis metros, en una galería de Bogotá. La idea de una obra así ya era exagerada, pero la prensa quería agrandarla más. Esta obra va reunir todo lo que ha hecho Caballero hasta hoy, va a ser su mejor obra, decían, y eso que todavía no la había hecho y no había explicado muy bien qué iba a hacer. Tal vez iba a ser la mejor porque tenía tamaño de valla publicitaria, quién sabe. El caso es que así estuvo Caballero montado en andamios y echando carboncillo por varios días (incluso un crítico dijo, perspicazmente, que se parecía a Miguel Ángel en la capilla sixtina), pero cuando acabó no quedó contento con el resultado. Me quedó mal equilibrada, los personajes quedaron mal dibujados, me tocó improvisar, para arreglarla habría que volverla a hacer, dijo Caballero en una entrevista sobre la obra, muy desilusionado. Por su parte, la prensa dijo de nuevo que qué bonita, que mezclaba lo mejor del arte contemporáneo y del renacimiento, que definitivamente esa experiencia en París le había sentado muy bien, que la obra era un hito del arte colombiano y que tenía que comprarla un museo, cosas así. Incluso le hicieron una entrevista televisiva al pobre Caballero, lo pusieron en cámara lenta, con música orquestal, mostraron un público que entraba y salía de la sala como una manada de borregos, le dijeron maestro y Caballero por dentro estaba llorando. ¡Me quedó pésima la obra! Ya, ya, shu shu, le quedó bonita, no llore, maestro.

Caballero es un caso único, porque él mismo reconoció sus fallos, aunque no lo escucharon. Normalmente se idealiza y se sostiene al artista como a un niño sobreprotegido del que no hay que hablar mal aunque él hable mal de todo, y el artista colabora con su sobreprotección. Por supuesto, le gusta que lo mimen. Es la triste historia de un arte sacralizado. Triste, porque no es sacralizado por bueno sino por frágil, por la angustiosa necesidad de tener representación nacional, de tener héroes, de proteger lo poquito que hay, de creer que los artistas son buenos solo por ser artistas, de creer que el arte es bueno porque sí, que es intocable, que toda forma de expresión debe ser necesariamente defendida. Claramente, esa sacralización hoy sigue igualita, o peor.

Hace poco hubo una polémica sobre unos curadores que se ganaron una convocatoria del ministerio de cultura para participar en el salón regional de artistas del pacífico. La discusión ya ha dado tantas vueltas que se desdibujó, se volvió un mazacote de rabias personales y gritos heridos, camuflados en argumentos. Yo no soy el más enterado, pero lo que entiendo que pasó fue que los curadores tuvieron la idea de hacer una curaduría poco convencional, en la que no ponían fichas técnicas directamente en la exposición y mezclaban las obras sin dejar completamente en claro en qué parte se trataba de un artista o del otro, y eso molestó mucho a algunos artistas participantes. Además, un par de obras se dañaron. O sea, dejaron de ser como los artistas querían que fueran. Como resultado, los curadores estuvieron expuestos a un linchamiento mediático en el que se les trató de mediocres, de irresponsables y de abusivos con las sagradas obras de los artistas. Porque cómo se les ocurre opacarlos. Se les acusó de una ofensa gigantesca: violar las intenciones originales, y se les rechazó por intentar hacer algo que no les correspondía, hacer arte con las obras de arte. Incluso se dijo que iban a tomar acciones legales. Casi como una manifestación de taxistas, conscientes de su poder de presión, los artistas indignados organizaron el linchamiento en internet, en redes sociales, en prensa tradicional a gritos, bloqueando autopistas de información. El problema es que no se dieron cuenta de que ellos hacen lo mismo que hicieron los curadores, desacralizan todo con sus obras, solo que no permiten que lo de ellos mismos sea desacralizado.

Qué contento habría estado Caballero si alguien le hubiera dicho que su obra estaba muy mala, y que le hubiera dado un consejo constructivo. Vuélvela a hacer, Luis, y no seas tan lámpara, hazla más chiquita. Y qué bueno habría sido que los artistas de la exposición del regional del pacífico, en vez de estar lloriqueando por sus obras, se hubieran preguntado qué cambió con la curaduría, cómo percibió el público sus obras y qué nuevos significados salieron a flote. Al fin y al cabo ese es el punto, ¿no?

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