LA GENE ANDA PARCERIANDO

El saber citar en las publicaciones textuales es imperativo. Tomemos como ejemplo, esta vez, la fuente de los chismes que ayudan a escribir los escritores. O los oyentes, que, esta vez, gracias a las redes sociales, vienen a ser lo mismo.

Páginas web tan resonantes y alimentadas como “La gente anda diciendo”, “Me lo contó un tachero [taxista]”, “Lo escuché en una asamblea”, etc., se basan en chismes. Lo que tratan de hacer es remitir a citas de cierta localidad (las más frecuentes en Internet, por ahora, provienen de Argentina), y muestran algo así:

´¨Mamá, ¿Messi existe en Argentina?´- Nene de unos 5 años a su mamá. Después del partido con Nigeria. Bondi 130. Miércoles. 16 H¨.

Ahora bien, ¿chismes? ¡Si parecen citas! Sí, y encima son chistosas, tiernas, o estupendamente nostálgicas para quien se sienta identificado con ellas. Las posibilidades de empatía con respecto a este tipo de lecturas son incontables. Y como muchas situaciones que generan empatía a partir de la resonancia que tienen en quien las oyó o vivió en carne propia, los chismes son recordados por cierto componente esencial: sea su núcleo argumentativo, sea la emoción que conlleva.

Estas citas que se ilustran en “Lo escuché en [inserte sitio popular aquí]”, además de tener ese componente esencial, suenan legítimas: tienen contexto, tienen hora, tienen registro y hasta testimonios. Los chismes, generalmente, no suplen toda esta información. Pero las citas de las que hablo, que podrían ser completamente falsas tanto en sus fuentes como en su contenido, tienen una legitimidad por estar en pantalla. Pero, más importante, tienen legitimidad porque vale más el efecto que tienen en la audiencia que su verdadera y oficial procedencia. Me interesa el hecho de que son citas, definitivamente. Aunque estén mal citadas. Me interesa que el invento supera su legitimidad, porque funciona.

Todo esto reventó cuando “La gente anda diciendo” publicó su primera entrega impresa en Argentina. Desde entonces, la explosión de citas nunca había lanzado tantas derivaciones como se hace en este momento (Cabe recalcar que se ha expandido por muchos países de Latinoamérica.  Antes me referí a algunas que me parecían más familiares, sólo para dar títulos). Siento que estas citas, al proveer un contexto (inventado o cierto) para lo que el oyente quiere transmitir, proponen otra cosa más que simpatía o un momento de gracia para el lector. Se trata de una escritura que propone un poder del oyente sobre quien lo lee: necesariamente quien oyó y proveyó la información para los textitos está proveyendo mucho más que la cita de anécdota. Provee, esencialmente, la manera en que se leen esas citas, la manera en que se ve la relación entre la frase en pantalla y los personajes-autores de estas esculturas verbales. ¿De qué otro modo podría ser gracioso, y no ridículo, preguntar si Messi existe o no?

Además, sólo quien se reconoce en los contextos de la “cita”, quienes son cercanos a ellas por el lugar en donde viven y/o nacieron, podrá regocijarse satisfactoriamente. Así, lo llamativo de esta literatura también es que esos lectores se vuelven activos; lectores reconocidos de una localidad específica, de una localidad especial por lo que contiene. La participación ciudadana y no voluntaria en el testimonio (ya que estas citas son oídas por otros oyentes) justifica esta maravilla textual. Esto me llama la atención frente a otros tipos de identificación con “lo local” en los que la mayoría de nosotros nos podemos reconocer: el legado de una historia sangrienta, visto en periódicos que también utilizan citas como testimonio, por ejemplo. Pero de ningún modo estos testimonios nos remiten a una empatía similar a “lo que dice la gente”.

Pienso que estos escritos exitosos como los de “La gente anda diciendo” confirman la constitución de una lectura singular. Una lectura que, curiosamente, destruye la típica narrativa de ficción (porque las “citas” son testimoniales, reales), que tanta emoción suele causar a un lector. La narrativa es reemplazada por testimonios que, aunque sean verídicos, parecen increíbles a la hora de leerlos. Dan risa porque no nos lo creemos fácilmente. Por esto es que la gente continúa posteando y retwiteando constantemente este contenido: porque se reconoce empáticamente en algo que parece increíble, pero que es, si se quiere, “cierto”. Porque es una cita, porque está escrita. Porque es más que una anécdota, pero tan bonita como una fantasía. Porque son citas que más allá de su procedencia y a dónde se dirijan, están siendo bien usadas.

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