LogoSOFA_bTodas las fotografías por Daniela García

Fui a mi primer SOFA -Salón del Ocio y la Fantasía- para vivir en carne propia la comunidad geek colombiana. ¿Qué tal estuvo?

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uando yo era niño todavía era mal visto ser geek. A lo mejor mi generación estuvo muy influenciada por esas películas gringas de los años 90’s en las que los “diferentes” —los gamers, nerds, amantes de los computadores, lectores de libros de fantasía, manga y cómics— eran maltratados por los chicos populares. Entonces el bullying no se había inventado, y ese maltrato era visto como una especie de Selección Natural de la sociedad colegial. En aquellos tiempos tener gustos diferentes a los del común era asociado con ser un perdedor. En estos tiempos ya no es así. Al parecer hemos madurado como sociedad.

yo creía que el SOFA consistía en una versión más grande de ese pabellón de la Feria del libro en el que le escriben a uno el nombre en chino y le hacen una caricatura junto con la novia del colegio

Los geeks y sus mundos paralelos han sido absorbidos por la cultura de masas. Se han hecho fuertes y sus comunidades específicas han crecido y se han vuelto globales. Colombia no ha sido ajena a ese proceso, y el SOFA, el Salón del Ocio y la Fantasía, ha sido una prueba de ello desde 2009 hasta el sol de hoy. Con el eslogan “es hora de dejar salir al geek que hay en ti” formulan una convención al estilo Comic con: una mirada al uso del tiempo libre en la que las actividades de ocio alternativas tienen una propuesta de valor cultural, social y sobre todo, comercial.

Pero no nos pongamos tan académicos. Decidí ir al SOFA por primera vez en su versión 2015 para experimentar el mundo geek en carne propia (lea aquí Mi primer ArtBo). Convoqué a un grupo selecto de Súper-parceros y nos fuimos para Corferias el viernes 30 de octubre (el segundo día de los cinco que dura la convención). Como tenía miedo de que los asistentes al SOFA me cayeran a puños por no ser suficientemente geek, me eché encima una capa de Star-Wars y esperé pasar como un nativo más (como cuando en las películas de zombies los personajes humanos caminan lento y gimen para que los zombies de verdad no se los coman).

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La boleta nos valió $10.000 COP a cada uno; un precio bastante razonable si consideramos que la mayoría de personas que van son adolescentes y jóvenes adultos. Llegamos a eso de las 4:00 de la tarde y lo primero que nos encontramos al pasar las puertas fue una multitud de gente disfrazada de personajes de videojuegos, ánimes japoneses, súper héroes y cosas así: los “Cosplayers”. La característica más diciente de que los geeks son una sociedad altamente civilizada es que nadie le gritaba cochinadas a las mujeres disfrazadas con faldas cortas y escotes pronunciados. SOFA fue ante mis ojos un bastión de la tolerancia atrincherado dentro de las paredes de Corferias. Más tarde esa revelación divina se hizo carne cuando vi pasar a Jesús-Jedi caminando entre los mortales.

Como no había folletos ni nada con la programación del SOFA (a lo mejor los geeks son todos digitales y la ven por internet) nos tocó ir preguntando por ahí a unas Sailor moons de qué iba la cosa. Descubrimos que los dos grandes centros de la convención son los pabellones 3 y 6, donde se aglomeran las tiendas de cositas raras y emprendimientos geeks, por una parte, y las diferentes comunidades geeks organizadas en grupos y eventos, por otra. El tercero en importancia es el pabellón de los gamers, donde está todo lo de videojuegos, computación y tecnología. Por lo demás, hay por ahí regados en la feria otros nodos geek menores, como una mini aldea medieval, una sala de conciertos, un auditorio en el que estaban pasando la película Sharknado, un pabellón de niños más bien pobre, unas exhibiciones de dibujo en el piso, y una especie de academia de espadas de espuma.

Para ser honesto, yo creía que el SOFA consistía en una versión más grande de ese pabellón de la Feria del libro en el que le escriben a uno el nombre en chino y le hacen una caricatura junto con la novia del colegio (en sudadera y mascando chicle). Y la verdad es que en parte es así, pero ampliado y mucho más sofisticado. Cuando uno entra a uno de los dos pabellones principales lo primero que lo golpea en la cara es una ola de calor. No quiero militar aquí con ese estereotipo prejuicioso de que los geeks hieden a sudor, pero digamos que los pabellones no huelen precisamente rico. Mi teoría es que la atmósfera se enrarece porque muchos de los disfraces no respiran bien. Es un precio que hay que pagar por amor al Cosplay. De todas formas, siendo que la media de edad de los asistentes oscila entre los 18 y los 20 años, sí hay definitivamente un tufillo a hormona adolescente flotando por ahí.

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El caso es que los pabellones principales son un remolino de colores y texturas, entre la gente disfrazada, la ropa y los accesorios que se venden y los dulces japoneses que promocionan los estands. El primer piso de los pabellones grandes lo dominan el cómic, los libros de fantasía, las tiendas de cosas japonesas y las que venden peluches, gorros y morrales. Uno se pierde un poco entre tanta cosa y después de un rato puede ponerse repetitivo. Mejor quedarse observando los personajes disfrazados, que además de ser variopintos se esmeran mucho en que su actitud, y no sólo su apariencia, sea igual a la de quien emulan.

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Muy distinto es el panorama en los segundos pisos. Cuando uno sube al del pabellón 3 se encuentra de una con un Skate-park muy cul lleno de rampas, barandillas y medios tubos en el que jóvenes montados en BMX y patinetas están constantemente haciendo trucos. Al otro lado hay una especie de espacio para malabaristas que practican sus destrezas y hacen shows para la gente. Nos quedamos un rato sentados viendo a unos grupos de danza árabe haciendo bailes en un escenario, y luego dimos una vuelta por estands que no necesariamente se considerarían geeks (de deportes extremos, incluso unos de patinetas miniatura que se montan con los dedos de las manos), pero que entran con acierto comercial en la categoría de ocio alternativo.

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Muy bien por todo eso. Aparentemente ser geek no es solamente ánimes y súper héroes; es una variedad de actividades específicas que se hacen en comunidad. Y justamente esa noción de comunidad está muy bien representada en el segundo piso del pabellón 6. Allí, un gran espacio está lleno de mesas en las que diferentes comunidades se reúnen para practicar actividades y darlas a conocer a los curiosos: desde juegos de rol (¿escucharon alguna vez de Calabozos y Dragones?) hasta juegos que involucran estrategias complejas mediante cartas. Uno de los tipos de los juegos de rol se acercó a hablarme. Yo me escondí debajo de mi capa de invisibilidad pero recordé que no era de invisibilidad sino de geeksidad, entonces lo saludé. Me contó un poco de lo que le gustaba y de cómo era una actividad para todo el que quisiera conocerla. Era muy relajado, el tipo. Sin hacerlo complicado me contó de su hobby, sin la introversión que uno esperaría de un jugador de rol. Fue como si me estuviera invitando a un partido de fútbol. Me dio un folletico y nos despedimos. El resto del piso tenía unas especies de pasarelas para competencias de Cosplay, y una cantidad de clubes de comunidades aficionadas a cosas: desde fans de Harry Potter y Star Wars hasta entusiastas de los modelos de automóviles en miniatura. Es bueno ver que las aficiones más raras tienen su comunidad, y que sus miembros están dispuestos a compartirla. Además yo no sabía que esa gente siquiera existía; es como ir a Rock al Parque y descubrir de repente que uno de cada tres bogotanos es metalero.

Ya estábamos un poco cansados. Hubo un momento en que nuestra camarógrafa decidió vomitarse en medio del pabellón. Yo la tomé por los hombros y le pregunté muy seriamente si su acto había sido una especie de declaración política en contra de los geeks, un performance violento y discriminatorio, a lo Femen, para protestar contra aquellos diferentes a ella. Pero resulta que simplemente se había tomado un jugo en mal estado unas horas antes. Los asistentes que presenciaron la falsa protesta de nuestra camarógrafa fueron muy amables y no se burlaron ni la golpearon (como sí ha pasado otras veces en Bogotá); simplemente se quitaron del camino para que el vomito no les salpicara los disfraces.

Ya la noche se iba acabando, y como estábamos cansados y vomitados, decidimos cerrar la jornada en el pabellón gamer. Ése sí olía rico, como a televisor nuevo, y estaba muy profesional, con hileras de consolas de prueba para que los asistentes jugaran los últimos juegos del mercado. La sensación que nos dio fue que aquél era el único espacio del SOFA donde la comunidad se sentía como verdaderamente cerrada: gente con su misma gente jugando videojuegos y hablando de partes de computadores. No se esforzaron mucho por hablar por nosotros ni por responder a nuestra curiosidad. Es una pena, pero incluso una comunidad que en el pasado ha sido excluida puede llegar a ser bastante excluyente.

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Salimos de SOFA casi a las 9:00 p.m sin llegar a un consenso sobre si nos había gustado o no. Definitivamente es una experiencia que vale la pena conocer, porque involucra gente muy distinta a la que uno trata a diario, con otros intereses y otras formas de buscar entretenimiento y felicidad. Y en general es gente amable dispuesta a enseñarle a uno sobre lo que les gusta. A SOFA hay que ir con la mente abierta, con ganas de curiosear, pero no necesariamente esperando encontrar algo que le cambie a uno la vida.

Cuando me preguntaron si volvería el año siguiente, me quedé viendo a Jesús-Jedi que salía de Corferias con nosotros: estaba bendiciendo con una mano a creyentes y no creyentes de la Trifuerza (la santísima trinidad de la Fuerza). Después se alejó caminando por la calle, con su sable luminoso en una mano, chancleteando hacia la noche con sus sandalias, vestido con su túnica y su paz de mesías.

Definitivamente volvería. Está bien hacerse pasar por Geek de vez en cuando y descubrir otras cosas.

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