Medusa

U
na anécdota del artista conceptual John Baldessari cuenta que un estudiante de arte amaba las pinturas de Cézanne que veía en reproducciones en libros. Recolectaba los libros que podía y copiaba las pinturas emocionado. Una vez fue a un museo y vio un Cézanne de verdad, y lo odió. Prefería el tamaño pequeño de las reproducciones, el blanco y negro, el papel y el texto que acompañaba a las obras en los libros. Y, de hecho, se dio cuenta de que mucha gente no iba a galerías o a museos sino que accedía a las obras de arte a través de libros y revistas, y los pedía por correo, como él.

Esa es una historia (que también es una obra de arte conceptual de 1971) un poco anacrónica, un poco anticuada si pensamos que las reproducciones de las obras de arte que nos llegan a los ojos hoy no son reproducciones en blanco y negro y no nos llegan por correo físico. Yo he visto varios Cézanne en google. Sin embargo, sigue siendo cierto que para tener acceso a la historia del arte universal hay que hacerlo a través de reproducciones, o hay que ganarse el baloto y viajar por el mundo. En las escuelas de arte se dice que los estudiantes aprenden de la tradición que llevan a cuestas con presentaciones en power point; yo aprendí con power point.

Si uno es un entusiasta del olor de la pintura o de las texturas detallas, no ver las obras de primera mano es un absurdo, pero si uno es práctico, tener acceso a reproducciones es una oportunidad valiosa y sencilla. Además es una oportunidad mediada, transformada y tranquila, sin la afectación y el peso que nos impone la Gran Historia del Arte y la incomodidad de los museos. La relación con una reproducción puede ser incluso más íntima, como le pasó al estudiante de arte, sin filas, flashes y guardias que le dicen que no se acerque demasiado.

Recientemente los contenidos de cine se han ampliado y ahora se ofrecen funciones de ballet, conciertos, ópera y exposiciones de arte internacionales en pantalla grande. Fui a ver, en Cinecolombia, una película sobre un museo de arte en 3D y en resolución 4K y así fue como me fue.

El plan fue ver la película sobre la galería Uffizi y el arte del renacimiento italiano en Florencia, pero también es posible ver proyecciones sobre la Tate Modern, la Royal Gallery o los museos del Vaticano, dependiendo de la programación, que, eso sí, está en cartelera por un periodo de tiempo muy corto. Los precios están entre 15 y 30 mil pesos, dependiendo de la sala y la hora; 15 está bien, pero 30 ya me parece demasiado caro. La galería Uffizi es el lugar donde está la colección más significativa de la familia Medici, los mecenas más importantes de los artistas de Florencia durante el renacimiento. Sin la financiación de los Medici las tortugas ninja del arte, Rafael, Leonardo, Donatello y Miguel Ángel, no serían tan famosos, igual que otros menos superestrellas dentro de la cultura popular pero igual de relevantes para la historia del arte: Boticcelli, Giorgio Vasari, Benozzo Gozzoli, Fra Angélico, Artemisia Gentileschi o Masaccio. La película está narrada por un actor que interpreta a Lorenzo de Medici ‘el magnífico’, nada más ni nada menos, uno de los Medici que más le metió la ficha a patrocinar a los artistas, incluso dándoles puestos públicos y reconociéndoles un prestigio especial. Lorenzo, o el actor que lo interpreta con un estilo muy dramático, bien renacentista, cuenta la historia de la familia Medici y su relación con los artistas del Quattrocento. También habla del poder de su familia y la triquiñuelas de la política en Florencia, por ejemplo, de las luchas con otras familias rivales como los Pezzi y cómo olvidar a los Borgia. El actor no usa ropa propiamente renacentista sino que lleva un traje de paño brillante; yo lo relacioné con un empresario contemporáneo o con un millonario extravagante, pero está iluminado solo a un lado de la cara, lo que le da el toque teatral de un Caravaggio.

Entre anécdota y anécdota de Lorenzo ‘el magnífico’ una voz de locutor va hablando de la grandiosidad del arte renacentista mientras se muestran tomas aéreas y panorámicas de Florencia grabadas con drones o tomas en cámara lenta de esculturas de mármol musculosas y gestuales. El locutor usa palabras como maravilloso, increíble, majestuoso, solemne, lo que delata que la producción es propaganda italiana; el equivalente colombiano sería Magia Salvaje, que en vez de arte tiene fauna y flora y de locutor tiene a Julio Sánchez Cristo. El sonido orquestal y el exceso de adjetivos pomposos refuerza la idea de que los artistas renacentistas son genios con manos mágicas, y no hay realmente un acercamiento crítico o una pista de cómo era la vida cotidiana en Florencia, por ejemplo, de cómo le pagaban a los artistas o en qué condiciones vivían, o cómo diablos era que hacían para lograr ese arte tan maravilloso. Curioso que el que habla es el mecenas y no los artistas, pensé. Sin embargo, y afortunadamente, hay una pequeña entrevista al director de la galería Uffizi que va en contracorriente con el propio guión del documental; “no nos dejemos cegar por los nombres de los artistas, miremos el contenido y el significado, eso es lo importante” dice el señor, y es como un balde de agua fría que me despierta del atontamiento, o atonitamiento. Luego suenan violines y un dron me lleva hasta el cielo, sobrevolando la Florencia de cúpulas y mármol, otra vez la maravilla.

Cuando escucho que la película fue grabada en 4k con tecnología cinematográfica de punta la expectativa llega a las nubes. Sin embargo, aunque 4k es una resolución digital mucho más detallada que el full HD (y eso que uno se enorgullece de tener un televisor full HD, o un ras tas tas full HD), en cine digital 4K es el formato estándar, es apenas una resolución normal para ver una película digital en una pantalla grande; el cine tradicional análogo ha tenido una resolución similar desde siempre, así que no es nada que no haya visto antes, la película tiene una definición corriente. Aún así 4k suena llamativo. El 3D sí es otra cosa, porque los productores de la película se toman el trabajo de girar alrededor de las esculturas o de la arquitectura, para que sea fácil captarla desde distintos puntos de vista y con perspectiva, e incluso se toman el trabajo de editar y separar por capas las pinturas, diferenciando los planos, el fondo, las personas, los objetos. Esa decisión en algunos casos funciona perfecto, porque amplía el efecto volumétrico que ya lograban muy bien algunos artistas del renacimiento. Si miran un da Vinci o un Caravaggio y parece que se va a salir del marco, es porque ellos utilizaron una técnica sofisticada llamada Sfumatto, que consiste en aplicar muchas capas muy veladas de pintura hasta lograr una sensación de profundidad y de volumen y una textura delicadísima; ahora imagínense en 3D. El problema es que no todos los artistas usaban Sfumatto y no todas las pinturas se prestan para un proceso de proyección en 3D; con las pinturas de Boticcelli el 3D funciona particularmente mal, porque Boticcelli tenía un estilo de pintura más cercano al dibujo, no tan volumétrico sino más bien con líneas que rodean a las figuras y que dan la apariencia de que lo que representa no está pintado sino coloreado. En pocas palabras, ver un Boticcelli en 3D es chistoso, porque parece como un cartón recortado, como un libro de pop-up con personajes que se retuercen y que están en poses poco naturales. Ver que, en El nacimiento de Venus de Boticcelli, Venus tiene la nariz como un pinpón me pareció un bajonazo terrible.

Mientras se van mostrando las pinturas volumétricas, el locutor habla de la iconografía de las piezas. Dice, “¿ven estas langostas pequeñitas acá? Eso es una plaga del apocalípsis”, “¿ven esta señora con una antorcha falsa? Es una alegoría a la calumnia y el chisme”, “¿ven esos glúteos tonificados? Ese es el ideal clásico”, eso me sorprende. A las capas del 3D, al trasfondo de la familia Medici, se le añade un nivel más de interpretación que en verdad enriquece la experiencia.

Claramente, del paso de la obra original a la película sucedieron muchas cosas, la percepción no es igual, pero que sea diferente no significa que está malograda. Quienes realizaron la película escogieron qué mostrar dentro de la oferta enorme del arte renacentista, hicieron una edición de exposiciones de arte, una curaduría de curadurías, digamos, y si se quedaron cosas por fuera esa fue su apuesta. Además de seleccionar y editar, pusieron de su parte (o pusieron de su arte) que, como cineastas tecnológicos, consistió en usar drones, grúas, cámaras de alta definición y utilizar efectos de posproducción para mediar la experiencia. Como sucede con cualquier mediación, hay pérdidas pero también hay ganancias, la posproducción es una mediación que curiosamente genera pérdidas añadiendo, pero que en este caso no fue demasiado invasiva. Nosotros como espectadores tenemos la oportunidad de usar esa mediación y agarrar las ganancias, que las obras del renacimiento no se derrumban porque les hagan una película, y que google está ahí para que veamos las pinturas planas, sin efectos forzados.

Si vale la pena ir, sí; si es una experiencia definitiva, no. Pero es mejor recibir varias experiencias, sacar lo mejor y dejar lo peor, en vez de soñar con la experiencia mágica del museo, y darse cuenta de que es solo otra forma de presentación más, y de que solo es una expectativa con respecto a lo que nos cuentan de los genios.

Uffiizi 4k

 

 

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