Lugar: Fundación Gilberto Alzate Avendaño – Calle 10 # 3-16
Fecha: 11 de marzo al 12 de abril de 2014
Curadores: Mariangela Méndez y Bernardo Ortiz
Artistas: Alberto Baraya y Johnathan Hernández /Erick Beltrán / Diego Benavides/ Francois Bucher / Elkin Calderón / Miguel Cárdenas /William Contreras / María Elvira Escallón / Lina Espinosa /Juan Fernando Herrán / María Margarita Jiménez y Andrés Rosero / Ana María Millán / Luis Ospina / Gabriela Pinilla / José Alejandro Restrepo / Miguel Ángel Rojas, Edwin Sánchez / Liliana Sánchez / Juan Mejía y Giovanni Vargas.

La exposición, fundamentada en su título: El Dorado, gira alrededor de versiones heterogéneas acerca de lo que entendemos por nuestra nación y lo que, para bien o para mal, podrían ser considerados, por “nosotros” y por los “otros”, sus tesoros. Desde el supuesto tesoro escondido por nuestros antepasados idealizados, pasando por tesoros y luchas cotidianas de grupos marginados, hasta tesoros escondidos por los narcos, antagonistas también idealizados, la exposición se enfoca en distintas concepciones de las relaciones sociales, territoriales, económicas, políticas y estéticas que conforman lo que entendemos por esta masa sin forma dentro de la que existimos y el brillo que falta sacarle.

La muestra expone obras muy variadas, diferentes y opuestas. Unas inclinan la balanza más hacia lo formal, otras hacia la manipulación de referentes culturales; unas son hiperlocales, otras están en la onda internacional; algunas son abiertamente mamertas y otras sutilmente esnobs. Pero ya llegaremos a eso.

El camino que les propongo para recorrer esta reseña de la exposición es a través de la relación de las fichas técnicas con las obras. Por sus estilos e intereses disímiles parece que las fichas fueron escritas por los propios artistas, y por su correlación con las obras se puede ver cómo ellos mismos entienden su propio trabajo artístico. Incluso, me voy a lanzar a decir que en este caso las fichas técnicas hacen parte de las obras y son elementos inseparables.

Por la cantidad de cosas expuestas en la exposición es imposible hacer un recuento de todas. Voy a comentar solo algunas de las muchas que resultan interesantes.

Empecemos por la que podría llamarse la más formal de las obras, es decir, la más inclinada hacia sus cualidades plásticas y su potencia perceptiva y no tanto hacia los conceptos que moviliza: la instalación Trepanes de Liliana Sánchez (2013). Como dice en la ficha técnica, a Liliana le interesa “el rol que desempeña la materia, la modulación de un material, la mímesis, algo así como el carácter animado de la materia, con el fin de presentar situaciones que son ambivalentes. Grandes dibujos con formas alargadas y aparentemente orgánicas que se extienden sobre la pared, y se presentan como presencias visuales que a partir de multitudes de fragmentos, como una enredadera, como la maleza, como la fiebre amarilla, trepan, ocupan y se toman un espacio”. Si nos fijamos, la redundancia y la obviedad al leer que “se presentan como presencias visuales” nos da pistas sobre el carácter de la obra: Trepanes es para mirar y no para filosofar. Es casi como si nos estuviera regañando: “deje de leer y mire, mire, mire”. Hay un apuro común que se hace evidente en Trepanes, el problema en el que se encuentran muchos artistas al tratar de explicar sus obras cuando sus procedimientos consisten en “encuentros matéricos” (con la materia) y en las cualidades físicas y formales de lo que hacen. Todos ya sabemos que la materia y el espacio existen. No necesitamos que nos hablen del “rol que desempeña la materia” o fragmentos que “se toman un espacio”, tampoco que nos recuerden que la obra se parece a la maleza o a una enredadera; eso es evidente. De hecho, ¿quién dijo que hay que explicar las obras de arte? Tal vez habría sido más interesante un comentario en la ficha técnica con un contenido menos obvio, con algo oculto a nuestros sentidos y a nuestro razonamiento, un pensamiento de la artista, un poema, una canción, una anécdota, no una repetición.

Aún así, esta obra está en el extremo de las que hay que ir a ver en persona en la exposición y para las que las palabras nunca son suficientes. Con trepanes afine el ojo.

 Trepanes Liliana Sánchez

Sigamos con una obra que contrasta con la anterior, Sin título del artista Juan Fernando Herrán (1993). Un video en el que se ve al artista metiendo unas hojas en su boca, masticándolas teatralmente para luego sacarlas convertidas en una bolita que enseña con sus manos, o al menos esa sería la forma básica de verlo. La forma compleja sería la que propone la ficha técnica -y perdón por la cita larga-: la obra “alude a la apropiación de la naturaleza por parte del individuo y a su alteración mediante una acción ritual donde el pasto es transformado para exhibir al final del proceso, una bola de éste (sic) material que de manera simbólica se muestra como una reliquia cargada de valor. Este procedimiento que puede ser considerado un proceso escultórico, resignifica el ciclo biológico y resume un posicionamiento político que evidencia una dependencia básica del ser humano con el entorno y una igualdad entre este y otros seres vivos”.

Aún así, a pesar de las palabras grandilocuentes, parece que la ficha técnica ya está demasiado masticada y sus descripciones son poco convincentes porque suenan artificiales. La ficha nos da la interpretación correcta, nos obliga a seguir una línea de pensamiento y una justificación que ya está demasiado cerradita. Cada palabra fue pensada con cuidado, cada párrafo delimita un camino que hay que seguir porque ya se decidió por nosotros, ya se le impuso un significado. Juan Fernando Herrán podría hacer también bolita la ficha técnica para ver si nosotros mismos nos damos cuenta de que “evidencia una dependencia básica del ser humano con el entorno”.

Sin título Juan Fernando Herrán

Recapitulando, Trepanes, papel silueta hecho enredadera; Sin título, hojas de plantas hechas esfera o lo artificial queriendo ser natural y al contrario.

Ahora saltemos a una obra que no tiene mucho que ver con la primera ni la segunda: La venganza de la historia 3: Barrio Policarpa de Gabriela Pinilla (2012). Una animación en stop motion donde personajes de cartón pintados con colores planos muy vivos representan la “historia de la construcción del barrio Policarpa Salavarrieta a partir de invasiones en el centro de la ciudad de Bogotá en los años 60.” Además, también cuenta la ficha técnica que “La historia de la toma de los terrenos, de la lucha de los invasores y de la posterior consolidación del barrio, se construyó a partir de conversaciones con algunos de los primeros pobladores de este barrio de invasión y de la revisión de archivos de prensa e imágenes de la época”. En la ficha de La venganza de la historia está justo la información suficiente para concentrarnos en la animación, que muestra unos personajes muy bien trabajados en cartón recortado y vinilos chillones luchando por construir un lugar donde vivir a pesar de todos los inconvenientes que se les presentan en su misión. El cuidado con el que está hecha la animación (a pesar de su movimiento poco fluido) y la contundencia de la historia hace de La venganza de la historia una épica hiperlocal que hay que ver.

Por ejemplo, es particularmente emocionante la escena en la que los habitantes del barrio prefabrican sus casas con palos y plásticos, y un día, en perfecta coordinación, las llevan alzadas a una cancha de fútbol y se lo toman para convertirlo en barrio. Si uno se emociona a cuatro fotogramas por segundo quiere decir que algo está bien hecho.

La venganza de la historia

Y justo en frente de ésta obra, se encuentra Sin título de William Orlando Contreras, una obra también hiperlocal pero mucho más sencilla; un video en el que se observa literalmente lo que dice su escueta ficha técnica: “destellos, brillos y reflejos en un charco de agua, jabón y aceite” al lado de un andén. Aunque Sin título no hace referencia a las impresionantes luchas de personas comunes, sí muestra lo que se podría llamar la belleza de la cotidianidad, de lo coincidencial y de lo banal. El charco de los destellos perfectamente podría estar en el barrio Policarpa, o en cualquier otro lugar de Bogotá o de Colombia, y podría ser visto por cualquiera con la misma fascinación que William Orlando (quien también le saca fotos a cajas de cartón y materas). Las sombras, los destellos, las texturas, la materia está en todos lados, solo hay que pararse a ver. La ficha técnica contrasta con las demás de la exposición. No dice mucho, pero parece que es intencional, parece que quiere dejar espacio a la ambigüedad sin decir “esta obra deja un espacio a la ambigüedad”.

Sin título

También me gustaría decir que, aunque una obra lo hace de una manera colorida y una historia abrumadora, y la otra con un gesto sutil y una micro historia banal y cotidiana, La venganza de la historia y Sin título se pueden entender como una respuesta estética al arte así llamado “culto” y sus formalidades depuradas (véase Trepanes).

Ahora, que ya mencioné la preocupación por los encuentros “matéricos”, también me gustaría hablar de un encuentro “mamértico”: de la obra Valor de cambio de Erick Beltrán (2013). Una animación en la que se muestra una serie de ítems organizados alrededor de un círculo, y en la que, cuando aparece una imagen en el centro, se generan relaciones con una línea roja punteada. Si yo tuviera que decirlo en pocas palabras, llamaría a la obra “La tabla Ouija de las relaciones de valor en el arte”.

En la ficha técnica se dice de la animación que “trata de descifrar nuestra cultura económica, el valor de cambio en este caso, mostrándonos cómo los sistemas estructurales se vuelven doctrinas incuestionables que moldean las maneras como las personas atribuyen valor a las imágenes, a los objetos, a la propiedad, a los unos y a los otros y que repetimos invariablemente a escala”. Muy a pesar de una descripción demasiado pretenciosa para un video de menos de tres minutos, en esta obra no se descifra nada, solo se organizan en forma circular una lista enorme de términos inentendibles para una persona que no tenga conocimientos acerca del corpus teórico de la posmodernidad, y ni así. En Valor de cambio lo único que puede descifrar un espectador es que Erick Beltrán se sabe de memoria todo Baudrillard.

Por otra parte, lo interesante que propone Erick Beltrán es una nueva corriente artística, la Abstracción Teórica, una mezcla entre abstracción geométrica e intelectualismo desesperado. De una manera impecable logra la conversión de un sinfín de terminachos en formas perfectas y armoniosas, que no tienen sentido pero que se ven bonitas; acorde con el tema de la exposición, su carreta es su Dorado.

Valor de Cambio

Para terminar quisiera mencionar la obra más polémica de la exposición, la que está en la parte restringida para menores de edad: Laberintos de Zeus de Edwin Sánchez (2004). En la ficha, Edwin cuenta en sus propias palabras de dónde sale el contenido de su obra: “Un día saliendo de clases en la universidad, recibí en la calle un volante propaganda que decía: sexo participativo por solo 5.000 pesos. Motivado por la curiosidad, decidí asistir con el propósito de registrar la dinámica sexual mediante una cámara escondida entre mis accesorios de estudiante. Al final, descubrí que el local se llamaba Laberintos de Zeus y efectivamente, el sexo era participativo”. Y tal cual como lo comenta, Edwin Sánchez registra la “dinámica sexual” del lugar, que es una manera de decir que graba a varios hombres sentados en sillas rimax que ven a una mujer semidesnuda bailar para ellos y que luego la mujer tiene sexo con algunos de esos hombres. El video tiene una imagen de baja calidad y en blanco y negro, consecuente con su condición de cámara escondida, y en ocasiones aparecen unos subtítulos que resaltan que las personas participantes no podían salir, esto no se acaba hasta que se acaba. Lo que hace escandalosa a la obra es precisamente ese tono afectado de cámara escondida y de denuncia de una realidad desagradable, pues aun cuando Edwin Sánchez no lo dice explícitamente, la obra está teñida de cuestionamientos morales, la indignación por los otros. Esa indignación se ve, por ejemplo, en la reseña muy básica de la exposición que hace Fernando Gómez Echeverry en El Tiempo.

Sin querer o con querer Laberintos de Zeus es una forma de arte sensacionalista. Pues cómo no va a ser impresionante ver la naturalidad con la que la prostituta del video coge los penes de un montón de desconocidos y los sacude sin ningún tipo de pudor, casi como si trabajara en una línea de ensamblaje, y cómo no va a ser tentador pensar “ese no soy yo, esos son los otros, país de desadaptados”.

Para cambiar de foco, en su ficha, Edwin le da relevancia a la palabra “participativo”, tal vez, con alguna referencia maliciosa a la corriente contemporánea del arte relacional,  Edwin está diciendo sutilmente que “esta sí es una manera de ver una estética participativa” y no está juzgando la situación de los participantes de la escena, sino que está demostrando que tiene unas “dinámicas” muy efectivas, es decir, en vez de un tono afectado, ve la situación de manera positiva. En todo caso, esa relación no es muy evidente, y la que prima finalmente es la escandalosa e indignada.

Laberintos de Zeus

Me gustaría poder hablar más de las demás obras, pero mejor los invito a que vean la exposición, a que saquen sus propias conclusiones y a que hagan comentarios en El Parcero acerca de qué tan acertadas o no están estas impresiones. Por ahora los dejo con:

Por que sí El Dorado: Porque tiene obras muy heterogéneas y vale la pena verlas todas, incluso las más cuestionables, para cuestionarlas. Algunas obras que recomiendo mucho aunque no tuve espacio de referenciar son El espectro de Rumpelstiltskin de Juan Mejía y Giovanni Vargas y El sendero del Jaguar de Miguel Cárdenas, entre otras.

Por qué no El Dorado: Porque parece que cada artista está muy metido en su propio mundo y muchas veces, por ejemplo con las fichas técnicas, se demuestra una feria de vanidades.

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