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Dirección: Darren Aronofsky
Título original: Noah
Estreno en Colombia: abril 2014
Duración: 138 mins

En Noah (Noé) hay dos películas apretujadas en una. La primera es la que seguramente les sonó a los productores como un éxito en taquilla, la segunda (esperamos) es la película que Aronofsky descubrió traduciendo a guión su poema de juventud, dándole vueltas a la imposibilidad logística, pero también espiritual, de meter el mundo entero en un arca náufraga.

En la primera película Noah es el héroe de una “épica”. Así es muy comparable a Frodo de El señor de los anillos: ambos son simples mortales sin una habilidad particular (ni carisma alguno, pero esa es una opinión más personal sobre los actores) que son arrastrados a una misión imposible a razón de su pureza de espíritu; la gran diferencia es que Frodo recibe la ayuda de magos, espadachines y Orlando Bloom, mientras que Noah tiene de su lado al mismísimo Dios. Flores y bosques enteros que crecen de la nada, golems mitad carpinteros mitad guerreros (como vemos en una secuencia que grita “¡vengan niños y Geeks que quieren ver gigantes de piedra pateando traseros!”) y volcanes de agua a lo ESMAD son solo algunos de los ases bajo la manga del Creador para enfrentar a un puñado de tipos malos con espadas a medio fundir y todas, absolutamente todas las de perder. El problema de meter a Dios en una trama convencional (la biblia no tiene tramas, las cosas son inexorablemente y el lector interpreta su significado) no podría ser mejor expresado que en esta escena de 30 Rock, es un sinsentido que anula toda sensación de aventura y termina por hacer de la adaptación, como lo serán todas las adaptaciones bíblicas por los siglos de los siglos, una experiencia esencialmente anti-épica si solo se mira su superficie. No estamos frente al bello enredo politeísta de la Ilíada o Dragon Ball Z sino ante una parábola deliberadamente rígida en la que los hechos, por más que se reinventen y adornen, son el mero envoltorio de una enseñanza teológica. Allá Hollywood si se quiere comer el envoltorio.

Por lo anterior, la segunda película funciona en cuanto más se aleja de los pormenores del arca y sus ocupantes para hacer exegesis del conflicto espiritual de su protagonista. Mientras que su familia se cree cuidada por un padre (el humano y el celestial) amoroso e incondicional, Noah sabe que obedecer al creador es estar preparado para cortar lazos de género e incluso de sangre; la película suaviza el primer dilema haciendo de su profeta el nieto y natural sucesor de un genocida (¿quien no se estremece viendo a Anthony Hopkins incinerar a un centenar de gente para salvar a sus preciados ídolos de piedra?), pero profundiza en el segundo incorporando la parábola de Abrahán a la narración, el texto paradigmático en cuanto a pruebas de fe se trata. Desde filósofos hasta comediantes han metido la cucharada en el tema, pero la virtud de Aronofsky está en cambiar las condiciones del episodio para dar en el corazón de su mensaje: lo que el creador parece pedirle a Noah no es solamente que mate a su prole (cometiendo un crimen imperdonable, como se lo grita su esposa en la única escena verdaderamente dramática de la película) sino que renuncie a su derecho de trascendencia; en un mundo sin mención alguna de un “cielo”, donde el paraíso es el suelo vegetal y la inmortalidad es una cuestión de linaje, Dios le está pidiendo a este nuevo Abrahán que sacrifique su alma, el gesto máximo de obediencia al que debería aspirar cualquier candidato a mártir judeocristiano. Por desgracia, en este fascinante embrollo religioso y ético vuelve a meter la mano el Creador, no por medio de un ángel sino manifestándose en el corazón de Noah, la nueva y más sutil política de intervención divina que termina por convertir en cristiano moderno (o luterano, o cuáquero, o ponga aquí su religión de espíritu privado) a un personaje que ya ha sido místico temprano que sufre visiones, judío ortodoxo que obedece mandamientos y hasta cruzado Católico que extermina infieles.

En últimas el error de Noah, que dura 2 horas y 18 minutos, es ser tan reverente (en un punto hay una lectura literal, casi publicitaria del Génesis) como para no explorar con suficiente profundidad y malicia las magnificas ideas que sugiere; su verdadero pecado es ser una versión tan libre que trivializa su material (lo dice un ateo que valora el ejercicio intelectual de interpretar la biblia) con mitologías vacías, personajes insípidos (Douglas Booth, que hace de Shem, es el nuevo epítome del bobalicón con candado) y, hay que insistir, una secuencia de pelea entre piedras animadas en cuasi-stop-motion contra soldados en chaquetas de jean que hará sonrojar hasta al espectador más impío.

Por que sí Noah: Porque es Domingo y no hay otra película, pero también porque está bien dirigida, la fotografía y los efectos especiales son muy decorosos y Russell Crowe (aunque duela decirlo) sabe cargar con la gravedad de su papel. Hay un par de secuencias con jump-cuts que son verdaderas proezas técnicas y una escena que ya mencionamos donde Jennifer Connelly (la perfecta esposa abnegada) hace valer su sueldo.

Por que no Noah: Baste con advertir al espectador desprevenido que no va a ser una película de aventuras (aunque lo intente), ni una reinvención que se desprenda totalmente de su trasfondo religioso; tampoco, por desgracia, explora este trasfondo con suficiente juicio. Por otro lado, si espera ver una fiel reproducción de las escrituras se va a sentir decepcionado o incluso un poco ofendido.

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