Los niños - Carolina Sanín

Título: Los niños

Autora: Carolina Sanín

Editorial: Laguna Libros

Año de publicación: 2014

Precio: 30.000

Leer Los niños es como quedarse viendo una pintura de Edward Hopper. Es la contemplación de un instante y de una persona que contempla un instante. El instante es de soledad pero no una soledad de abandono sino, por curioso que suene, de pura soledad. Ésta es la segunda novela de la escritora colombiana Carolina Sanín, publicada con Laguna Libros en Abril de 2014.

Pues bien, la protagonista de esta pintura es Laura Romero, una mujer que ocupa sus días en hacer compras en un supermercado del norte de Bogotá con su perro Brus, en limpiar la casa de una pareja de ancianos (no por necesidad sino por distracción) y en andar por las calles de una Bogotá más bien lúgubre. Una noche aparece en la puerta de su casa un niño llamado Elvis Fidel (o Elvis Fider) de quien Laura no puede saber la procedencia ni el significado. Como no puede hacer ni entender nada más, decide acogerlo en su casa, bajo la sospecha de que el nacimiento de este niño en su vida es uno que de cierta manera ella misma escribió, o que le fue anunciado como una especie de presagio bíblico. Bajo esta premisa la trama de la novela se desarrolla entre los tránsitos de Fidel en la vida de Laura, y entre las preguntas que ella se hace respecto a la existencia del niño. Esta novela corta es una exploración narrativa de las posibles formas de la maternidad, de las posibles formas de la niñez y de las posibles formas de la soledad (incluyendo aquélla en la que dos personas solitarias se encuentran no para hacerse compañía sino para compartir la soledad). Y en suma, es una reflexión sobre los múltiples desgarros de los vientres de la escritura, de los que nacen personajes vivos y fantasmas.

Los niños es un paso en firme desde la primera novela de Carolina Sanín, publicada en 2005. Aquélla era demasiado inteligente para su propio bien, demasiado rara y delirante. Ahora, nueve años después, esta nueva propuesta es más legible, todavía delirante pero llevada con más facilidad, y más digerible pero no por ello menos sugerente. Lo primero que habría que anotar es que puede recibirla positivamente un amplio espectro de público, pues la historia es al mismo tiempo la de Laura y el niño (que se lee con agrado y soltura), y la de los significados de los encuentros y desencuentros entre Laura y el niño (que exige más atención y agudeza por parte del lector). Lo segundo a su favor es que es una narración llena de detalles coquetos, de referentes ingeniosos y de un humor mordaz; pero sobre todo de un uso del lenguaje muy cuidado que compone por momentos pasajes verdaderamente tiernos y sobrecogedores:

Había un lugar que Laura había fundado años atrás. Era una isla y una montaña, otro mundo y el otro lado del mundo. Allá estaban, ni vivos ni muertos, en el filo de la despedida, los que la habían querido y ya no la acompañaban, los que se habían ido, aquellos a quienes ella había querido y había dejado atrás.

Laura vio que en el futuro estaba el día posible en que también Fidel acabaría en esa isla. Para tranquilizarse se dijo que, ya que él no había empezado en ninguna parte, sería imposible que acabara en parte alguna. Pero se acordó de que la isla tampoco estaba en ningún lado, y concluyó que por tanto podía llegar a ser el país del niño”.

Aunque no todo se siente completamente sólido en la novela. Si se la manosea y se le da vueltas con atención es posible hallarle las costuras, fragmentos que no son completamente orgánicos a la narración y que en varias ocasiones se sienten más como esos retazos a los que los escritores les tienen cariño, y a los que no están dispuestos a renunciar, pero que para el propio bien del texto podrían haberse obviado o transformado. Un ejemplo de esto es un pasaje largo y extenuante sobre un informe del Bienestar Familiar que hace que el relato trastabille por un momento. Y sin embargo, estas costuras no dañan la unicidad total de la novela, que termina siendo un libro contundente y agradable, y que podría ser mejor en la medida en la que todo libro puede siempre ser mejor.

El instante que se nos presenta, el que hace la novela como una pintura de Edward Hopper, es uno fugaz del encuentro entre dos personas solitarias, de dos niños que juegan al mismo tiempo a ser niños y adultos. Este instante es uno solo, pero dentro de sí tiene un mundo de cosas que hacen que el instante golpee al lector de una manera que no había esperado cuando empezó a leer la novela. En el instante está contenido el horror del instante, así como los dolores del pasado, los desasosiegos del presente y las desazones de los posibles porvenires del futuro.  Y la soledad, siempre la soledad. Este instante que nos ofrecen Carolina Sanín y Laguna libros es uno al mismo tiempo feliz y doloroso, pero sobre todo acertado.

Por qué Sí Los niños: Porque es una novela tierna e inteligente, dolorosa, que se lee con un ritmo rápido y constante. Porque no exige demasiado del lector, pero no le ofrece poco. Y porque es refrescantemente inmediata en tanto pasa en Bogotá pero no la rondan las Colombias chiclosas y desgastadas que se suelen escribir para darle gusto a los lectores extranjeros. O sea, es una buena historia que puede ser universal.

Por qué No Los niños: Por el libro físico que uno toma de la librería, que en el estante se ve bonito pero que en las manos se siente demasiado paperback, demasiado blandito, casi como un folleto, con una tipografía que no le cuadra al relato. Porque la novela es una pintura bien linda, pero dura poco y cuando se termina de ver hay que pasar a la pintura siguiente.

Comentarios