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Título original: Casse-tête chinois.

Director: Cédric Klapisch.

País: Francia.

Duración: 117 mins.

Estreno en Colombia: Octubre de 2014.

Si pensamos en películas francesas de los últimos quince años que hayan tenido repercusión internacional masiva, siempre se nos vienen a la cabeza dos o tres títulos: la eterna y desgastada Amélie (2001), que fue en su momento la película de los adolescentes loquitos y soñadores; Quiéreme si te atreves (Jeux d’enfants – 2003), que fue la de los adolescentes románticos y soñadores; y El albergue español (L’auberge espagnol – 2002), que fue la de los adolescentes aventureros, viajeros y soñadores. Las dos primeras salieron y quedaron bien paradas en el recuerdo, pero El Albergue se empeñó en volverse una trilogía bajo la escritura y dirección de Cédric Klapisch, una historia grande hecha de tres historias consecutivas, que se continuó en 2005 con Las muñecas rusas (Les poupées russes) y terminó en 2013 con esta Mi vida es un rompecabezas (Casse-tête chinois).

Lo que hizo tan exitosa a esta trilogía fueron los dos hilos conductores de sus tres historias: la declaración de que la vida es complicada y de que llegar del punto A al punto B nunca es una línea recta; y la perspectiva global en la que viven sus personajes, siempre caminantes del mundo, hablando en varios idiomas con personas de diferentes nacionalidades, y viviendo sus aventuras en ciudades glamurosas y cosmopolitas: Barcelona, París, Londres, San Petersburgo y Nueva York. El protagonista de estas historias es Xavier (Roman Duris), un francés veinteañero que en la primera película va a hacer una maestría a Barcelona con el programa Erasmus. Allí vive en un apartamento con personas de Inglaterra, Bélgica, España, Alemania, Holanda e Italia y experimenta una serie de aventuras propias de un viajero de su edad: se enamora, se desenamora, se emborracha, estudia, y vive la vida y la ciudad como extranjero que se va volviendo local en compañía de personas de todo el mundo. Al final de la primera entrega, Xavier renuncia a su carrera de economista y se vuelve escritor para contar su historia.

En la segunda entrega de la trilogía han pasado varios años desde su estancia en Barcelona, y Xavier se ve a sí mismo como un escritor mal pagado que está bordeando los treinta sin tener un rumbo claro en su vida. En un viaje a un matrimonio en Rusia se encuentra con sus antiguos amigos de Barcelona y tiene que darse cuenta de que la madurez trae consigo nuevos retos y nuevas responsabilidades, pero también nuevos placeres. Tiene que aprender a volverse adulto, lo que lo desemboca en renunciar a las aventuras veinteañeras y encontrar al amor de su vida en su antigua compañera de piso.

Y al fin, en Mi vida es un rompecabezas, y después de una década, Xavier está llegando a los cuarenta años, es un escritor reconocido por sus novelas y tiene dos hijos preciosos. Pero la nueva etapa de su vida le trae otros problemas: el amor se acaba y tiene que divorciarse de su esposa, que se va a vivir con sus hijos a Nueva York. Xavier no soporta estar lejos de familia, así que también se muda de París a Nueva York para encontrar que todavía no sabe muy bien cuál es el rumbo de su vida ni adónde debe dirigirse: su ex esposa está con alguien más; él le está ayudando a tener un hijo a su amiga lesbiana; tiene que adaptarse de nuevo a una nueva cultura y tiene que casarse con una neoyorkina de familia china para no ser deportado, además de que después de veinte años se encuentra con su ex novia de la adolescencia para retomar un amorío en la mediana edad, ahora cada quien con hijos y vidas hechas. La trama se desarrolla así en la calles neoyorkinas de Brooklyn, Manhattan y el Barrio chino, entre personas de todo el mundo tratando de lograrlo; tráfico, bicicletas, bares y caos. Xavier debe decidir qué clase de adulto maduro va ser, qué clase de padre, qué clase de amigo y qué clase de ex esposo. Debe revisar los últimos veinte años de su vida y encontrar la respuesta a la pregunta de su identidad para descubrir que nunca hay una respuesta completa. Hay que vivir, hay que viajar, hay que enamorarse. Hay que terminar, hay que repetir, hay volver a empezar.

Mi vida es un rompecabezas es un final decente para una trilogía que duró doce años entre principio y fin. Muchos de nosotros crecimos queriendo ser viajeros por el mundo gracias a El albergue español y ya en la adultez podemos sentir un alivio de que la historia por fin se cierre, y de que lo haga decorosamente. La última entrega es consecuente en el tono y el formato de las dos primeras películas: una fotografía muy limpia que da una sensación verosímil de la emoción del viaje y de la cultura de las diferentes partes del mundo; una narrativa vertiginosa que es consecuente con lo que dice la historia en tanto que, como la vida, da muchas vueltas para llegar a un desenlace, pero es un camino satisfactorio; una banda sonora variada y pertinente con música del mundo; y unos personajes voluminosos, muy bien actuados, que nos hacen sentir la historia como propia. Es curioso ver a Roman Duris, Audrey Tautou, Kelly Reilly y Cécile de France ya viejos, interpretando a los mismos personajes de hace quince años. Esto añade a la sensación de nostalgia de la película. Pero no es menos curioso ver a Cédric Klapisch escribiendo y dirigiendo igual que hace quince años, como si fuera una ópera prima, con una narrativa complicada y a veces desordenada, y recursos un poco primíparos como stop motions. La película es como una obra de juventud: tiene momentos brillantes de una inspiración fresca y juvenil, como describir con una cámara los pisos de la ciudad de N.Y., que son como la piel de un boxeador; y errores inexpertos de inmadurez, como la sobre-explicación y la sobre-exploración de eventos y personajes secundarios. Aciertos y fallos se entrecruzan uno detrás del otro y el resultado es una película adolescente, en el mejor y el no tan bueno de los sentidos, para un público ya adulto. Una película que por momentos emociona y desliza al espectador al borde de su silla, y por momentos lo sorprende mirando el reloj a ver si ya pasaron las dos horas que dura. Pero que al final deja una sensación plácida, de que aunque pudo terminar mejor, terminó bien. Que está bien hecha y cumple con su objetivo, y que lo hace como Xavier: sabe llegar del punto A al punto B, pero lo valioso está en los detalles coquetos del recorrido, así sea un camino complicado y a veces desordenado.

 Por qué SÍ Mi vida es un rompecabezas: Porque es una cinta que por encima de todo sabe emocionar a sus espectadores como si fueran adolescentes que van a salir a crecer y a conocer el mundo por primera vez. Porque es un final aceptable para una historia que inspiró en cierta forma a una generación hace doce años. Porque está bien actuada y uno se divierte en el cine.

Por qué NO Mi vida es un rompecabezas: Porque si uno no es un espectador que se emocione particularmente con las historias de viajes y amores puede que las dos horas que dura empiecen a hacerse pesadas. Porque parte de su encanto es que sea el final de una trilogía, y si no se han visto las otras dos películas puede llegar a ser buena, pero no tanto.

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