Ciudadela letrada el autor

Ilustración por Javier Pinzón

Hace algún tiempo trabajé en la Feria del libro de Bogotá junto con el grupo que coordinó la venida del país invitado de honor (ese año fue Portugal). Lo que hice fue básicamente pasearme con portugueses famosos por algunas universidades y por el pabellón de honor en Corferias, en donde por alguna razón me confundieron un par de veces con alguna personalidad o con un escritor portugués (de pronto mi falta de cuidado personal pasó por excentricidad artística, quién sabe). En todo caso, en una de esas confusiones, un niño se acercó a mí con una libreta en la mano. Estábamos preparando el escenario en el que unos ilustradores harían un conversatorio, y yo estaba parado en la tarima viendo que todo estuviera listo. El niño me tocó el codo con una mano y con la otra me ofreció la libreta: “¿Me puedes dar un autógrafo?”, me dijo. Yo me demoré como diez segundos tratando de descifrar a qué rayos se refería el niño con su libretica. Y mientras yo trataba de entender, el niño seguía mirándome con los ojos redondísimos y con la libreta extendida en el aire. Cuando por fin entendí que me había confundido con uno de los ilustradores portugueses, le dije al niño las siguientes palabras: “¡¿Qué?! No, no te puedo dar un autógrafo… Lo siento; yo no soy nadie”. Entonces el niño puso cara de tristeza y bajó la libreta, y se devolvió a la silla donde lo esperaba su familia. Y yo me fui a buscar una pared contra la cual darme en la cabeza.

Hay muy pocas cosas de las que me arrepiento en la vida, porque creo firmemente que el mundo está bien hecho y lo que pasa tiene que pasar exactamente como pasa. Pero este recuerdo es uno que hasta el sol de hoy no me deja conciliar el sueño en las noches. Le doy y le doy vueltas y todavía no puedo aceptar que ésa haya sido mi reacción ante la petición del niño por un miserable autógrafo (así no fuera yo quien el niño pensaba que era). ¿Por qué fui tan idiota y tan insensible? ¿Por qué no le dije algo que no le rompiera el corazón, a él y a mí?

En la universidad me enseñaron que los autores no valen nada (sí, la mayoría de mis profesores fueron de esa escuela); que lo que importa es el texto y que la figura del escritor puede irse a la porra. Que eso no nos debe importar. Que el universo del texto empieza y termina dentro de sus propias páginas, y que si algo tiene que ver con la realidad, es con las condiciones de época y espacio en el que se concibió, pero hasta ahí pare de contar. Yo compartí esta ceguera durante algunos años, pero después empecé a ver cómo la gente veía o creía ver a los autores de sus obras literarias favoritas, y cómo yo mismo me había inventado a mis autores favoritos en la infancia y la adolescencia.

Lo cierto es que los autores son invenciones discursivas. Como la mayoría de veces no conocemos a los autores de las historias que leemos, les inventamos una vida y se la adherimos a la foto que sale en la solapa del libro. Generalmente esta historia inventada es algo así como la extensión de las historias que escribió esa persona y que nosotros leímos. A los autores los imaginamos como parte de su propio universo literario, y los recreamos como personajes a partir de nuestras lecturas. Esto puede sonar como una obviedad sin importancia, pero pensemos por un momento en la magia que subyace en que, en el acto de la lectura, los lectores nos volvamos creadores. ¡Guau! Esto significa que la comunicación no termina con el lector leyendo el libro, sino que continúa en un acto creativo extensivo, en un ciclo perpetuo que no se acaba, como si fuéramos semillas de las que sale el germen de un árbol nuevo. Todos escribimos cuando leemos, así no lo pongamos sobre un papel, y así sea para escribir el personaje imaginario del autor que queremos desesperadamente que haya escrito nuestro libro favorito. Tal vez es por eso que recordamos tanto a los autores y no sólo sus libros; tal vez es por eso que los suicidios de nuestros poetas nos duelen de una manera tan cercana y tan íntima; tal vez es por eso que a los autores les hacemos aniversarios y los dibujamos en los escenarios que ellos escribieron en sus historias. De pronto la esperanza que hay detrás de todo esto es que leer no sea un acto desesperadamente solitario; que escribir no sea tirar una botella a un mar vacío. Queremos decirle a los escritores: no estás solo, no estás sola; te entiendo, recibí tu mensaje. Si tú no estás solo al escribir significa que yo no estoy solo al leer. Que es posible la comunicación entre dos personas en este mundo. Eso es un pensamiento reconfortante.

Esto a veces se les olvida a los autores que están parados en la otra orilla. A veces se les olvida que ellos también son lectores, y que a ellos también los inspiran los libros de otros autores. Que cuando fueron niños o niñas hubieran querido conocerlos, o hubieran querido hacerles una pregunta o pedirles un autógrafo. Los autores pueden decir que están en su derecho de escribir para ellos mismos, pero la verdad es que las personas siempre escriben para un lector, y si el texto tiene uno solo de ellos, ya al autor le crece una responsabilidad en la barriga.  El lector siempre será lo más importante, es la razón de ser de escribir, porque puede inspirarse; e inspirar a alguien es como sembrar un árbol, aun cuando lo hacemos en contra de nuestra voluntad o sin darnos cuenta (tirando una pepa de fruta al aire).

Por eso hay que tener responsabilidad con lo que se escribe y con la actitud que tenemos sobre lo escrito, porque sea lo que sea puede tocar a alguien, y no sabemos con qué profundidad. Y aunque seamos absolutamente cínicos respecto a lo que nosotros mismos escribimos, eso no quiere decir que las personas lo lean de la misma manera. Incluso una tontería como esta columna, que se ha hecho casi siempre enguayabadamente y con un tono de ironía lleno de ponzoña, ha tocado a alguna persona de forma importante (para mi absoluta sorpresa). Si al escribir uno descubre que no está solo en el mundo, vale la pena todo y el mundo está bien hecho. Y lo mismo pasa si uno descubre lo mismo cuando lee.

Si pudiera devolver el tiempo al momento en el que el niño de la libreta me pidió un autógrafo, sé que me habría sentado a su lado y le habría dicho que yo no era el escritor que él creía que era, pero que me gustaría mucho serlo algún día. Que yo no era alguien importante en ese momento, pero que tal vez algún día lo sería; ojalá. Que le daba mi autógrafo con la condición de que él me diera el suyo, y así los dos tendríamos nuestros respectivos autógrafos para cuando ambos fuéramos personas importantes, y tal vez inspiraríamos de alguna manera a otras personas.

Esta entrada está dedicada a ese niño de la libreta.

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