THE HARD PROBLEM
Fui a ver una obra de teatro: The hard problem del guionista Tom Stoppard, pero en cine, a ver qué tal estaba la cosa, y así me fue.
P
rimero tengo que decir que de ningún modo soy un experto en teatro; soy un espectador desinformado y no conozco mucho acerca de estilos, tradiciones o términos especializados de dirección, guion, escenografía o actuación. Aun así me considero un buen observador y fui con toda la disposición para entender lo que pudiera de la obra. Digamos que llevé una red mental para atrapar todas las interpretaciones que flotaran en el aire.

La primera impresión de mi experiencia la atrapé temprano, apenas en la taquilla del cine, cuando vi a las demás personas que iban a ver la obra conmigo. Muchos eran actores de teatro y de televisión, que caminaban como si estuvieran en un set, y los demás eran un montón de viejos rolos que habían desarrollado una pose culta durante toda su vida y hablaban como si supieran de todo y como si conocieran a todo el mundo (o por lo menos a todo el que valiera la pena). Entre los murmullos en la entrada del cine escuché apellidos altisonantes, nombres de ciudades europeas y de colegios europeizados, y vi actitudes pasivo-agresivas camufladas con máscaras de diplomacia y amabilidad. Todos se trataban bien pero había una violencia elitista implícita y muy extraña, unas zancadillas invisibles que se hacían unos a otros: “¿tuviste que vender el carro? Ala, qué cosas”. Ya estaba dentro de una obra e iba para una obra.

La temporada de teatro que está programada en Cinecolombia es una selección de funciones que se presentan en el National Theatre de Londres a lo largo de este año. En el cine se proyectan las obras en directo a través de una transmisión satelital, lo que le da un valor de estatus agregado: la idea de que uno está en el National Theatre, o de que uno es un cosmopolita y es como esa gente culta que ve teatro de talla internacional en Londres, pero en Bogotá. Pero es solo el estatus, porque en últimas ver la obra en vivo o en diferido no plantea mucha diferencia. No es la transmisión de un deporte, donde la inmediatez es más importante. Pero bueno, de alguna manera se tienen que justificar los 26 mil pesos que puede llegar a costar la boleta, y de alguna manera se tienen que diferenciar los públicos.

La obra/película que vi se llamaba The Hard Problem, del guionista Tom Stoppard, y para mi sorpresa tenía que ver con un tema del que sí estoy al tanto y que me parece muy apasionante: la discusión acerca de cómo puede explicarse la relación entre la consciencia (esa cosa tan abstracta que todos experimentamos pero que no sabemos bien qué es) con los aspectos materiales de la mente (esa cosa tan concreta que está constituida por el cuerpo, el sistema nervioso, el cerebro). De hecho, a esa discusión la llaman así tal cual, the hard problem, o el problema difícil, porque las diferentes posturas al respecto no se ponen de acuerdo y la pelea lleva siglos.

¿Somos solo neuronas y procesos químicos y la consciencia es solo una ilusión?, ¿nuestra identidad se debe a nuestra consciencia o a nuestro cuerpo?, ¿cómo puede producirse la experiencia y la emoción desde nuestra materialidad? Cosas así tienen que ver con el hard problem.

La obra con el mismo nombre aborda ese problema difícil desde el punto de vista contemporáneo y desde el campo donde se discute, o sea, a través de los nuevos héroes y la nueva religión de la humanidad: ese personaje que recientemente ha salido de las penumbras y se ha convertido en un rockstar: el científico, ese nuevo dios material que hace todo y que tiene misterios gozosos y dolorosos: el cerebro, y esa nueva iglesia que tiene las últimas verdades: la ciencia.

Todos hemos visto en las noticias cosas como: “la ciencia afirma que cortarse las uñas estimula las redes neuronales de la corteza cerebral”. Como si la ciencia fuera una cosa homogénea que se manifiesta en eso que llaman estudios, y como si fuera una institución que tiene autoridad, y que sabe infaliblemente lo que hace. Pero la ciencia es más una actitud que una institución; una que tiene muchos matices, puntos de vista divergentes y problemas. Problemas difíciles. Abordar esos problemas tan complicados requiere tiempo, atención y largo aliento. Pero resulta que no hay nada de eso y todo hay que simplificarlo y reducirlo, hay que hacer cool a la ciencia.

Entonces, tratando de ser cool, la obra The hard problem forcejeaba por lograr un intermedio entre ser científicamente correcta, ser entendible y ser entretenida, y así mezclaba discusiones reales que se están dando acerca de la mente y la ciencia cognitiva con unos personajes unidimensionales, estereotípicos y caricaturescos: un tipo de la India con un acento marcadísimo que es un genio en cálculo; un científico canónico, machote, sexi, con el ego por las nubes; una protagonista maternal, contraria al macho, que intenta mediar la ciencia dura y facha con cuestiones humanistas como el altruismo y el amor por los otros, y eso sí, además bien sexi; un viejo, tipo Doctor House, que sabe muchas cosas pero que a la vez es cínico y despreocupado, porque está harto de las vueltas de la vida; una practicante asiática superdotada pero que siempre mantiene un bajo perfil y es opacada por sus compañeros; un inversionista multimillonario que anda ocupado haciendo negocios. En resumen, una colación fresquita de galletas de jerarquías sociales, raciales y de género sacadas del molde.

Lástima, porque la premisa era muy interesante. En The Hard Problem resulta que Hilary, una investigadora en psicología, entra a trabajar a un instituto de neurociencias. Allí ella tiene que producir estudios e informes sobre esas cosas del cerebro que hacen los neurocientíficos, pero ella quiere indagar sobre la bondad, un tema más abstracto. Entonces Hilary se ve confrontada por sus ideas, que muchos de sus colegas consideran anticientíficas, y se cuestiona su pertenencia al campo de la ciencia, donde parece que no hay espacio para la especulación. Además, en medio de ese drama, la obra intercala diálogos que van soltando ideas acerca de la discusión real sobre el hard problem, pero los suelta tan rápido y tan afanosamente que, a menos que uno ya sepa de qué se está hablando, no entiende ni dendrita.

Así, y desde el inicio de la obra, la gran mayoría de los personajes me parecieron golpeables en la cara, tan insoportables y tan golpeables en la cara como el público de la obra. Estereotipos posudos. El único personaje que yo rescataría de un incendio sería, justamente, la protagonista, que lucha por ser una científica pero a la vez por explicarse cosas como el amor, la religiosidad, y la empatía por los demás. ¿Será que de verdad existe la empatía?, se preguntaba ella en la obra, y yo también me lo preguntaba cuando ella se lo preguntaba. Y justo cuando ella estaba dándole vueltas a esa idea, encontrando argumentos para demostrar por qué es posible que el altruismo sea parte de nuestra naturaleza, y, como consecuencia, que haya esperanza de que la bondad tenga fundamentos, ahí aparecía alguno de los otros personajes y la sacaba de taquito por supersticiosa o por manchar el método científico con sus deseos. Eche más bien a estudiar filosofía, mija, le decían recurrentemente, y se escuchaban las risas mezcladas del público satelital londinense y el público concreto bogotano. Hahaha y jajaja. Porque la filosofía consiste en andar por las nubes y es muy distinta de la ciencia.

Aparte de esas risas ocasionales sentía que el público no estaba cómodo con la obra. Había mucho diálogo enredado, muchas cosas por abarcar en muy poco tiempo, muy pocos picos emocionales, muy pocas acciones (la parte más movida era una en la que el multimillonario tenía un desayuno con su hija). Y aparte de eso no se sentía como una obra de teatro sino como una película; no se sentía que había gente en frente de uno exponiéndose en el escenario, ese riesgo que uno siente en el teatro, sino que la mediación del proyector daba la impresión de que todo estaba calculado y editado como en el cine. Aunque no lo estaba.

Qué tema tan extraño para una obra de teatro, y qué forma tan extraña de lograrlo, pensé durante toda la obra. Por todo lado por donde se le mire hay pérdidas. La discusión sobre la consciencia estaba empacada a la fuerza, la reflexión existencial sobre la bondad estaba reprimida, la crítica a la fantochidad científica estaba ausente. Y también qué extraño eso de mostrar obras de teatro en cine, con estrategias cinematográficas como los cortes y los cambios de ángulos, pero con estrategias de actuación teatrales, de gestos más marcados y de movimientos en un mismo espacio. Como en los primeros años del cine en los que no se habían depurado las actuaciones y no se habían adecuado a los encuadres y los acercamientos. Se sentía desencajado. El ojo invasivo de la cámara grabando a personas que tienen que moverse de una forma particular para que las vean bien a decenas de metros de distancia. Sin embargo, eso no implica que no sea una buena oportunidad y una forma práctica para ver teatro de otras partes sin tener que movilizar compañías y escenarios y sin tener que pagar demasiado dinero. Es solo que no es cine ni teatro completamente, sino un engendro de los dos.

Cuando salí del cine quedé con la impresión de que me habían dañado, que habían sacado lo peor de cosas que yo disfruto mucho, el arte y la ciencia, porque no las habían sabido representar con justicia. Habían caído secuestradas por una pose, por el intento de hacerlas parecer lo que no son. Tal vez el acto artístico de mostrar no es tan compatible con el acto científico de manifestar explícitamente, tal vez los tiempos son distintos, las atenciones son distintas, tal vez las emociones no necesitan ser llevadas a lo concreto, a las conexiones neuronales, y el hard problem debe mantenerse así, como un problema que no se puede responder. Cada medio tiene su lógica, su comportamiento y sus mañas, cada actitud tiene sus formas y sus resultados. El cuerpo y la consciencia, y la ciencia y el arte se conectan de formas desconocidas y complicadas, y en la mediación entre una y otra, como entre el cine y el teatro, algo desaparece: lo vívido de las emociones o lo riguroso de la investigación científica. Necesitamos tiempo y largo aliento para entenderlas y para ver qué permiten y qué limitan, y hasta dónde nos dejan ver.

Si les suena, aquí pueden consultar la programación de cine del National Theater en Cinecolombia.

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