Mudanza, Destiempo libros, Alejandro Zambra, Andrés F. Rodríguez, Filbo 2014

Autor: Alejandro Zambra

Editorial: Destiempo Libros

Publicación en Colombia: 2014

Precio: 25.000

Este libro, a pesar de su preciosa portada, es algo o mucho más que eso. El segundo volumen de poesía del chileno Alejandro Zambra, autor de las novelas La vida privada de los árboles, Formas de volver a casa y Bonsái –de lejos su trabajo más conocido-, se publicó por primera vez en 2003 en su país natal y ahora, una década después, la editorial bogotana Destiempo lo reedita para el público nacional en la FilBo. Ésta, como otros libros editados o reeditados por la novedosa camada de editoriales independientes que tenemos ahora, parte en principio como una pequeña y rara joya que valía la pena rescatar.

Y juega a su favor, de entrada, el saber que no es una simple colección de poemas dispares, sino todo lo contrario: una apuesta desde la poesía por lograr una especie de narración sobre una o varias decisiones tremendas. Una despedida, un viaje sin partida ni regreso claros y los dilemas entre recordar y olvidar y buscar y no encontrar. Por supuesto, así como suena de interesante, es también arriesgado, por lo difícil que propone y por lo fácil que podría ser encontrar baches en el camino.

Sin embargo, lentamente el texto se encarga de desvirtuar esa idea. Comenzar su lectura y agarrar el ritmo frenético que proponen las primeras dos partes es de lo mejor del libro, porque supone escuchar a una versión mitad real mitad ficcional de Zambra. Por momentos nos susurra y por momentos casi que se sienten los gritos atropellados, como si este Zambra personaje, con un inconfundible acento santiaguino nos tirara verdad tras verdad sobre la cara. Pero lo anterior no es un intento de metáfora ni un recurso de estilo mío; lo digo así, sin ninguna pretensión literaria: ésta es, sobre todo, una invitación para que el lector se acerque y apure la lectura a toda velocidad y con gusto chileno de unos versos iniciales que no dan espera.

Así como es rápido y delirante, también la contundencia se diluye en incertidumbre, sin que eso juegue en contra del conjunto. Estamos, al fin y al cabo, ante unos personajes que dudan, que van y vienen y desandan sus pasos, acaso buscando respuestas a algo que no tienen. Las mudanzas –de un lugar a otro, de un libro a otro, de una persona a otra, las de nosotros mismos- nunca son fáciles y por eso, como el personaje de la portada, las voces del texto saben qué quieren –empacarse a ellas mismas- pero no se sabe por qué ni a dónde se las llevan, lo cual a veces hace que terminemos en terrenos pantanosos y poco claros para el desarrollo del texto.

Como sea, el cuidadoso trabajo con las palabras de Zambra cobra pleno efecto para darle al libro algunos de sus momentos más lúcidos. Aunque no en su totalidad, el autor llega a ser consistente y bebe de la mejor poesía, esa que nos dice que una imagen bien lograda (“fue la mano,/ no era yo quien saludaba, fue la sombra/ no era yo quien se escondía), un silencio en el momento justo o una mera sugerencia (ni grabar las iniciales/ en un libro que más tarde se/ desfonda en la memoria) nos llenan más que una simple mención cargada de evidencias. De hecho, si hay algo certero y verídico en lo que nos queda del libro, es esa sensación de vaguedad, de un “no-saber” casi nada que, sin embargo, se hila a sí misma con certidumbre y se repite con terquedad durante todos los pasajes del poema (una y otra vez está esa ella que viaja y no llega a ningún lado, esa necesidad de irse treinta veces y de treinta avisos de irse).

De otro lado, resalta que la mezcla entre las pretensiones de una novela y las pretensiones de un poema permiten, en esas seis partes de las que se compone el libro, un raro encuentro entre seis voces diferenciadas, o al menos una voz afectada de seis formas diferentes. En últimas, presenciamos justamente el ánimo y la intención del entonces joven autor de buscar una voz que sea la suya propia. De ahí, y es entendible, que sobre todo hacia la mitad del texto el ejercicio no salga tan bien librado y uno termine preguntándose un poco hacia dónde iba la cosa.

Con todo y eso, que resultan siendo falencias menores, el libro no tiene pierde tampoco en su ilustración, justa y medida, enclavada en siete partes exactas, en donde se muestran fragmentos de cuerpos y fragmentos de instantes ( un tronco y unas piernas; un hombre en fondo blanco y un pedazo de ventana), muy acordes al poema mismo. El trabajo, a cargo de Alice Bossut, tan sugerente y atrapante, no sólo permite acompañar y en cierto modo interpretar la lectura del texto, sino que se deja leer por sí misma. Tanto, que crea otro plano narrativo, a la vez sencillo y diciente, como para que uno no pueda negar las múltiples lecturas que nos ofrece Mudanza.

Por qué sí Mudanza: Por el interesantísimo ejercicio de poema-relato, con las voces cruzadas y esas incertidumbres tan sugerentes por todas partes. Por la belleza del trabajo de la ilustración. Y por poder leer versos como “un problema con múltiples/ aristas: grabadoras que repiten/ unas voces tan seguras de que alguien las/ escucha”.

Por qué no Mudanza: Tal vez por la manera en que está escrita, que hace que se antoje confuso el hilo a ratos. Por lo difícil de definir de qué va exactamente el libro.

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