La mecanógrafa

Título original: Populaire

País: Francia

Año: 2012

Director: Régis Roinsard

Estreno en Colombia: Junio de 2014

En muchas ocasiones, el cine francés se ha plantado como una alternativa interesante frente al estilo complaciente de Hollywood para contar historias. La mecanógrafa, de Régis Roinsard, desafortunadamente no es el caso, y hereda algunas malas mañas de los gringos y los franchutes juntos.

La mecanógrafa es una comedia romántica ambientada a finales de los años cincuenta en Francia, como un homenaje a las películas clásicas del género: Rose Pamphyle, una chica de pueblo, está cansada de atender en la tienda de su papá y decide irse a probar suerte en la ciudad (en Lisieux, Normandía). Pamphyle busca conseguir trabajo como secretaria y se presenta a una entrevista para el agente de seguros Louis Échard. La entrevista es un fracaso, porque Pamphyle es muy torpe, pero al demostrar que tiene una habilidad especial para usar la máquina de escribir a toda velocidad, el señor Échard decide contratarla solo para que participe en concursos de mecanografía. Los concursos de mecanografía, como lo muestra la película, eran en los años cincuenta lo que es el fútbol hoy, el deporte universal. La atleta que más páginas copie en su máquina gana, y para eso se necesitan entrenamientos, patrocinadores, publico y campeonatos. A partir de ahí, y alrededor de esos concursos, se mueven los altibajos amorosos entre Rose y el señor Échard que conocemos en ese tipo de películas.

La mecanógrafa es un calco del formato de historia de amor de montaña rusa más común en el cine: subidas y bajadas que afectan a una pareja y que mantienen al espectador en espera del gran final, en el que la pareja finalmente realiza su amor ideal. Este formato ha sido un éxito y es repetido incansablemente porque propone una meta a la que hay que llegar a pesar de las dificultades, y esa meta es universal, el amor romántico. Para darnos cuenta, y desgranar una lágrima, solo recordemos el pedazo de la canción El camino de la vida que dice: “y aprendemos que el dolor y la alegría son la esencia permanente de la vida”, nada mejor dicho.

El formato típico en principio no tiene nada de malo, pero hay otras formas de ver lo romántico más centradas en los momentos y los detalles y menos en la anticipación del final. En los cincuentas, el director de cine Jean Luc-Godard, por ejemplo, lo hizo tan bien que en muchas de sus primeras películas hay un halo de incertidumbre sobre las parejas que retrata, hasta el punto en el que uno ya no espera cómo van a terminar sino cómo viven cada momento sin persistir en un final súper feliz. Godard, que pudo hacer largas escenas donde no pasa nada relevante para la historia, pero pasa de todo si nos fijamos en los gestos y en el momento inmediato de la pareja, demostró que el diablo está en los detalles. Aún así, La mecanógrafa escogió irse por el camino fácil y agarró la mala maña gringa de hacer a todas las películas la misma película, o dicho más bonito, La mecanógrafa acudió sin riesgo a la idea universal del amor romántico. Con el antecedente puesto, meto la cucharada: ese tipo de historias típicas ya las hacen en cantidad en Hollywood como para que hagan otro tanto en Francia.

Aún así, el cine Francés también tiene sus malas mañas, y algo de eso se pegó en La mecanógrafa. Sucede que Rose es más torpe que volverlo a decir, torpe como secretaria, torpe viviendo independientemente, torpe frente a su enamorado. En cambio el señor Échard es muy exitoso como corredor de seguros, es muy seguro de sí mismo, sabe bien cómo hacer cada cosa y todo el tiempo se lamenta de la torpeza de Rose. La mecanógrafa es una incapaz, dependiente del tipo para que le muestre cómo vivir y para que la proteja. Esa forma de ver lo romántico tampoco es nueva. El propio Godard, el que alababa tanto hace un párrafo, pintó varias veces a las mujeres de sus películas como incapaces, como tonticas que hay que decirles para dónde caminar; no por nada Godard tiene películas que se llaman: Masculino, femenino o Una mujer es una mujer. En La mecanógrafa se repite esa mentalidad absurda, pero en últimas uno termina queriendo que Rose mande al señor Échard a comer popó y que viva su vida sin depender de un tipo tan idiota, por el bien del la historia romántica por supuesto que eso no sucede. Mantener a flote la relación de un tarado que trata a la otra como una ingenua es difícil de sostener ahora, así como lo fue en los cincuentas, y aún así se empeñan en hacerlo y vendérnoslo como la realidad.

La chica incapaz es un ítem ancestral de este cine romántico, y no solo se ve en el francés, sino en el norteamericano también, o qué me dicen de Vacaciones en Roma, protagonizada por la reina de la ternura y la cara de ponqué: Audrey Hepburn. Les dejo el tráiler para que recuerden, o para que se la vean si no la conocen:

Aún con todo lo dicho no se puede condenar a la película La mecanógrafa, pero sí se pueden hacer evidentes sus malas mañas, para saber de dónde vienen y por extensión saber que es una película que se arriesga muy poco. Está bien ver lo que toda la vida nos ha hecho contentos, pero también está bien salir de la repetición, y quién quita que así seamos más contentos.

Esperemos que Amor Índigo, de Michel Gondry, en la que actúa el mismo actor que hace de señor Échard en La mecanógrafa, Romain Duris, sirva para hacer el contraste.

Por qué Sí La Mecanógrafa: porque la ambientación cincuentera y el homenaje al cine de la época está bien hecho; porque con cara de ponqué y todo Rose Pamphyle es linda, e ingenua; por lo divertido de los concursos de mecanografía.

Por qué No La Mecanógrafa: porque podría ser más arriesgada, pero se queda en el formato típico de comedia romántica; porque tiene tintes machistas.

 

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