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Todas las fotos por Daniela García

El pabellón de Macondo en la FilBo 2015 tiene de todo un poco. Los curadores del pabellón: Piedad Bonnet, Jaime Abello y Ariel Castillo, se apoyaron en un equipo de artistas plásticos y multimedia, arquitectos y diseñadores para construir, con mucho cuidado y atención, un Macondo que fuera accesible e interesante para pequeños y grandes. Es así como el pabellón tiene desde tremendas instalaciones interactivas, con sonido y mapeo de video, hasta unas mesitas más convencionales, casi que de museo, con una biografía cronológica de la vida de Gabriel García Márquez. Cualquiera que vaya puede encontrar algo apropiado para sus gustos y sus intereses. En general el lugar es muy amigable, muy parceril.

Lo que más llama la atención es la estructura central del pabellón: una gallera en la que no hay peleas de gallos sino conferencias y obras de teatro, donde se intercalan los interesados en las discusiones literarias y las familias que van a parchar. La gallera, además de su función como auditorio, tiene una arquitectura muy atractiva, que recuerda a los lugares de las batallas de acordeoneros y juglares míticos, como las que hemos visto en Escalona o en Los viajes del viento, o el duelo vallenato en el que Francisco el Hombre compitió con el mismito diablo. En pocas palabras, la gallera es una muy buena combinación entre función y forma, sirve para ver y sirve para estar.

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Hay otras partes del pabellón que no son tan afortunadas, especialmente las que se dejan consumir mucho por estrategias tecnológicas rimbombantes. A la entrada del pabellón hay lo que llaman un mapeo de video (una proyección sobre superficies irregulares) en el que se muestran imágenes del caribe colombiano, acompañadas del sonido de una grabación de García Márquez leyendo el primer capítulo de Cien años de soledad. Lo malo de los mapeos es que si no se hacen con sutileza les pasa lo de la remolacha en la ensalada: pintan todo lo que tocan, y uno ya no puede dejar de pensar en el truco y en el efecto del video. Exactamente eso pasa en esa parte del pabellón: aunque la idea es que uno se ‘sumerja’ en Macondo, más bien uno queda deslumbrado por lo impresionante del mapeo. Y así, dentro de todo el aparataje tecnológico del pabellón hay soluciones mejores y peores; unas proyecciones interactivas complicadas en las que los espectadores pueden publicar sus propias fotos tomadas con celulares y tabletas, unas campanas sonoras muy ingeniosas en las que sin mucho complique uno puede escuchar sonidos relacionados con Macondo o con la obra de Gabriel García Márquez, unas instalaciones físicas cositeras con objetos extraños de ese Macondo gitano reloco (o remágico) que todos tenemos en mente.

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Los propósitos más grandes de esta curaduría (según un texto largo y con letra chiquita que hay en el inicio del pabellón) son mostrar un Macondo mítico, cosmogónico, una historia de la creación del mundo y de la humanidad, y mostrar una versión crítica de la obra de Gabriel García Márquez, aparte de los clichés típicos de las mariposas amarillas y los Cien años de [ponga lo que quiera aquí]. Lo primero, lo mítico, se logra muy bien; lo segundo, lo crítico, no tanto. Por el lado más convencional del pabellón está el recuento de la vida y obra de García Márquez, unas mesitas/vitrina en las que hay información y objetos que permiten, más o menos, ver un panorama de ese señor tan conocido pero tan poco conocido. Pero la biografía es demasiado tímida, insinúa por partes cosas interesantes acerca del carácter inconforme y para muchos incómodo de ‘nuestro Gabo’: su fuerte militancia política, que se fue amenazado de Colombia, que el Boom latinoamericano es una fabricación de las editoriales de Barcelona, que tuvo una fuerte producción periodística, que antes de ser Divo fue ‘feliz e indocumentado’… pero todo se queda dentro de la vitrina. Para el Gabo polémico no hay mapeo ni instalación sonora.

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Vale la pena ir al pabellón porque está muy bien pensado, diseñado milimétricamente, lleno de oficio y dedicación. Habría sido bueno ver más cosas sobre el problema de lo que significa que un lugar ficcional nos marque tan fuertemente como nación o del personaje Gabo sin deslumbrarse por su condición de estrella, pero seguro eso ha estado y estará presente en las discusiones que se presentan en la gallera y en la programación de la feria. Como experimento curatorial multidisciplinario, como un lugar accesible para todas las edades y todos los intereses, el pabellón de Macondo hizo un esfuerzo que hay que reconocer. También hay que reconocer el queso costeño frito con jalapeño y tomate que venden a la salida.

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