Who Wants To Be A Godparent?

La semana pasada terminó una de las sitcoms más populares de las últimas décadas, y con ella una era televisiva para el público. En esta nota hacemos una pequeña reflexión sobre el final de la serie (sin arruinarlo para quienes no lo hayan visto) y damos un veredicto sobre qué tan bueno fue, o si debió haber sido como fue.

How I met your mother es el heredero directo de una tradición de comedias que tratan el paso de un grupo jóvenes por el mar azaroso de la veintena de años, hasta llegar al puerto de la adultez-madurez (emocional, romántica, económica y laboral). Su pariente más cercano es la popular Friends, que tuvo lugar para la generación de televidentes inmediatamente anterior.  De hecho, HIMYM toma de Friends un formato casi calcado, mostrando las historias de unos jóvenes arquetípicos tratando de “lograrlo” en la ciudad de Nueva York: el bueno y eterno enamorado (Ross – Ted), su perspectiva amorosa (Rachel – Robin), La pareja de casados (Monica y Chandler – Marshall y Lily) y el mujeriego chistosín (Barney – Joey). La mejoría de HIMYM es que quita del mapa el personaje insulso e inverosímil que en Friends era Phoebe. Pero no es la única mejora; HIMYM puso sobre la mesa una perspectiva nueva sobre el ritual de paso a la adultez y todos sus avatares, más fresca y actualizada, que nos quitó el mal sabor de boca ochentero y medio noventero que un poco guardaba Friends de Seinfeld.

El éxito de HIMYM se basó sosteniblemente en la rigurosidad de las historias, y en la coherencia y consistencia cronológicas en la eterna búsqueda del protagonista por la mamá de sus hijos. Esto, anudado a un sistema de flashbacks que sostuvieron la columna vertebral de la estructura narrativa, hicieron de esta serie el boom que resultó siendo, y al tiempo produjeron una gran expectativa sobre el desenlace de una historia que año tras año se fue haciendo una madeja más compleja, y por lo mismo, más difícil de resolver limpiamente.

La primera cosa para decir es que una serie televisiva así de longeva, con tal nivel de expectativas producidas en sus televidentes, es susceptible de decepcionar con su final. Sea como sea, hay mucha gente a la que no va a gustarle. Ya habiendo dicho eso, aquello no es excusa para hacer finales mediocres para desenlazar una trama que los productores y los escritores enmarañaron con astucia durante años. ¿Se acuerdan de Lost, esa serie maravillosa de náufragos estancados en una isla misteriosa? Su final es un claro ejemplo de no saber desenlazar una trama complicada, y de hacerlo mediocremente para salir del paso. ¿El resultado de este acto vil? Borrar con un mal final años de esfuerzo de una buena serie, tanto para los televidentes inmediatos como para la posteridad.

No estamos diciendo que éste sea necesariamente el caso de HIMYM, pero miremos ciertos hechos desesperanzadores: en primer lugar, la longevidad de HIMYM estuvo sujeta siempre a los caprichos del rating televisivo; es decir que aunque los escritores tenían un final planeado (e incluso rodado) desde el principio, los caminos para llegar hasta ese final no estaban cuidadosamente trazados con anticipación, sino que culebreaban y se improvisaban conforme los productores ordenaban más y más nuevas temporadas. No importa qué tan buenos sean los artífices de una historia, si no puede ser diseñada con cuidado, está obligada a tener baches por la improvisación de un alargue indeterminado.

Otro hecho adicional es que los actores de la serie ya estaban cansados y querían (entendiblemente) dedicarse a otros proyectos. Y aunque el rating seguía siendo bueno y los productores querían seguir ordeñando HIMYM para más temporadas, los actores (el caso específico de Jason Segel – Marshal en la serie) dieron un no rotundo y un ultimátum de permanencia, lo que dio lugar a terminar la serie atropelladamente, sin tener en cuenta las proyecciones de los escritores y los productores.

Así las cosas, y sumados estos hechos desestabilizadores, toda la novena y última temporada de HIMYM transcurrió trastabillante en los hechos de cierta boda entre dos personajes principales, a los que el personaje de Marshal Ericksen (Jason Segel) asistió erráticamente y con un desempeño lamentable. Igualmente, la calidad de esta atropellada última temporada fue visiblemente menor a la de las demás, y los personajes y su hilo narrativo perdieron fuerza, coherencia y verosimilitud. Por lo que se podía presagiar que el final sería, si no necesariamente malo, un pedazo de chocolate menos dulce que el resto de la serie, y de lo que los televidentes estaban acostumbrados.

Los escritores de HIMYM son ingeniosos, y lograron sacar un final temáticamente aceptable, pero que se desarrolló muy rápido y muy improvisado. Éste es el resultado de no poder trazar un camino narrativo fijo, y de estar sujetos a las decisiones de rating, productores y actores. Hubiéramos querido que la serie, por la calidad que llevaba hasta el momento, tuviera un plan de acción tan limpio como, por ejemplo, Breaking bad, que empezó, se desarrolló y terminó impecablemente. Pero lamentablemente no pudo ser, y le pasó más como a otra comedia gringa: The Office, que terminó aceptablemente, pero no con el final apoteósico en su calidad que todos esperábamos. Tal vez HIMYM sea también una serie para recordar con un final para olvidar.

Y ustedes, Parceros, ¿qué opinan? Si no han visto el final de HIMYM los invitamos a que lo hagan, y si ya lo vieron los invitamos a que nos cuenten qué les pareció (claro, sin spoilers).

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