Recientemente fui a ver “La niña del dragón”, expuesta en el Coliseo El Campín por el Festival de Teatro Iberoamericano. En esta nota no planeo reseñar la obra (que de por sí me pareció fantástica en todo el sentido de la palabra, con una espectacular y alternativa representación de los animales del zodiaco chino) sino más bien recurrir a la memoria para entablar una conversación con eso infantil de lo que me quedé pensando luego de haberme conmovido de tal forma.

Reseña o no, hace falta hablar un poquito de “La niña del dragón” para poder referirme a ella nuevamente. Catalogada como infantil; actores que utilizan onomatopeyas o se apoyan en la instrumentalización que acompaña las escenas, pero nunca en la palabra; interacciones entre el zodiaco, los humanos y los animales; un mundo armonioso donde naturaleza y seres vivos confluyen hasta que la industrialización los desplaza hacia el frenesí; pictografías escenificadas en concordancia con el animal que representaban; el Rey Dragón del horóscopo chino observa omnipresente el desarrollo del mundo. Tantos elementos que se articulan en tan sólo poco más de una hora. ¿Qué tenía de infantil la trama? Quizás la moraleja: el ser humano y los animales, si vuelven a la Naturaleza, pueden vivir en armonía con Ella y consigo mismos. El Dragón restaura el río, pero nosotros también podemos ser esos restauradores.  Claro, esto lo pensé yo, que ya voy para la veintena de mi vida. Mientras tanto, niños y padres observaban estupefactos el gran dragón chino, conformado de varios pares de pies, volar por sobre las cabezas de los animales.

No sé por qué no detuve a un niño, por qué no lo saqué del brazo de su padre y le pregunté qué le había parecido el caballo de crin azul que galopó frente a él. Obvio que sé por qué no lo hice: los niños están reservados para la protección y guía de sus papás, y las impresiones del Dragón quizás también. ¿Qué recuerda alguien tan joven sobre relaciones que, por lo menos a mi entender, se vuelven tan complejas, como hablar de naturaleza vs. ciudad en relación con conceptos como la destrucción, la armonía y la vida en sociedad? Supongo, como psicóloga primípara frustrada, que algo que impacta a los niños es la relación entre colores y significados: el gris (la ciudad) tradicionalmente se asocia con el cansancio y la tristeza, quizás porque la anemia es un poquito gris; el rojo, el azul, el verde, con vivacidad (la naturaleza), seguramente porque bueno, la rosa es roja, el cielo es azul, y el césped en primavera es verde. Ya saben, esas correlaciones que los chiquitos establecen y conforman su percepción del mundo… ¿No? Bueno. Psicólogos, out of the way.

En fin. ¿Qué elementos sería necesario poner en exposición para hacer de eso expuesto algo genéricamente infantil? No creo que sean las relaciones interpersonales mezcladas con la distopía industrial… ¿o sí? ¿Sería una reducción de estos términos a la simpleza lo que sería luego reducido a ser catalogado como “infantil”? Pero yo no creo que “lo infantil” sea simple. Me parece complejísimo. El rojo y el azul y el verde = Cromos de la Naturaleza no parece tan evidente como la ecuación lo sugiere. Para mí rojo es sangre, verde es el vómito de las caricaturas y azul es el marco de las páginas de Word. (No me vengan a hablar de las relaciones lingüísticas de transición que se articulan a través de la adolescencia para introducir a la adultez, se los suplico). Inmediatamente pienso si el Niño hubiera reconocido en la Niña que titula la obra como una igual a él mismo; luego recuerdo que los chicos de hoy día, como los llamaría yo dentro de 5 años, no interactúan con los árboles ni beben agua del río. Pero sí son criados por Dragones. Desde una pantalla o desde otra cabeza, algún reptil les da vuelta por ahí.

Reptil que vuela y que, al menos yo, no puedo alcanzar a descifrar. Yo hacía mucho que no veía una obra de una carga simbólica tan potente, y ellos, los chiquitos, quizás hacía mucho que no veían un dragón hecho de personas. Los psicólogos dirán… que no sé si me pregunto por lo que un retoño percibe o por qué dudo yo de su capacidad de percibir. Que no puedan articular nuestro lenguaje no significa, en última instancia, que no sepan. “No m’ijo, que eso no se hace, venga pa’cá pa’ que sepa lo que es bueno”. Ay, las contracciones son fantásticas, lo digo en serio: pero ni que nuestra adultez nos hubiera llevado tan bien como para enseñarle al retoño “lo que es bueno”. Ese es el gran error de quienes nos creemos lo suficientemente crecidos con Danonino: pensar que sabemos porque ordenamos el mundo con nuestra bien merecida (in)decencia del lenguaje. No sé por qué todavía nos miran con admiración hacia arriba en vez de seguir armando rompecabezas con palitos de diente rotos.

¿Pero qué es esto? ¿Lenguaje, representaciones, reptiles, China? ¿De qué estamos hablando? ¿Teatro, China, dragones, palitos de diente, obra en silencio? Obra en silencio, dijo el Niño. Curioso el que no hablaran los actores de “La niña del Dragón”. Curioso el gruñido del tigre, la paciencia del perro, el abrazo del Dragón.

Conclusión 1: vayan a ver obras “infantiles”, donde los hechos sí tienen más peso que los enunciados.

P.D. rencorosa: ¡Quiero hablar con un nenito y preguntarle qué piensa de la deconstrucción en el siglo XXI! Seguro tiene una respuesta más sabia que lo que la filosofía me ha inclinado a deducir.

*:La ilustración que acompaña este artículo apareció publicada por primera vez en:
Lecturas y lenguajes expresivos en el desarrollo infantil temprano. Guía para agentes educativos

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