La-Oculta

Título: La Oculta
Autor: Héctor Abad Faciolince
Editorial: Alfaguara / Penguin Random House
Publicación en Colombia: 2014
Precio: 37.000 COP

DESPUÉS de ocho años de espera recibimos la nueva novela de Héctor Abad Faciolince, y lo hicimos con gran expectativa. Después de El olvido que seremos (2006) el narrador colombiano nos trae esta novela de más de 300 páginas, La Oculta, que narra la historia de una finca escondida en las montañas de Antioquia. El escritor español Andrés Trapiello dijo de ella, cuando todavía estaba en proceso de ser escrita, que “le bastará ser solo la mitad de El olvido que seremos para ser memorable”. Pues bien, La Oculta no alcanza a ser lo uno ni lo otro.

Pero es ocioso juzgar una novela bajo la sombra de sus predecesoras, y a su autor bajo la luz de las glorias pasadas. Así que examinemos los hechos: esta nueva novela narra a través de las voces de tres hermanos la historia de una finca que lleva en su familia más de un siglo, y en cuyos orígenes fundacionales se depositó la promesa de una tierra para hombres libres, con brazos fuertes que la trabajen e hijos numerosos que la pueblen. Cuando la madre de los hermanos muere, y el destino de la finca queda en sus manos, los tres se turnan para hablarnos de lo que sus padres les han dejado en herencia, de la tierra y la familia y un poco del país; y del presente, el pasado, y las expectativas y las renuncias del futuro. Cada capítulo es la voz de uno de los hermanos en discurso directo, sin la intermediación de un narrador que unifique sus palabras: Pilar, la mayor de los tres, que encarna el espíritu conservador de sus ancestros: como su nombre, ella es el pilar de la resistencia, y la encargada de aferrarse a la tierra con uñas y dientes siguiendo la voluntad paterna y la tradición familiar. Antonio, el último varón del linaje de la familia: un violinista homosexual que vive en Nueva York y que trata obsesivamente de desenterrar la historia de La Oculta desde su fundación, tal vez para dejar una herencia, si no en hijos, por lo menos en palabras. Y Eva, que a diferencia de sus hermanos no se aferra ni a la tierra ni a la historia, sino que es un espíritu libre hasta de los legados, y es la que presiona a los otros dos para vender la finca y buscar una nueva historia.

A lo largo de lo que cuentan los tres hermanos se va tejiendo una narración que gira alrededor de la finca y de la tierra, y que toca la infancia, el amor, la familia, la historia de los ancestros, el apego y el desapego. Hay desde la historia de una fundación, muy a lo William Faulkner y a lo John Steinbeck (y por extensión a lo García Márquez), hasta un novelón de una persecución paramilitar con motosierras y con una huida nadando dentro de un lago (de ahí la portada). Pero lo que trata de mostrar la novela, en últimas, es la constante melancolía por la tierra, que queda aun cuando ya la perdimos o la dejamos ir, cuando nosotros o nuestros padres la vendieron, o cuando nuestros abuelos la perdieron. La tierra se va, pero el anhelo por ella de alguna forma se queda.

Con una premisa tan buena es una sorpresa que La Oculta termine siendo mala. Ya desde la portada uno sospecha: una mujer sumergida en un agua verde, como ahogándose, que parece la carátula de un libro de Mario Mendoza. La novela termina siendo como su portada: burda, predecible y literal. Habla y habla infinitamente de la tierra y la familia, pero no lo hace con un andamiaje literario bien orquestado, sino con clichés cursis y tediosos que vienen de unas voces a menudo inverosímiles. La culpa de esto es de unos personajes mal diseñados, y de sus discursos extenuantes y aburridos, que vuelven la novela un territorio literario estéril, no por falta de una narración literaria refinada, sino por la ausencia de una historia de lenguaje cotidiano bien contada. Un homosexual inverosímil que parece creado por uno de esos homófobos que dicen que no lo son porque tienen amigos gays; una mujer completamente anodina que habla de la guerrilla y los paramilitares como las novelas más chichipatas de la violencia que hacen los escritores de parque; y otra mujer que es como la tía que en las reuniones cuenta las historias de la familia sin valor literario alguno, sino llenas de descripciones vacías y lugares comunes. Constantemente estas voces nos llevan a ningún lado, o a sitios a los que no querríamos ir, que, como en la siguiente cita textual del libro que habla del secuestro de un familiar, parecen una canción de Ricardo Arjona: “Era muy duro, era vivir sin vivir, dormir sin dormir, comer sin comer, soñar sueños horribles cada noche; nada era muy real, pues la vida seguía, pero la mente estaba siempre en otra cosa, en la selva, en la soledad de esa cárcel al aire libre donde tenían a Lucas sin acceso a ningún contacto, a ningún cariño”.

Así, la novela avanza a tropezones, con un ritmo trabajoso y duro, repitiéndose y repitiéndonos las mismas cosas una y otra vez, caminando en una cinta infinita de gimnasio en la que se anda mucho para llegar a ninguna parte. A veces trata de imitar un lenguaje costumbrista como en las novelas del siglo XIX, y fracasa; otras veces trata de reproducir lo rural como Faulkner y García Márquez, y también fracasa. La mayoría del tiempo nos mantiene mirando cosas inútiles, como una escenografía teatral llena de objetos gratuitos que no cumplen ninguna función de utilidad para la narración de la historia, y que tampoco tienen valor en tanto objetos como tal, porque no son bellos o interesantes de observar. Hay por allí unas citas tomadas de León de Greiff; hay por otra parte unos vainazos a Álvaro Uribe que pueden descifrarse si se leyó El Olvido que seremos, pero todo está como metido a la fuerza, sin cumplir una función en beneficio del lector; sin humor, sin emoción, sin identificación.

La novela sólo arranca por allá en la página 200, y termina decorosamente, con un final bueno para una historia pobre. La sensación que deja cuando se termina es que pudo ser mucho más, sobre todo si le hubieran echado más tijera. Fue un error de autoedición de su autor y de edición de su editora, porque en su mayoría pudo haberse solucionado quitando muchas cosas que sobraban.

La Oculta, a final de cuentas, es la novela cuya espera no valió la pena. Pero no por eso Héctor Abad Faciolince deja de ser un buen novelista. Sabemos que lo es, pero también sabemos que de vez en cuando todo buen escritor escribe libros que es mejor dejar al olvido.

La Oculta

5

Calificación

5.0/10

Por qué Sí

  • No por lo que es, sino por lo que pudo y debió haber sido. De vez en cuando, y sobre todo hacia el final, puede el lector encontrar una narración genuinamente buena sobre la nostalgia de la tierra en nuestro país, que es como una niebla sobre las cabezas de los colombianos. Si se tiene mucha paciencia, puede que entre la maleza que es la novela se entrevea el esbozo de una bella flor.

Por qué No

  • Porque promete lo que no es: la siguiente gran novela rural de Colombia. Porque es cursi, tediosa, clichesuda. Porque los personajes son inverosímiles y la narración tiene un ritmo similar a nadar dentro de un lago que en lugar de agua está lleno de piedras.

Comentarios