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i nos dicen de primeras que el Salón Nacional de Artistas ya tiene 76 años, y va en su edición 44, nos daría la impresión de que el evento ha sido consistente a través del tiempo, de que ha sostenido su identidad. Sin embargo, no es tan así como parece. Se ha sostenido, sí, pero su identidad se ha transformado muchísimo desde los años cuarenta para acá. Muchísimo. Basta con pensar en el nombre del evento para ver que tiene pegada una etiqueta que cada vez lo representa menos, que le queda como traje prestado: ahora no es un salón en el sentido moderno porque ya no es un concurso con premiaciones a los ‘mejores’ artistas, no es nacional en el sentido en el que ya no trata de representar la unidad de lo ‘colombiano’ en el arte, y no es exclusivamente de artistas porque se ha expandido a proyectos de curaduría, publicaciones y educación. Ni salón, ni nacional, ni de artistas; la identidad del salón es más su transformación que su unidad. Tanto así que cada dos años en los portales de crítica de arte aparecen quejas con respecto al salón del momento, y el salón siguiente tiene que reformular su organización con respecto a esas quejas. Tiene que transformarse de nuevo. Es por eso que hay quienes dicen que la historia del salón es la historia de sus críticas. Yo además diría que un salón nacional de artistas es una buena ventana para entender un poco la maraña que es el campo artístico colombiano, sus contradicciones y sus disensos.

¿‘Aún’ qué?

El salón que se inauguró este 16 de septiembre, el número 44, tiene entonces una carga grandísima de prevenciones que vienen de los años anteriores, que siguen con la tradición de hacer al salón un evento con una identidad cambiante.

Este año el salón se llama ‘Aún’, así nomás, ‘Aún’. Un adverbio, que sirve para complementar a otras palabras, pero aislado. Un nombre raro, un nombre confuso. ¿‘Aún’ qué?, uno podría preguntarse. Pues aún, contra todos los pronósticos, sigue existiendo el salón nacional de artistas, a pesar de sus propias contradicciones. A pesar de que, se haga como se haga, el salón siempre va a quedar mal. Aún eso.

Entonces, con este panorama, ¿cómo podría ser el salón de este año? ¿Cómo podría aún ser un Salón Nacional? Pues los cuatro curadores encargados intentaron tapar todos los goles que entraban en los años anteriores, trataron de solucionar todas las contradicciones. Que lo hayan logrado o no es otra cosa, porque como buena contradicción, si uno arregla un lado también daña el otro. Pero el caso es que si había quejas sobre la selección a dedo, este año se hicieron convocatorias; si había quejas sobre la superficialidad que resulta de hacer convocatorias, este año también se hicieron exposiciones comisionadas y hubo investigaciones independientes por parte de los curadores. Si había quejas sobre la centralización del salón, este año se hizo en una ciudad intermedia: Pereira. Si había quejas sobre la internacionalización del salón en unos años y el provincialismo en otros, este año hay una mezcla de obras regionales e internacionales, aparentemente sin jerarquías. Si se cuestionaban los medios tradicionales de exposición, este año hay varios componentes educativos y un curador exclusivo para publicaciones. Si había quejas por el poder que tenían unos cuantos curadores, este año hay sub-curadurías comisionadas por los curadores generales (¿¡Qué!?). En fin.

Además, ese blindaje que cubre todos los puntos débiles también se ve representado en el contenido temático del Salón. Los comunicados oficiales del Salón son vagos e imprecisos, al parecer, intencionalmente: por ejemplo, se menciona que las exposiciones se desarrollan alrededor de la idea del ‘paisaje’ y el ‘territorio’. ¿Pero de qué forma se trata el ‘paisaje’? De cualquier manera. O para decirlo diplomáticamente, por medio de los múltiples entrecruzamientos que puede comprender la idea del paisaje y el territorio. Para tapar aún más goles, los curadores decidieron hacer exposiciones con categorías tan amplias que cabe prácticamente todo adentro. Si la homogeneidad es opresión y desigualdad, la hetereogeneidad es inclusión y apertura de oportunidades; algo así sería la lógica. Sin embargo, esa misma decisión hace al salón Aún aún más confuso. Lo hace difícil de agarrar, difícil de englobar, difícil de entender. Tanto es así que ni siquiera el logotipo se puede quedar quieto:

 

Eventos protocolarios I

Yo asistí al salón como reportero, entonces lo primero que vi al llegar a Pereira fue la mesa larguísima de un restaurante en el que se organizó una recepción. Todos los invitados estábamos en la misma mesa, pero no estábamos en la misma onda: los funcionarios pereiranos actuaban con una diplomacia forzada y maquinaban resultados burocráticos, los curadores y los del ministerio eran amigos cercanos y hablaban de cosas personales entre ellos, y los periodistas andábamos como colgados, aprovechando el banquete, a cambio de difundir información genérica. Yo, a pesar de mi incomodidad social, desde mi posición en la mesa escuché las historias de un funcionario muy amable en las que contaba cómo Pereira se había construido a partir de lo que él llamaba ‘convites’. O sea, uniones solidarias de una comunidad enfocadas en lograr un objetivo común concreto. El funcionario decía orgulloso que muchos de los edificios históricos de la ciudad habían sido construidos con el esfuerzo conjunto de los ciudadanos. Por ejemplo contaba cómo los pereiranos habían hecho cadenas humanas para llevar piedras del río Otún a la ciudad para usarlas como materiales, y cómo después de un terremoto que hubo en 1906 los ciudadanos repararon la catedral que, para hacerla antisísmica, ahora está hecha en parte de madera y hierro. Ese hierro, además, fue fundido de las pertenencias personales que fueron donadas por los ciudadanos: rejas, bicicletas y cosas por el estilo. Así que, literal y simbólicamente, la catedral es patrimonio de la gente de Pereira. Los pereiranos tienen una personalidad solidaria, podríamos decir; más incluso que en Cali o en Medellín, me dijo el funcionario (no me consta). Y luego, con el ingenio de un informe administrativo de rendición de cuentas, ancló su historia con las expectativas que tenía frente al Salón: esperaba que fuera un impulso para el desarrollo de la ciudad, así como lo fueron los Juegos Nacionales de 1974 en su momento, que al parecer dejaron una marca muy positiva que todavía se recuerda. La emoción del funcionario me hizo sentir mucha empatía y le dio otro tono a este convite, este banquete, que se sentía tan poco solidario. Me alegró que el salón se hiciera en Pereira, y me hace desear que cuando se acabe, su impacto sea duradero para los pereiranos.

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Una exposición clichésuda

Luego salimos en bus para la Universidad Tecnológica de Pereira, a la Facultad de Bellas Artes y Humanidades. Ahí hay una exposición comisionada por los curadores principales, o sea, una curaduría dentro de la curaduría. La exposición se llama ‘La filogénesis de la posesión’ y tiene que ver con las drogas y la alucinación. Digamos que en el título la palabra posesión tiene un doble sentido: el aspecto legal de la posesión de drogas, y los cambios de conducta producidos por la percepción alterada, como tener el cuerpo poseído. Aunque la premisa prometía, creo que la exposición se queda corta. En su mayoría son obras perezosas que no proponen más que reflexiones anecdóticas e ideas aprendidas e irreflexivas sobre las drogas y su uso, barnizadas teóricamente y dispuestas en un montaje disperso que hace imposible entender el trasfondo de los trabajos sin guía. Tal vez mi decepción fue grande porque en nuestro contexto actual el tema de las drogas no puede ser tratado a la ligera, y había obras que se sentían como de molde, que utilizaban estrategias artísticas ya muy quemadas y muy dependientes de un discurso complaciente aprobado por el arte contemporáneo. Por ejemplo, efectivamente había unos moldes de yeso que se asemejaban a las incautaciones de cocaína que hace la policía. Sí, eran como una especie de escultura minimalista, un montón de cubos blancos puestos en orden, además con la referencia a la cocaína, pero, y ¿qué? ¿Qué me dice eso sobre las discusiones acerca los distintos agentes que participan en la producción y consumo?: los campesinos que siembran la coca, los laboratorios que la procesan, los grupos armados que las protegen y se sustentan con extorsiones, los consumidores, las mafias que se enriquecen… Las pacas de cocaína tienen historias humanas detrás que se sentían blanqueadas en la obra.

También había unas obras de una artista llamada Corazón del sol que acudían a la vieja fórmula pachamámica de la dicotomía entre lo natural=bueno y lo artificial=malo: un montaje de plantas que se usan como medicina tradicional, y en una esquinita, arriba, un frasco de pastillas. O unas representaciones vaginales de distintos materiales: una vagina de tierra con plantas, una de peluche, etc. Igual que con las discusiones sobre las drogas, se me hizo que reducir una identidad a lo vaginal es demasiado básico y es un recurso que está muy gastado. Me parece que lo femenino no debería reducirse con esa comodidad al ícono de lo vaginal, mucho menos ahora que los grupos reaccionarios inventaron el término de la ‘ideología de género’ para rechazar las distintas maneras en las que las personas pueden actuar roles sociales, justamente con justificaciones soportadas en las formas en que nuestros cuerpos están constituidos biológicamente. Lo que puede parecer una forma de empoderamiento puede resultar en la caricaturización de una actitud a través del cuerpo; empieza como un acto rebelde y termina acomodándose. ¿Esa relación de la vagina con la tierra y lo natural no sería una forma de autocaricaturizarse y etiquetarse dentro de un rol conservador? No sé, ustedes me dirán.

Pero tranquilos, saqué algo bueno de esa exposición; se me ocurrió hacer mi propia curaduría en este texto. Una curaduría sobre los clichés y momentos incómodos que encontré durante mi experiencia en Pereira. Así que para iniciar este recorrido curatorial, una obra de Corazón del sol:

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La iguana del Otún

De la Universidad salí un poco decepcionado, y eso me previno con respecto a las cosas que vendrían en los otros lugares expositivos. ¿Sería todo el salón así? ¿Un arte blandito frente a las discusiones nacionales tan importantes que tenemos en este momento? De la Tecnológica de Pereira seguí para la Caseta de la junta de acción comunal del Barrio Zea, porque ahí hay una instalación llamada ‘Río escultor de piedras’ del grupo Otún. Resulta que la Caseta, un salón pequeño metido en el barrio, da contra el río Otún, uno de los ríos importantes que pasan por Pereira. Es tan importante el río que a la ciudad la apodan ‘La perla del Otún’, y es un referente de la identidad pereirana. La instalación en la caseta es muy simple: una ventana en la que se ve el río desde una pared del salón comunal, y unos parlantes que reproducen un bambuco que se llama, como si no fuera ya redundante, ‘Pereira’. Que un río pueda ser un escultor de la naturaleza es una idea poética sutil pero con un impacto visual poderoso; efectivamente uno puede ver cómo las piedras del río son diferentes a las otras piedras, son más lisas y más redondas, y si uno lo imagina puede ver cómo las manos del río son las causantes de esa forma, como cuando alguien hace una vasija con las manos. Ahora, como lo contaba el funcionario durante el almuerzo, el río no solo ha esculpido la forma de las piedras sino también la forma de la ciudad. Esas mismas piedras se han transformado en edificios históricos, y además todo el barrio Zea anda junto al cauce del río. Seguramente fue por la historia que el funcionario me había contado antes, pero se me hizo que la instalación era una forma visual, clara y en tiempo real de apreciar el impacto de la naturaleza en las sociedades humanas, y también de ver cómo la solidaridad puede constituir a esas sociedades, y cómo la identidad también se construye y se le va dando forma como las piedras de un río, y cómo todo eso se conecta. Esa experiencia señala cosas más complejas que la idea binaria de natural=bueno y artificial=malo que había visto en la exposición anterior. Para coronar, afuera del salón comunal, por la avenida, vi la escultura de una iguana de piedras, construida por los habitantes del barrio. Ríos escultores de piedras y gente escultora de barrios.

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Eventos protocolarios II

Me metí de vuelta al bus y seguimos para el Museo de Arte de Pereira, a ver la inauguración del salón. Me senté en una butaca del auditorio y un maestro de ceremonias anunció a los invitados especiales que iban a lanzar el evento: el gobernador de Risaralda, un representante de la alcaldía, uno de la Cámara de Comercio de Pereira, la ministra de cultura, la asesora de artes del ministerio, la directora artística del salón, la presidenta de la junta directiva del museo. Como en cualquier acto protocolario tradicional, gran parte del tiempo se consumió en la repetición, en cada discurso, de nombres de las personas importantes para el evento. Una práctica absurda y me parece a mí que irrespetuosa con el auditorio. ¿Por qué tenemos que aguantarnos tantos saludos lambones? ¿Por qué no saludan a todos y ya? ¿Por qué hay que dar ‘un saludo muy especial’? De ahí logré captar este paisaje sonoro protocolario que les dejo a continuación:

Además de la repetición de nombres, y como si fuera poco, a la ministra de cultura le dieron dos condecoraciones: una de parte de Risaralda y otra de Pereira. Leyeron decretos, la puyaron con las insignias y le dijeron al oído que los tuviera en cuenta. Todo descaradamente frente a nosotros los espectadores, que estuvimos obligados a ver públicamente esos actos privados de adulación, esos coqueteos. Afortunadamente a la entrada nos habían entregado un número del periódico ‘El Fuete’, financiado por el salón y comisionado por el curador de publicaciones. El periódico era una recopilación de caricaturas sobre las discusiones acerca de los acuerdos entre las Farc y el Gobierno, la paz y el plebiscito (antes de que supiéramos el resultado). Entre las caricaturas también se reproducían unas frases ingeniosas como de almanaque Bristol, pero sobre política, y unas columnas de opinión. Todo el periódico era entretenidísimo y, tal vez intencionalmente, fue un alivio del protocolo que estaba tan tedioso. Para añadir a la curaduría de clichés y momentos incómodos encontré esta caricatura que representa a uno de los columnistas de El Fuete, que pidió que lo dibujaran usando una máquina de escribir, como un intelectual de gaceta moderna:

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Como dije, la desconexión entre los funcionarios y los artistas se notaba. Durante su discurso, el gobernador de Risaralda mencionó una frase famosa de la crítica de arte Marta Traba; ella decía que el salón nacional era un ‘termómetro infalible’ de la producción artística colombiana. El problema es que eso lo dijo Traba en 1965, cuando el salón todavía tenía el enfoque de premio y cuando todavía no se habían implantado muchos de los cambios que tienen los salones actuales; que se implantaron precisamente en contra de esa idea del termómetro. Algo que dice explícitamente un texto oficial del salón de este año es que el salón ya NO es un termómetro infalible, porque ya no mide en términos de mejores y peores a los artistas. Así, parece que el gobernador, o quien le haya hecho el discurso, buscó en google muy superficialmente sobre el salón y no leyó ni siquiera el discurso oficial…

Y de repente, en medio de los discursos, entró un señor con un parlante a repartir volantes. En el parlante se reproducía una grabación como esas que se escuchan en los carritos que venden frutas. Pero no hablada de frutas sino de arte. Decía cosas como: “Se compra arte. Arte barato o caro, no importa, todo se compra”. Como muchos creímos que era un performance o un intermedio artístico en el evento, no hubo un sobresalto grande. Los de la mesa del evento siguieron sentados y esperaron a que el señor repartiera sus volantes tranquilo. Yo agarré uno y lo leí, pero estaba lleno de incoherencias. Parecía una protesta frente a una injusticia presente en el salón, pero no tenía párrafos articulados sino frases sueltas, y tenía unas imágenes prediseñadas de Office. No quedaba claro de qué se trataba. Después le pregunté a un colega periodista y me dijo que había hablado con el señor y la razón por la que protestaba era porque, después de estar en los Salones Regionales de artistas, le habían prometido un lugar en este Salón Nacional y eso no se había cumplido. El asunto es que quienes curan los Salones Regionales y los Nacionales siempre son personas diferentes, y ese tipo de cuotas expositivas no se pueden prometer. Y, de todos modos, si se pudiera, sería una forma de corrupción.

Entre las cosas que siempre se critica de los salones está, por supuesto, el presupuesto. Muchos artistas se sienten marginados de los dineros públicos que se invierten en el evento, y sienten que la selección de artistas está demasiado centralizada. Además, para algunos, la figura del curador ha desplazado a la del artista. ‘Es salón de artistas, no de curadores’, dicen. Sin embargo, ese tipo de críticas me parecen más producto del resentimiento y de la urgencia por tener un pedacito de esa torta de los dineros públicos que un verdadero cuestionamiento a la esencia y la importancia de la curaduría, o a la imposibilidad de representar lo ‘nacional’. Los curadores, sean quienes sean, cumplen un papel necesario en las exposiciones. Son quienes les dan forma, quienes crean un hilo conductor de interpretación. ¿Bajo qué criterios? Inevitablemente personales, pero no por eso mal logrados. La selección se puede cuestionar, pero sea como sea siempre habrá selección. ¿Cuál sería la razón para dejarle a los artistas el monopolio de la creatividad?

Además, con respecto a estas críticas presupuestales también parece que se diera por sentado que el estado debe sostener económicamente a los artistas. Es claro que el campo del arte es muy frágil y los medios de subsistencia son difíciles, pero no hay razones por las que el estado debería repartir plata a todos los artistas para que sobrevivan. Plata para que sobreviva el arte es otra cosa. Entonces pensar eventos artísticos como los salones en términos de cuotas políticas implica llevar la discusión por dónde no debería ser, porque resulta en colaborar con ese mismo sistema de intereses individuales y beneficios. ¡¿Y quién piensa en los niños?!

Todo está muy Antonio Caro

En el mismo museo de arte de Pereira hay una exposición que se enmarca dentro de ese concepto temático resbaloso del paisaje. Hay una mezcla de obras históricas, contemporáneas, nacionales e internacionales que giran alrededor del tema. Además, en uno de los pisos de arriba vi una mini-muestra acerca de la historia de la Galería LaMutante. Una legitimación nostálgica de un grupo de personas que hicieron cosas importantes por la cultura en su región. Toda la muestra tiene un aire de alivio, como si hubieran ganado una pelea por el reconocimiento, como si todo el trabajo de años se hubiera hecho para esa muestra y para que quedaran en la historia. En esa misma muestra hay una obra de Antonio Caro que está ahí como el cameo de un famoso en una película, o como una sanguijuela que no chupa sangre sino estatus: el famoso cartel de Caro que dice ‘Todo está muy caro’, pero que en este caso decía ‘En LaMutante Todo está muy Caro’. Una obra de arte más quemada que un meme de internet y una pieza histórica para añadir a mi curaduría de clichés:

 

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El club re alto

Finalmente fui a la exposición más grande del Salón, la que se organizó en el Club Rialto, un edificio antiguo construido para la crema y nata pereirana que había caído en desuso y que ahora se espera revitalizar con eventos culturales para toda la comunidad. A mi parecer, esa es la exposición más sólida y mejor lograda de todas las que visité. Creo que en este caso se pueden ver las virtudes del modelo multi-curadores que se eligió para este salón, porque desde orillas distintas (lo regional, lo internacional, lo histórico, lo actual) se pudo construir una exposición que se siente como un conjunto. Un conjunto heterogéneo, contra todos los pronósticos. En el club, como en el museo, la exposición también tiene que ver con el paisaje y el territorio, y es una mezcla de montones de cosas. Sin embargo, me parece que la transición entre una forma de aproximarse al territorio y otra es fluida en el recorrido. Aunque muchas obras me gustaron, quisiera mencionar las más memorables: por un lado está la obra de Rabih Mroué que se llama ‘Sobre tres afiches’, un video en el que el artista habla de cómo hizo la recreación teatral de un video en el que un activista político libanés anunciaba su suicidio en 1985. La obra muestra algo muy poco común en las exposiciones artísticas: el flujo de ideas y las decisiones que tomó el artista para producir la obra. Habla de distintas formas de representar a alguien en el discurso, de los distintos aspectos de una misma persona que son visibles a través de las acciones. En el caso del activista político, la condición contradictoria de ser humano con miedo y a la vez mártir heroico. Mroué en su recreación prefería destacar los ojos temerosos del activista, y un gesto sutil en el que el personaje no sostenía la mirada frente a la cámara, como demostrando sus dudas internas.

Otra obra que me gustó mucho fue un video producido por el colectivo La decanatura. En el video se ven a unos niños de la Banda Sinfónica de Chocontá, que llevan unos trajes blancos como de protección química, tocando en el Centro de Comunicaciones Espaciales de Colombia, unas instalaciones obsoletas que servían para conectar satelitalmente a nuestro país con el resto del mundo. En esa obra, a partir de elementos que parecen no encajar, surge algo que parece que no podría ser de otra forma: la mezcla entre la estética clásica y oficiosa de los instrumentos y la música con la artificialidad industrial de las antenas y los aparatos. Parece una obra de ciencia ficción.

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También en la exposición vi unos afiches propagandísticos peruanos de finales de los años 60 y comienzos de los 70. Los carteles hacen referencia a la reforma agraria del gobierno del General Juan Velasco y tienen frases alusivas a la revolución campesina y a la inspiración de Túpac Amaru. Como mucha tradición de la propaganda de izquierda latinoamericana, estos posters son una muestra de maestría de las artes gráficas. Son un mensaje revolucionario pop. Pero las consignas de los posters hoy, décadas después, se sienten anacrónicas, y hasta ingenuas. Y eso es raro, porque la estética revolucionaria sesentera está caduca, pero los temas de discusión de ninguna manera. Hoy más que nunca es importante que se visualicen las injusticias y los problemas campesinos, y que aunque sea con otra estética diferente se puedan plantear ideas de cambio.

Para que no digan que esta curaduría tenía una intención maliciosa, pongo estos posters en mi curaduría de clichés. Estos clichés bonitos:

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Un colectivo que se llama Miraje también tiene una obra que vale la pena mencionar. Un montaje de troncos sobre los que el público puede hacer pirograbado y sobre los troncos, unas re-ediciones facsimilares de una revista ambiental llamada ‘Naturaleza Hoy’, que se produjo décadas atrás. Igual que los posters revolucionarios, la revista Naturaleza Hoy es un buen ejemplo de artes gráficas tradicionales: ilustraciones a mano, letras de esténcil picado que ilustran y explican temas ambientalistas. Algo que no se podría hacer con Photoshop. También recomiendo seguir los otros proyectos que hace el colectivo Miraje. Entre esos, las actividades que realizan en Marte, Sutamarchán, Boyacá; un desierto que han tratado de convertir en bosque, como si estuvieran terraformando otro planeta. Los proyectos, como se imaginarán, tienen que ver con una aproximación informada pero a la vez artística a los cambios ambientales y a nuestra naturaleza cercana.

¡Esperen! Ahora que escribo esto me doy cuenta de que todas las obras que me gustaron y que les mencioné tienen que ver con la nostalgia de los tiempos que ya pasaron, o con ver con nuevos ojos el pasado, de revisitarlo. ¿Será que eso es una buena señal, una muestra de que algo perduró en la interpretación, de que pude anclar significados a partir de la exposición?

De vuelta

Después del Rialto me fui a dormir y al otro día regresé a Bogotá. Me llevé lo que alcancé a ver en un día afanado. El salón ofrece muchas otras cosas que lastimosamente no pude visitar. También, paralelo al Salón Nacional, hay un Salón alterno, llamado Curare. Parceros, les recomiendo que también le echen un ojo a ese Salón y que se enriquezca la imagen de la maraña de disensos, contradicciones, luchas y posiciones que existe en el arte contemporáneo colombiano. Si hay algo que añadir, me cuentan.

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