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El Premio Luis Caballero es un evento que se promociona como el más importante del arte colombiano —igual que lo hacen ArtBo y el Salón Nacional de artistas desde sus propias orillas—. Importante, a veces se usa como un título aristocrático, como un recuerdo de tiempos mejores. En este caso, es en parte cierto. Lo que hace al Luis Caballero tan particular, tan importante, son dos cosas: que solo participan artistas con más de treinta y cinco años de vida con una trayectoria consistente, y que es uno de los pocos eventos artísticos que quedan con el nombre de premio; o sea, que se define como algo competitivo —dan 35 millones de pesos al ganador y unas letras doradas para poner en la hoja de vida—. En la versión actual, vamos en la octava edición, ocho artistas muestran exposiciones producto de una investigación financiada —15 palos— y compiten por el premio gordo. Las ocho exposiciones se hacen simultáneamente en distintas partes de Bogotá, y dentro de los parámetros de evaluación se mide, entre otras cosas, qué tanto se integró la obra al lugar que cada artista escogió, qué tanto se pensó para hacerse en ese espacio específico. Ese es un requisito reciente, porque antes de que todo el planetario de Bogotá se dispusiera para ser, pues, planetario, había una galería de paredes curvadas llamada Santa Fe, donde los artistas participantes del premio se turnaban para mostrar sus proyectos. Para algunos la desaparición de la Galería Santa Fe es un golpe para la calidad y la tradición del premio, más o menos su condena de muerte, para otros fue beneficioso abrir el premio a toda la ciudad, porque permitió más flexibilidad para que los artistas escogieran sus propios espacios. Como dicen, unas por otras. En un futuro incierto, si la burocracia y la política lo permiten, la nueva Galería Santa Fe se construirá en la antigua plaza de mercado de la Concordia, en la Candelaria.

Este año, lastimosamente, y quién sabe por qué razón —tal vez para aprovechar la oleada artística que ocurre a principios de octubre— anunciaron al ganador muy pronto; y eso que todavía queda mucho tiempo para que se cierren las exposiciones, hasta el 15 de noviembre. Los de la organización y los jurados no dejaron que se produjeran tantas especulaciones, apuestas, chismes, malhabladurías y discusiones acerca de quién podría haber sido el ganador sino que soltaron el nombre del artista Juan Mejía casi al principio de las inauguraciones, dejándonos a varios medio aburridos. Cuál es la gracia de ver una competencia si ya se sabe desde antes al ganador. Hay que tener en cuenta que toma un buen tiempo recorrer todas las exposiciones con cuidado —mínimo un par de días— para hacerse una idea y un diagnóstico de las propuestas en general, hay que dedicarle un poco de tiempo y energía. Decir al ganador tan pronto es una embarrada porque quita el suspenso y la motivación para visitar las exposiciones de los otros artistas. Muchas personas podrían decir ‘mejor solo vamos a ver al ganador, quel resto pa’qué’.

Entonces, aquí, para que no digan eso y se animen a pegarse la caminada —o no— y para que se hagan una idea de lo que pueden encontrar, les dejo unos cuantos comentarios sobre las ocho exposiciones. Como consejo general, visiten las exposiciones con calma. Antes de ir prográmense con varias horas libres, consulten los horarios y los días de apertura al público —por ejemplo, Phoenix, en el Centro de memoria solo se puede ver de noche—. Ya en las exposiciones vayan despacio, pregúntenle a los guías, tomen fotos para molestarlos, tómense un juguito para descansar, vean qué otras cosas ofrecen los edificios o las zonas que hospedan a las muestras —a veces otras exposiciones, a veces la arquitectura, a veces floristerías—, paseen y pásela bueno.

Héroes Mil — Juan Fernando Herrán

Monumento a los Héroes

Autopista Norte No. 80 – 01

La exposición se encuentra en la estructura interna del monumento a los Héroes en la autopista norte, que quién iba a pensarlo, es un muy buen lugar para hacer exposiciones de arte —deberían hacer una galería ahí, ¿no?—. En el primer piso de la estructura, Herrán instaló unas esculturas con formas de pedestales hechas con listones de madera cruda, como si fueran embalajes gigantes, y en el segundo piso hay una proyección de dibujos a lápiz que se van formando poco a poco. Son reproducciones de imágenes que tienen que ver con cómo se representan a los héroes en nuestro país: desde las inauguraciones de monumentos bronceados y marmolados donde el político de turno corta la cinta, a esa famosa propaganda del ejército celebrando el bicentenario de la independencia; la que dice que los héroes en Colombia sí existen.

La exposición es el resultado de algo que Herrán ya sabe hacer muy bien, combinar aspectos formales escultóricos muy trabajados y una investigación profunda. Es muy recomendable ver otras cosas que ha hecho el artista en toda su carrera para hacerse el horizonte. En todo caso, elegir esa cosa tan sencilla pero tan cargada simbólicamente que es el pedestal, donde se ponen a los que están más arriba, a los que se supone que tienen cualidades excepcionales, es una decisión muy inteligente para el sitio y para las discusiones actuales acerca de la memoria y la manera como armamos la historia del país. El pedestal está mandado a recoger, el héroe es una figura anacrónica, ¿qué tanto nos representan esos monumentos que le dan la historia a nombres propios? ¿cómo van a tener que ser los nuevos monumentos y los símbolos que reafirman identidades? ¿serán suficientes los monolitos que vemos a través de la ventana de la buseta, en los parques, en las plazas y en las avenidas? ¿Cómo podemos participar?

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Frío en Colombia — Ana María Millán

Archivo de Bogotá

Calle 6 B No. 5 – 75

Esta es la exposición más rara del premio. Millán refilmó, a su propia manera, una película llamada “Kalt in Kolumbien” o “Frío en Colombia”, hecha —en Cartagena—por el director alemán Dieter Shidor en 1985. La grabación de la película original tiene una historia decadente que incluye la muerte por sobredosis de participantes de la producción, la censura y la desaparición de la cinta. La versión muy libre de Millán enrarece aún más el asunto porque nos presenta las escenas dispersas en tres pantallas simultáneas y la estructura de la película original —si es que la tuvo— hecha fragmentos. En otras palabras, no se entiende nada.

Sin embargo, a pesar de ser tan críptica, si uno deja de lado los intentos por agarrar algún sentido, la obra puede resultar divertida. La puesta en escena, los subtítulos, los diálogos absurdos, la forma anacrónica de representar la Colombia ochentera suman al encanto del experimento. Así que aunque lo que queda es un montón de incertidumbre por las escenas descontextualizadas y en desorden, la obra despierta la curiosidad. Por lo menos a mí me pasó. Eso sí, se echan de menos unos pufs o unas almohadas para echarse en el piso. Algo como lo que tienen en el museo de arte de la Nacional.

Lastimosamente, también hay que decir que la obra no se integra demasiado al edificio, a pesar de que El archivo de Bogotá fue una sugerencia de los jurados cuando la obra era apenas una propuesta. Aunque tiene que ver transversalmente con archivo —es la nueva versión de una memoria perdida— en la sala de exposición solo están las proyecciones separadas del resto de actividades del lugar. No habría marcado mucha diferencia si la obra hubiera sido presentada en otra parte.

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