ArtBo póster 2015
Hice mi primer recorrido de la vida por ArtBo, en su entrega 2015, poniéndome en los zapatos del visitante desprevenido, no especializado y no untado del mundillo del arte

La verdad es que nunca me había llamado la atención. En mi cabecita llena de prejuicios me había parecido siempre un evento esnob, excluyente y jarto. Siempre pensé que era una cosa para coleccionistas excelsos que podían pagar la entrada, llegar y decir “a ver, niña, necesito un cuadro bien jalado que vaya bien en mi sala con unos cuadros de caballos que tengo ahí colgados en las paredes. Qué es lo mejor que tiene. ¿Sólo eso? Bueno, deme tres. ¿No los tiene en azul?”; o para los otros coleccionistas excelsos que compran pero no en público, sino detrás de bambalinas, sin querer combinar con muebles ni con cuadros de caballos. Nunca la pensé realmente como una feria para el ciudadano de a pie. ¿Qué iría a hacer por allá? Comprar, ni de fundas; no con esos precios. Y mirar las obras de arte, pues qué mamera; para eso están los museos que por lo menos tienen exposiciones curadas y bien organizadas, gratis o por una fracción del precio de admisión.

Así que acepté con gusto cuando me encargaron este reportaje. La idea era ir a ArtBo pero poniéndome en los zapatos de un ciudadano de a pie, clase media, sin ser especialista en arte y sin haber investigado nada de la feria previamente. O sea, como cualquier bogotano del común que tiene la tarde libre y le dicen “oiga, camine vamos a eso de ArtBo a ver de qué tal”. No tuve que disfrazarme, porque ni soy especialista en arte ni me muevo demasiado en ese mundillo. Me esforcé por esquivar todos los artículos de Arcadia y de El Espectador hablando maravillas de la Feria de arte de todos los bogotanos, y no tuve que esquivar muchos artículos de los que hacen una crítica real de la feria, porque son muy pocos o casi inexistentes. Mi única guía fueron los pendones promocionales que han adornado las calles de Bogotá por unos días, y los anuncios en los paraderos de buses que simplemente dicen ArtBo y que tienen unas manos medio flamencas saliendo de unos fondos pastel. Me gustaron mucho los posters promocionales de la Feria, delicados y suficientemente sugerentes.

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Lo bueno de ir a ArtBo por fin era que podía deshacerme de mis prejuicios, que son siempre tan dañinos, e ir a ver la cosa para poder decir ahí sí con experiencia encima “tenía razón: ArtBo es una chanda”, o “estaba equivocado, ArtBo es una chimba”. Fui con un par de amigos al segundo día de los cuatro que programaron para la versión 2015, el viernes 2 de octubre, y como iba de ciudadano de a pie no me fui en Uber como los asistentes clasudos. Me fui en Transmilenio hasta la estación Corferias y de ahí caminé con mis amigos hasta la entrada. Llovía fuerte en Bogotá y llegamos a la taquilla medio emparamados y medio deprimidos por la tarde oscura que hacía. Yo había decidido soltar la piedra en la mano que tenía contra ArtBo y enfrentarme a la Feria con la mente abierta, pero eché de menos a mi piedra cuando vi los precios de admisión: 35.000 COP Admisión general y 15.000 COP Admisión estudiantes. Tocó hacer de tripas corazón y sacrificar la ida a cine del fin de semana por pagar la entrada. Eso sí, los niños menores de 12 años entran gratis. Tan generosos. Eso es porque, como me daría cuenta unos minutos después, estar en ArtBo es como jugar una partida del videojuego Grand Theft Auto, donde no hay ni un solo niño. Compramos nuestras entradas y nos metimos en el vestíbulo de Corferias, en el que había que hacer otra fila más para pasar por un detector de metales y que le revisaran a uno la maleta, para que no entrara qué a la Feria, ¿armas, arte?

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Entrar en ArtBo fue como pasar por un colador de huecos muy pequeños. Demográficamente es el paraíso del tercer Reich de la nobleza criolla: gente blanca, ojiclara, alta y estiluda. Por alguna razón se ve muy poco mestizo por ahí, muy poco indigenirrazgado y casi ningún negro (excepto uno que otro modelo de comercial de t.v.). La gente toda es muy fashion, muy «à la mode» y muy «comme il faut». Muy «divinamente», dicho a la bogotana. El elemento más común: la pelilisa pelialisada. Yo de repente me sentí demasiado oscuro para la ocasión, como si para un coctel me hubiera ido de jeans rotos y camiseta; como si me hubiera puesto el color de piel equivocado. Pero bueno, no me lo podía cambiar por uno más claro.

ArtBo 2015 está dispuesto en el espacio de Corferias como una gran longaniza: un larguero por pabellones conectados que lo hace un solo espacio gigantesco. Afuera de los pabellones hay estands de Uber, una cosa de relojes que se hace llamar WatchBo, y los sitios de comida. Lo común: Andrés D.C, Crepes & Waffles y otros sitios ahí caros. Decidimos con mis amigos comernos un helado para tener fuerzas antes de hacer la maratón artística, aunque el helado era más caro ahí que en el mismo restaurante por fuera de la feria. Un golpe bajo. Entramos ahora sí a los pabellones a eso de las 5 p.m. Y habríamos de salir tres horas después, cuando nos sacaron a las 8 p.m.

Lo primero que sentí en el megapabellón artístico fue confusión. ¿Por dónde empezar? Uno entra y ve muchos estands pero no es tan claro qué hacer si uno no va ya con un plan trazado en la cabeza. Afortunadamente hay una mesa de información donde no dan mucha información, pero sí unos folletos con un mapa y una lista de secciones. Descubrí que hay varias secciones en ArtBo: una central y la más grande donde están distribuidas las 69 galerías de lugares tan distintos como Nueva York, Madrid, París, Berlín y Bogotá, que tienen un fin comercial y que ponen sus obras en estands para hacer negocios y contactos. Entre esa gran sección también están por ahí camufladas las subsecciones Proyectos y Sitio, la primera una presentación de obras de 15 artistas contemporáneos, y la segunda una presentación de obras de las galerías fuera de sus propios estands, como videos e instalaciones. Me abrumó la idea de esa abundancia, así que les propuse a mis amigos empezar por el costado más alejado del centro, donde están puestas las secciones Artecámara y Articularte. Es increíble cómo instituciones serias siguen creyendo que es una idea creativa hacer juegos de palabras con la palabra “arte” para formar verbos reflexivos del tú. No hay nada más desgastado y mandado a recoger. Pero bueno, ya que estamos en ésas, sería lindo que en una versión futura hicieran «masturbArte», a menos que ya exista.

Mi primera parada fue Artecámara, de plano la mejor sección de todo ArtBo. Es una selección que cada año se hace de artistas colombianos menores de cuarenta años que no tengan todavía representación comercial. El espacio no tiene fines comerciales, sino apenas los de visibilizar el trabajo de artistas jóvenes para el público general, en una curaduría hecha por un especialista diferente cada vez. Este año fueron una treintena de artistas los convocados, y el hilo narrativo de las obras fue una especie de foco de atención a lo tangible, a la terredad de los materiales, como piedras, engrudo, tierra, puestas a la vez en espacios del mundo digital o en espacios medio siderales. Había manchones de engrudo que parecían una noche estrellada; esferas transparentes con tierra adentro que parecían canicas gigantes de esas que dan la impresión de llevar adentro una galaxia; unas impresoras viejas que imprimían en tiempo real los trinos de los asistentes a la feria; una máquina de coser que bordaba códigos QR con mensajes de texto codificados; una mano de libros y electrodomésticos quemados, y un video de una piedra que fue pateada por un artista en Los Angeles, California, en el que un policía gringo le quitaba la piedra al artista porque era peligrosa. Propuestas en general muy interesantes las de los artistas jóvenes, puestas en una curaduría inteligente y entretenida. Otra cosa que vale la pena destacar de esta sección es que había unos “mediadores”, unos guías que le iban contando en un tono coloquial a la gente que quisiera escucharlos de qué iban las obras. Yo me pegué a una de estas mediadoras durante un rato y la verdad fue divertido oírla. Una jugada de la feria en pro de los intereses del asistente de a pie.

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Después de pasar un buen rato paseándonos por Artecámara, mis amigos y yo nos trasteamos a la sección del lado: Articularte, que en esencia es donde los asistentes a ArtBo van a hacer dibujitos, a jugar con plastilina y a descansar en sillas de la patoneada. Sólo que ellos lo llaman más elegantemente como un espacio de autopublicación y exploración donde el visitante deja de ser espectador y se convierte en el centro de la creación artística. Durante un rato hicimos morracos en unas hojas de papel. También nos quedamos un tiempo a un concierto que había de la Revista Matera, pero la música y lo que cantaban era tan alterno y críptico que me sentí en un capítulo de la serie de T.V Portlandia, así que mis amigos y yo seguimos nuestro camino.

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Eran las 6:30 pm y ya estábamos reventados. Todavía nos faltaba más de la mitad de la Feria por recorrer. De ahí para adelante la noche y la feria fueron ambas en picada, pero no solamente por estar nosotros cansados. La sección siguiente fue Proyectos y ahí entró el protagonista eterno del arte contemporáneo en Colombia: el texto curatorial incomprensible, absurdo y mal redactado. Uno entra y sale de la sección sin saber qué rayos vio ni de qué diablos iba todo eso. Sólo para contextualizar, transcribo aquí el texto que se lee a la entrada:

“El eje curatorial de los Proyectos de ARTBO 2015 toma como punto de partida la relación entre figura-fondo como una forma de analizar nuestra capacidad de adquirir y mantener percepciones significativas en nuestro complejo mundo. Los artistas seleccionados cuestionan sistemas de conocimiento que simplifican, en una división binaria, escenas dadas en donde el fondo es un elemento neutro en contraposición a la acción de la figura humana. El conjunto de Proyectos 2015 expone prácticas que basan su investigación en ejemplos formales, conceptuales e historiográficos que contrastan o relacionan la idea de figura y fondo como un intercambio complejo entre lo general y lo específico, el todo y el fragmento o entre los relatos mayores y los menores.”

O sea, no tenían nada que decir y escribieron puras bobadas. Esa sección la pasé corriendo porque no entendí nada y porque nada tenía sentido. Luego hicimos una vaca con mis amigos y nos compramos una cerveza para calmar la sed. Estábamos en medio del desierto y nos quedaba todavía una cincuentena de galerías del mundo por ver antes de llegar al otro extremo del megapabellón, donde estaban las secciones Foro, Referentes y Libro de artista.

La sección de las galerías fue más rápida de lo que pensé. En ese punto uno está ya tan saturado de imágenes que todo lo que ve le da lo mismo. Ya ArtBo empieza ahí a no disfrutarse y a no padecerse (excepto por los pies), porque es como estar mirando sin ver una cantidad de árboles de los que uno no sabe nada y que parecen todos iguales. Uno simplemente hace el recorrido para llegar al otro lado. Además, cuando se entra al espacio de una galería nadie le da a uno información, uno no sabe muchas veces de quién son las obras y no hay un criterio de selección que uno pueda identificar. Preguntar el precio, ¡gas! Eso es de pésimo gusto, y se vuelve el recorrido como estar dando vueltas sin rumbo fijo por un Homecenter. Siente uno que las obras están descontextualizadas, sacadas de su entorno natural y puestas en una estantería. Para los compradores tal vez funcione el formato, pero no para los espectadores.

Al final de ese océano de confusión llegué por fin al otro extremo del salón. Una sección de libros de editoriales colombianas y extranjeras sobre arte nos recibió con una disposición de mesas más bien pobre y sin estética. Libros puestos en las mesas y ya, como cualquier feria de edición independiente fanzinera, aunque sin el ambiente de gozadera. Fuimos a averiguar un libro y el vendedor nos dijo: “Sí, lo pueden ver, pero si se lo llevan lo pagan. Es que me acaban de robar dos”. Yo me miré con mis amigos. “O sea si me lo voy a llevar, lo compro. ¿cierto?”, le dije al vendedor. Me pareció una forma muy instructiva del vendedor de enseñarnos cómo funciona una transacción comercial básica. Pasamos con dificultad por la sección Foro, un auditorio más bien común y corriente donde hacen conversatorios y esas cosas, porque había tanta crema y nata que el ambiente estaba realmente denso, y llegamos finalmente a Referentes, la última sección, que va de obras de artistas famosos que más o menos marcaron la historia y el camino del arte contemporáneo hasta nuestros días. Una sección curada que a lo mejor si se visita de primera se le saca provecho, pero si se visita de última ya la gente quiere terminar rápido con eso e irse a descansar. Como nos habíamos encontrado con un folletico que en una parte le decía a la gente cómo comportarse en ArtBo, o sea que no se sacara fotos ni hablara con personas que no conociera o que no fueran de su misma clase social, o sea que no sea guizo, procedimos con mis amigos a tomarnos unas fotos en una obra de Referentes, siguiendo el ejemplo de otros desobedientes al sistema.

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En eso nos dieron las 8 p.m y salimos de ArtBo al cierre de la jornada, con toda la gente que se iba ya, entre empleados, expositores y asistentes. Salimos agotados y saturados y hambrientos, y fuimos a dar otra vez a la calle, donde ya no todos eran blancos y monos, sino gente normal haciendo cosas de su vida normal. Sin todo el arte y sin todo el glamur.

Al final del día, y viendo mi visita a ArtBo en retrospectiva, no creo que sea tan fácil decir “ArtBo es una porquería” o “Qué maravilla ArtBo, ala”. Tiene sus cosas buenas y sus cosas horribles, como todo. Por una parte y desde un punto de vista institucional, la Feria es muy buena para posicionar a Colombia en el mundo y el circuito comercial del arte contemporáneo. Gracias a Artbo Bogotá es una parada obligada, un destino de negocios y una palabra que se carga de un valor simbólico cultural y comercial valioso. Desde el punto de vista social, es otro de tantos eventos bogotanos donde el arribismo hace su fiesta, y donde va la gente a hacer sociedad con nosequiensito en un espacio de clases altas y acomodadas, y de clases altas y acomodadas caídas en desgracia y aparentando. Pero desde el punto de vista educativo y de apropiación cultural del ciudadano de a pie, del no especialista y del que no le saca jugo a hacer cotilleo social, pues es más difícil, porque Artecámara y Referentes valen la pena, pero el resto de la feria es un mundo ajeno que se esfuerza por permanecer ajeno y excluyente, y es en esa exclusión donde encuentra su valor de exclusividad. En últimas es un error tratar de vender ArtBo como una feria para todos, como hace a través de los medios de comunicación su directora, porque es muy caro entrar y porque así se pueda pagar la boleta, uno no puede entrar realmente en ese mundo críptico y extraño.

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Si me preguntan si volvería a ArtBo, les diría que gracias, pero que no gracias. Creo que ya cumplí mi experiencia y no necesito repetirla si va a ser un poco de lo mismo. Me gustaría seguir viendo las obras de los artistas jóvenes, pero no pagaría 35.000 pesos por hacerlo. Preferiría ir a los museos, a las galerías físicas y a las exposiciones del Banco de la República y de la Cámara de Comercio. Si me preguntan si recomendaría ir a ArtBo a las personas, les diría que sí, si pueden quemar el precio de admisión sin tener que sacarse la papa de la boca. Después de todo es una experiencia cultural y es uno de los referentes culturales más importantes de nuestra ciudad. Hay que conocerlo por curiosidad y cultura general, y hay que conocerlo antes de poder quejarse de ello. Y además, al final del día, ArtBo es un lugar estupendo para ejercer el deporte nacional de ir a quejarse.

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