La fábula del Osito

Roberto Escobar Gaviria, apodado “ el Osito”: ciclísta profesional colombiano hermano de Pablo Escobar Gaviria. Su historia es tan extraña como su gracioso mote. Un personaje de la historia colombiana merecedor de unas palabras al margen de su biografía.

Habría querido comenzar el presente artículo con una transcripción del audio original del día en que Roberto Escobar Gaviria, más conocido por su apodo deportivo de “el Osito”, se coronó campeón nacional de ciclismo, aparentemente en 1967, pero me fue imposible encontrarlo. Todavía no tengo muy claro, tampoco, si fue que ganó la vuelta a Colombia o no; o si ganó otra competición de relevancia nacional.

El Osito obtuvo este apodo temprano en su carrera ciclística, debido a que un locutor comentó que parecía un oso luego de que llegara a la meta con la cara y la camiseta toda embarrada por haber caído al fango de bruces mientras coronaba una etapa en una de sus primeras competencias ciclísticas. Yo pienso en el Osito y siempre me surge una pregunta: ¿a quién carajos se le ocurre semejante apodo? De cuándo acá un personaje cubierto de barro se parece a un oso, y peor aún, en qué universo se parece a un “osito”. Me nombran un osito y lo primero que se me viene a la cabeza es un personaje rosado, felpudo y alegre. De verdad que respeto la imaginación de aquel comentarista.

Pero el Osito está rodeado por mitos difusos y esa es solo una versión de su gracioso alias. La otra, más aburrida, dice que lo apodaron así porque se veía muy peludo dentro de su uniforme apretado, patrocinado por Droguerías Aliadas. Me quedo con la primera.

Pero la historia de este parcero no se agota en semejante alias, ni en que haya logrado algunos títulos a nivel nacional y latinoamericano dentro del ciclismo profesional (de hecho también fue un reconocido entrenador). Su gracioso mote se complementa con el hecho de haber sido un mafiocillo famoso. Eso, quizá más que su carrera ciclística, quedó grabado en la historia del deporte colombiano.

Lo digo porque “El Osito”, como algunos de ustedes ya habrán inferido, es ni más ni menos que el hermano menor de nuestro gran símbolo colombiano, nuestro embajador nacional por excelencia, el capo, el patrón del mal, el putas de todos los putas, el glande entre tanto güevón, el amigo de ex-presidentes innombrables, el todo poderoso: Pablo Escobar Gaviria.

Y es ahí, cuando uno se hace consciente de que el Osito -un tipo con un apodo tan inofensivo, y hasta ridículo- es el hermano de Pablo Escobar, que las cosas se tornan color marrón. Marrón del chévere, del chistoso. Marrón color lodo en la cara de Roberto Escobar cayéndose al conquistar una etapa. Marrón caquita. Acá en esta tierra, desde antes del boom del doping, ya debió haber mucha sustancia maluca ligada al ciclismo. Innovación de punta, dirán algunos.

Me hace pensar el Osito que el ciclismo -y me gusta recordarlo debido al cariño que le tengo a las ciclas- al igual que la mayoría de los escenarios de la historia del país, está marcado con líneas blancas, y no precisamente son las de las carreteras que recorrían los escarabajos al escalar una loma, o al esprintar una planicie; pero Colombia es pura pasión.

Cuando el Osito se comenzó a torcer, montó una tienda. Una hermosa compañía que su hermanito le regaló, y que con mucho caché llamó “bicicletas el Ositto” con doble te. Supongo yo que ese nombre selló para siempre el aire siciliano incomparable de aquel lugar. Me gusta pensar en el silencio de esa segunda te. Me parece que dice mucho. Me la imagino colgando de un aviso ochentero junto a la O. La logro dibujar en mi cabeza y, a veces, creo que puedo ver cómo se burla del Osito, mirándolo con picardía desde la parte superior de la entrada de la tienda. Sí que debió haber gozado viendo al Osito, que siendo un tipo metido en tanto negocio cochino –siendo un loco con más de un muñeco por ahí rondándole la cabeza- tenía ese apodo tan chistoso.

La tiendita del Osito patrocinaba ciclistas, al igual que hacía su hermano cuando estaba en campaña política. Quedaba en Manizales, y mientras se mantuvo abierta logró consolidarse como una de las industrias nacionales reconocidas de bicicletas. Mucha gente de campo, y mucho aficionado debió haber andado en un marco de acero con esa marca tan graciosa. La fábula de este osito se cuenta con doble te.

Al final de todo, el cuento en el que aparece este Osito no es tan heroico como el de otros ciclistas colombianos, muchos de ellos campesinos y gente pobre que con pura garra logró ganarle la pelea a las curvas tan cerradas de nuestro país en subida empinada, a pedalazos. Si contáramos el cuento en el que aparece este Osito, no solo sería necesario agregar unos ricitos de oro, o un bosquecito (o sí, pero de sembradíos de Coca). También sería preciso adornar algunas páginas con billeticos verdes.

Imaginarse un show híbrido entre los cuentos de los hermanos Grimm y cualquier novelita nacional traqueta es pertinente. Seguramente, si contáramos esta historia completa,  esos billeticos verdes los lanzaría al aire una niña en biquini y capa roja, luego de tomarlos de su cesta llena de manzanas, pistolas y bolsitas de cocaína.

La verdad es que había pensado escribir acerca del ciclismo y sus tiempos de otros tiempos. El ciclismo está enclavado en un ritmo abandonado, en unas horas más largas, en unas velocidades olvidadas. No obstante, preferí impedir que se me fuera este personaje al olvido; ya habrá más tiempo para hablar de las ciclas, la melancolía y la rabia. Decidí recrear esta fábula para no dejar que el Osito se pierda. No quiero olvidar su hazaña a medias, ni su particular vida.  Y como dicen que toda fábula debe tener moraleja creo que habrá que decir, a pesar de que odie este dicho con el alma, que “El que nace para vellón nunca llega a la peseta”.

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