Macbeth destacada
Imagen: Teatro Colón

Vimos la ópera y la obra de Macbeth, ambas montadas por el Teatro Colón en abril de 2016, y les contamos cómo nos fue.

H
ace 400 años que murieron Shakespeare y Cervantes y todo el mundo se está rasgando las vestiduras. Eso es bueno porque las instituciones culturales están haciendo cositas que normalmente no harían; se obligan a pensar creativamente, más allá de su agenda regular —que a menudo puede ser tediosa—.

En eso el Ministerio de Cultura, de la mano del Instituto Caro y Cuervo, la Biblioteca Nacional y el Teatro Colón, se inventó unos eventos conmemorativos en 2016. Uno de ellos es la puesta en escena de Macbeth en el Teatro Colón con dos obras: la ópera de Giuseppe Verdi, con dirección escénica de Ignacio García, y la tragedia teatral, coproducida con la “Compañía estable”, traducida por Joe Broderick y dirigida por Pedro Salazar. Lo valioso de todo esto es que no son compañías contratadas para que vengan y presenten las obras y ya, sino que es la producción local, con muchas manos colombianas, que las articula desde el principio hasta el final. De esto se destaca entre otras cosas la participación de la Orquesta Sinfónica Nacional y la propuesta estética tanto para la obra como para la ópera de Laura Villegas, conocida sobre todo por su boscosa y animalística visión escénica en Labio de liebre.

Todo está orquestado en una escénica como cyber-punk, con taches y cosas brillantes, y con unos contenedores industriales oxidados por ahí.

Y bueno, se trata de Shakespeare, y a eso es difícil encontrarle presa mala. Macbeth es la historia de un capitán del ejército escocés al que unas brujas le hacen una profecía: Habrá de ser rey, pero los hijos de otro, y no los suyos, serán reyes después. El problema es que ya otra persona es rey. Entonces el buen Macbeth tendrá que bajar a lo más profundo de las pasiones humanas para ayudar a cumplir la primera parte de la profecía, y luego para impedir que se cumpla la segunda. Y así: una chorrera de sangre en las manos de Macbeth y su esposa; las pasiones humanas en su forma más humana, el lenguaje vuelto pequeñas esculturas, y las profecías, las buenas y las malas, que en querer evitarlas terminamos haciendo que se cumplan. No es gratuito que Shakespeare sea así de famoso. Realmente es bueno, aunque hace falta prestarle atención para que nos llegue hondo.

La ópera

Temporada: del 7 al 16 de abril.
Dirección: Ignacio García (escénica) – Pietro Rizzo (musical) – Laura Villegas (de arte)
Música: Orquesta Sinfónica Nacional
Cuánto vale: entre 35.000 y 110.000 COP

Macebth ópera

Hay que señalar que la ópera está en italiano, así que por fuerza toca leer los subtítulos en español, puestos casi en el techo del teatro. Como ya hemos visto que lo de los subtítulos puede ser un problema (lea aquí: La división social del FITB), lo recomendable es coger un puesto no muy lejano del escenario. En general los subtítulos son claros y están bien escritos, aunque se les van unos cuatro errores de tildes y uno bien grosero de puntuación.

Lo primero que salta a la vista de la puesta en escena de la ópera es la propuesta estética, más que todo del vestuario. Los soldados parecen los secuaces del Guasón en una película de Batman de los años ochenta; las brujas son un coro de cirujanas a lo Doctor Frankenstein, con batas blancas plastificadas y guantes hasta los codos. Todo está orquestado en una escénica como cyber-punk, con taches y cosas brillantes, y con unos contenedores industriales oxidados por ahí. Los soldados no portan espadas sino fusiles y revólveres. Sin querer ser conservadores, hay momentos en que todo eso se torna un poco absurdo. Se siente extraño, un poco fuera de lugar, excesivo, y por momentos con la gratuidad del arte contemporáneo en Colombia: la alternidad sólo por la gana de ser alternos. Aunque a partir del tercer acto, en la escena del gran banquete en el palacio, ya toda la propuesta estética empieza a cuajar. Puede que no haya sido la mejor decisión para Macbeth, pero a medida que la ópera avanza va encontrando su lugar ante los ojos del espectador, si bien lo hace a trancazos.

Lo que sí está impecable es la Orquesta Sinfónica, que hace la música en vivo para la ópera. Es disciplinada y precisa, tiene ritmo y cadencia. Hace sentir cosas y funciona bien bajo la batuta de Pietro Rizzo. La ópera como un todo fluye satisfactoriamente, con una progresión ágil en la trama, unos coros muy bien logrados y de la mano de unas actuaciones competentes: Lady Macbeth, interpretada por Dimitra Theodossiou, es potente en un papel difícil, muy convincente y empática; el español Sergio Escobar, que hace de Macduff, está broche de oro hacia la parte final de la ópera, en el desenlace colérico de la batalla; y Valeriano Lanchas, la cuota colombiana en el estelar, realmente saca la cara en un papel emotivo como Banquo. El que sí se siente un poco flojo es Vladimir Stoyanov en el protagónico de Macbeth: disminuido, como enguayabado. Es un bajón de ánimo en medio de un grupo de interpretaciones muy emocionante.

La obra

Macbeth Teatro © Andrés Gómez S.
Foto: Andrés Gómez – Teatro Colón

Temporada: del 8 al 24 de abril
Dirección: Pedro Salazar (Escénica) – Laura Villegas (de arte)
Adaptación y traducción: Joe Broderick
Coproducción: Teatro Colón y Compañía Estable
Cuánto vale: entre 30.000 y 50.000 COP

La obra es bien distinta, aunque la historia sea la misma. En este caso, lo que se pierde en emoción por la ausencia de los cantantes de la ópera se gana en profundidad con un escenario más rico, más dinámico y más complejo. Y es que el escenario de la obra es literalmente profundo, con el espacio ganado a la orquesta que aquí no está: hay tres marcos de luz puestos en cuadrados en diferentes puntos de la escena, una decisión inteligente porque secciona lo que pasa en varios momentos, y porque produce una atención óptica brillante y vívida en diversos niveles de profundidad espacial. Hay más atención en la escenografía; es menos minimalista. El vestuario está mejor pensado; aunque sigue siendo medio cyber-punk a ratos, ya se siente más delicado y menos gratuito. Tiene la adición de la marca registrada de Laura Villegas de las máscaras de animales, tal como en Labio de liebre, y de un ambiente medio místico, medio totémico, medio las cosas que sólo se descubren en el interior de un bosque oscuro.

Para nosotros que somos un público con muy poca exposición a la ópera, la obra puede presentarse como un espectáculo más digerible. Los parlamentos se entienden, si bien la adaptación de Broderick es muy clásica en la extensión y contenido de las líneas, y lo que pasa en la trama es más fácil de entender y de seguir. Además está en español local, y como no hay que leer subtítulos, la atención puede centrarse con libertad en todo lo que ocurre en escena.

Otro de los puntos neurálgicos es el elenco, que nos es familiar porque tiene varias caras conocidas de la televisión colombiana. La interpretación empieza muy frágil, con la actuación francamente gomela de un capitán que narra las hazañas de Macbeth al rey, pero se fortalece con la actuación sólida de Diego León Hoyos (nuestro querido Serafín del programa de T.V. Tentaciones) en el papel del rey Duncan. Banquo y Macbeth son competentes: Banquo, interpretado por Felipe Botero, empieza la obra no muy bien, como si fuera un Comediante de La Noche, pero se reivindica luego y coge un dominio formidable del cuerpo y de la expresión de la cara cuando tras su muerte se vuelve una presencia espectral. Macbeth, encarnado por Christian Ballesteros, hace por su parte una interpretación creíble en los momentos más dramáticos: se esfuerza por sufrir como Macbeth; se muestra agotado y pesaroso tal como el personaje, y transmite emoción efectivamente, sobre todo en momentos de soliloquios. Mención de honor para su actuación en el momento de decir “extínguete, fugaz antorcha”.

Quien merece una mención aparte, pero por lo pobre de su actuación, es Marcela Benjumea en el papel de lady Macbeth. Es plana y exagerada, con una expresión corporal de espagueti. Es risible incluso cuando no debe (escuché a la audiencia reírse en momentos serios) porque parece que hablara como en una novela de la tarde. Casi que podría haber dicho: “¡Macbeth, no eres un hombre! ¡Eres un maldito lisiado!”. Y otro error garrafal: un portero chistorete flojísimo, que a diferencia de los personajes de Shakespeare no es gracioso por ingenio, sino por hablar enredado y decir bobadas, hace una aparición vergonzosa digna acaso de un montaje teatral colegial.

Y a pesar de estos errores, y de otro niño gomelo haciendo de hijo de Macduff, la obra se nota cuidadosa, avanza bien, emociona y convence.

¿Cuál ver?

Si no les convence la idea de ver cualquiera de estas dos obras en el teatro, lo más sensato es que no lo hagan. Hay muchas otras versiones de Macbeth que son muy buenas, como la de Los Simpsons, o como la de la película de 2015 con Michael Fassbender y Marion Cotillard. Si las dos llaman su atención, y tienen con qué pagar las boletas, bien puedan véanlas; cada una tiene sus pros y contras y está muy bien sacarle los diferentes jugos a cada una. Si sólo quieren o si sólo pueden ver una, la ópera es una experiencia especial porque nunca antes había sido montada en Colombia; porque aunque es más cara, ir a ópera es distinto y bien vale la pena hacerlo alguna vez y con Shakespeare; porque hay mucha emoción en el canto y en la música excepcional de la Sinfónica. La obra por su parte es una experiencia visual hecha con mucho cuidado que vale la pena ver con los propios ojos. La historia se entiende más y tiene sus choques de espadas emocionantes. Pero ante todo, si les pica la curiosidad, léanse la obra que está en la biblioteca pública más cercana o en PDF en internet. Realmente es muy buena. Y pueden usar esa pomposidad de los 400 años de Shakespeare y Cervantes como una buena excusa para hacerlo, si es que normalmente no lo harían.

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