Ginko.Mushishi.full.230979
Mushishi es quizás la serie más poderosa, extraña y bella que se haya producido en años en el mundo del ánime.
L
os sueños de un hombre son premoniciones de los sucesos que van a acontecer en un pueblo del Japón. Sueña con la crecida del río, con los campos nuevamente fértiles, y sus vecinos lo alaban cuando efectivamente pueden cosechar gracias a sus recomendaciones extraídas del sueño. Luego de que sueña que su hija y su esposa mueren a causa de una extraña enfermedad cutánea, que las transforma en una especie de ceniza, el hombre se da cuenta de que no es que sus sueños sean premoniciones, sino que la realidad se moldea conforme a lo que sucede en su cabeza durante la noche. Sus sueños determinan el mundo y no al contrario. La culpa lo va mermando. Las enfermedades del sueño y la premonición disminuyen su espíritu.

La primera vez que vi este capítulo de la serie del galardonado ánime de Yuki Urushibara, Mushishi, llamado “El pasaje de la almohada”, caí dormido, y eso pareció una continuación de toda la línea argumentativa y del presupuesto de la narración; un sueño continuo: premoniciones de premoniciones o el control del subconsciente. La mentira de que hay vasos comunicantes entre un esquema narrativo y la narración de la vida. Es decir, me pareció que ese sueño del hombre continuaba en mi vida, que esa obra de arte servía para que yo, de alguna forma –una forma ridícula–, pudiera descansar.

Otro capítulo: una niña envejece a medida que pasan las horas del día. Al amanecer vuelve a ser joven. Es esta razón suficiente para que en el pueblo costero en que vive se la venere como a una divinidad. La naturaleza de la región es hostil: las piedras de un acantilado han dado muerte a muchos de los pobladores y la pesca escasea. Los pobladores creen que la niña puede curar enfermedades y dar alimento; la veneran y ella está muda. No puede hablar y no lo necesita. El padre de la niña cobra por las visitas a la niña-Dios. Además del silencio, la enfermedad de la niña consiste en vivir siempre en un solo instante, en un solo día. Su tiempo es totalmente presente. Cuando es curada y vuelve a la normalidad, el tiempo enorme y continuo de los mortales la vuelve ansiosa.

En Mushishi –serie que se puede ver en Netflix, de manera ilegal en la página animeflv.com y quién sabe en qué otros sitios web piratas– , se parece indicar que hay un vínculo entre la naturaleza y la sociedad. De manera falsa y utópica, se hace entender que los ritmos de la naturaleza y los de las vidas de los hombres, las mujeres y los niños, son equivalentes. La serie es lenta, tranquila, escasa, y esa manera de narrar sirve para dotar de alguna especie de “naturalidad” new age y acuariana a la serie. Esa naturaleza está emparentada con la visión contemporánea que tenemos de la vida, de la ecología y del mundo: se trata de una naturaleza pacífica, que nos puede ayudar, y no la que se puede ver en el documental Grizzly Man o en narraciones más apocalípticas, en las que la naturaleza es caótica, desenfrenada y contraria a los deseos de la humanidad.

Ginko, el vehículo o protagonista de la serie, viaja por el campo, entre caseríos, pueblos y domicilios rurales, en su labor de curandero y de detective. Tiene contacto directo con los mushis, microorganismos casi imperceptibles, cercanos al origen de la vida, y que interactúan con los humanos al infectarlos con enfermedades que tienen que ver con los sentidos y con la percepción: el contacto con los ancestros, el manejo de los sueños, la visión inconmensurada, la indiferenciación entre el arte y la vida real, la apertura de las percepciones, el destino familiar de una misma muerte repetida por generaciones.

Toda mi relación con Mushishi tiene que ver con el yagé. El amigo que me recomendó ver la serie me anunció esta relación: las religiones de américa tienen un vínculo con el sintoísmo, por ejemplo; ánimas y fuerzas de la naturaleza que mueven al mundo. En esos dos eventos culturales, el de la toma de yagé y Mushishi, la naturaleza interfiere con la cultura; la enfermedad natural, ante la que el hombre es demasiado débil, hace que la sociedad y sus formas sean arrolladas.

Sin embargo, quizás lo que une la serie y ese evento de la toma es una cierta disposición del tiempo. Algunos de los que toman yagé prefieren dejar largos espacios de tiempo entre toma y toma. “Vengo, tomo y pinto cuando lo necesito; cuando tengo una pregunta”, me dijo una vez un tipo de barba. Y es lo mismo que siento con Mushishi. La noche del yagé es larga. Hay que estar durante horas en vela, sentado en el prado o en una silla rimax, esperando a que ese remedio dé alguna respuesta a una pregunta que a veces puede no ser formulada. La noche es tranquila y mistérica; poderosa y tranquila. Mushishi tiene ese mismo carácter casi místico y reflexivo. El hecho de que la serie no sea consecutiva, sino que cada capítulo contenga una historia independiente, hace que cada una de estas unidades muestre y enseñe distintas enfermedades y curaciones. Las historias son sencillas, pero su trasfondo es enorme y deja al espectador pensando.

La lectura atenta de este anime se parece a una meditación. Contrario al consumo vertiginoso que hago de otras series de televisión, con Mushishi siento que debo parar, digerir, usar lo que he aprendido. El ritmo es lento, apacible, y hay una pregunta que se repite, sin ser pronunciada, en y por cada capítulo: ¿es realmente esta una enfermedad? ¿Por qué se quiere curar esta enfermedad? Una adolescente se ha convertido en esposa de un pantano que viaja por entre la selva, y ese amor es enfermedad y bendición al mismo tiempo.

Esto es lo más problemático de la serie, lo más atractivo y lo más peligroso. Mushishi da tregua y, si es que es una crítica a nuestros tiempos y su velocidad, plantea un pasado idílico. Sería una crítica nostálgica. Sin embargo, Mushishi es quizás la serie más poderosa, extraña y bella que se haya producido en años en el mundo del ánime. Se aleja de los viejos y manoseados grupos demográficos de ese mundo televisivo, y se convierte en una serie que apela a emociones, ideologías e imaginarios más profundos. Así como el consumo de las plantas de poder, plantea nuevas perspectivas y visiones más allá de lo aparente. Así como el yagé, esta serie se consume, no por un divertimento, sino en búsqueda de una cura indeterminada y vaga.

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