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E
n su elogio a la bicicleta, Marc Augé nos decía que el velocípedo ha tenido la capacidad de ser tres cosas al mismo tiempo. Ha sido mítico, épico y es motor de fantasías utópicas. A través de la bicicleta se resucitan la historia individual y los mitos compartidos de muchas personas y estas dos formas de traer de vuelta el pasado les confieren un tinte épico a recuerdos que, de otra manera, serían más modestos. Sea en ciudad, carretera o montaña la bicicleta permite revivir sentimientos de libertad, niñez, aventura e introspección. Para explorar algunos de nuestros mitos compartidos, en un café de Bogotá nos reunimos con Fabio Parra, uno de los duros, duros, de la época de oro del ciclismo colombiano de los ochenta y principios de los noventa. Hablamos sobre este aparato que tanta pasión ha despertado en Colombia y, sobre todo, acerca del ciclismo como deporte. Sobre su dimensión mítica, sobre cómo fue ser un ciclista en una época de convulsiones políticas, sociales y económicas; sobre cómo las cosas han cambiado en el interior de esa disciplina, sobre el papel de la bicicleta en la vida de los ciudadanos y, porque no sabemos mucho sobre esas cosas, también le pedimos que nos introdujera al mundo de cosas que hacen del ciclismo un deporte mágico, pero difícil de entender.

La entrevista está dividida en dos entregas. En esta primera, con Fabio (que para quienes no lo saben —o recuerdan— fue el primer colombiano en pisar el podio de un Tour de Francia en 1988) hablamos sobre el ciclismo de su época y sobre su carrera. En la segunda, continuamos la charla, pero nos dedicaremos a explorar más a fondo las mecánicas del deporte, sus estrategias y la forma en que se corre una carrera ¿No sabe qué papel juegan las marcas? ¿qué hacen los equipos ni cómo se apoyan entre ciclistas? ¿No sabe qué quiere decir defender a un líder ni por qué somos tan duros en la montaña? ¿Se pregunta por qué llegó un país como Colombia a figurar en el panorama mundial? ¿No sabe quién es Fabio Parra? Esta entrevista busca ayudarnos a entender la trascendencia del ciclismo en el país y explora cómo es que ese deporte tan complejo funciona.

Imagen tomada del libro: Kings of the Mountains: how colombia´s cycling heroes changed their nation´s history, de Matt Rendell, 2006. Aurum Press

Imagen tomada del libro “Kings of the Mountains: how colombia´s cycling heroes changed their nation´s history. Matt Rendell, 2006. Aurum Press”

“Yo nací en la ciudad de Sogamoso. Ya tengo 56 años y desde muy pequeño me inicié en este tema del ciclismo, como a la edad de 13 o 14 años, y digamos que, de alguna manera, en esto desde el comienzo se me dieron resultados positivos. En la medida en que iba compitiendo iba ganando y obteniendo buenos lugares y eso me ayudó a ratificar mi decisión de que lo que quería era montar en bicicleta. Eso me ayudó a decidir que iba a tomar al deporte como una actividad profesional.”

E.P: Profe Fabio, ¿qué lo motivó a comenzar?

Es una cuestión hereditaria. Mi padre fue ciclista, él corrió la Vuelta a Colombia de 1967. Fue un corredor bastante bueno, pero tenía una característica: cuando fue a esa Vuelta él ya era mayor, tenía como 28 años, y como lo veían ya de edad para el deporte entonces lo llamaron “el novato de acero”. Tal vez de ahí viene mi afición, y la condición. Los cromosomas se heredaron para ser ciclista.

Aunque, la verdad, eso siempre fue algo paralelo al estudio. Mis padres siempre me apoyaron, pero siempre para ellos lo primero era el estudio; que tenía que terminar, que sacar buenas notas, y eso pues me ayudó a alternar las dos cosas teniendo buenos resultados. Yo terminé mi bachillerato en el Técnico Industrial Gustavo Jiménez; ahí elegí la carrera de mecánica industrial… Les cuento esto porque luego de que dejé la bicicleta me dediqué a estas cuestiones industriales en mi vida personal.

Cuando terminé el estudio vino entonces el dilema de que había que empezar la universidad, y efectivamente terminé mi bachillerato, me presenté a la Universidad Nacional, a medicina, y no pasé. Entonces seguí compitiendo y corriendo, y vino la “Vuelta de la Juventud”. Ahí participé tres veces. La segunda quedé de subcampeón y la tercera la gané. Actualmente esa se llama la “Vuelta del Porvenir” y la “sub 23”. Ahí es donde los nuevos talentos se miden y donde se ve quién tiene proyección, o va a tenerla en algún momento.

E.P: Y ¿cómo se dio ese paso a ser un profesional?

A ver les cuento un poquito la historia del ciclismo colombiano en esto del profesionalismo… A Colombia en el año 83 la invitan al Tour de Francia, que es la carrera por etapas más importante del mundo. Después está el Giro de Italia y después está la Vuelta a España. Ese es el escalafón más o menos por la imagen, trayectoria, dificultad y por mercadeo. Entonces en el 83 se logra la invitación. Colombia antes de eso tenía un ciclismo aficionado. En Europa al ciclista le colocaban patrocinios en las camisetas, en las pantalonetas; había ya una imagen publicitaria. Acá en Colombia eso no se hacía mucho, simplemente no pasaba. Cuando llegamos allá tuvimos la oportunidad de ingresar en la élite del ciclismo internacional…

Volvimos a ir, y en el año 84 fue cuando Lucho [Herrera] ganó la etapa del Alpe d´Huez. Ahí fue cuando nos comenzaron realmente a ver a nivel mundial porque se dieron cuenta que teníamos madera. Miren, es que en esa época nadie siquiera sabía que Colombia existía en un mapa y ese triunfo de él, ahí, fue sorprendente. Así que ya en el año 85 nos dicen “Colombia tiene que estar presente” y surge el primer equipo propiamente profesional a través del patrocinio de Pilas Varta. Se hizo una selección nacional conformada por gente sacada de todos los equipos de aquí de Colombia y nos llevaron para hacer todo el calendario internacional. Estuvimos en la Vuelta a España, en el Giro no, porque era muy cerca al Tour de Francia y pues no se podía competir en ambos lugares, y en el Tour del 85 volvimos a hacer una buena figuración. Ganamos varias etapas, Lucho ganó dos, yo gané una; ganamos la montaña que es la de la camiseta esa de pepas rojas, y yo me gano la camiseta de neo-profesional que es la de los corredores menores de 25 años y que van por primera vez, y que también es la misma que ganó Nairo —la blanca—. Eso era sorprendente para ellos. Eso hasta nos preguntaban “venga, y ustedes ¿cómo hacen?”.

A partir de ahí comienza a competirse con ese sistema más profesional… Es que cuando llegamos allá era muy diferente, en Colombia a uno lo acompañaban motos. Los acompañantes llevaban las ruedas de repuesto en moto y todo ese acompañamiento era en motos que iban al lado de uno. Allá era con carros con parrillas, con equipos, con varias bicicletas, con marcas. Ahí fue que se comenzó a hablar de profesionalismo en el país.

Esa transición fue difícil porque ya eran carreras de 4000 kilómetros, de 22 días. Era una cosa completamente distinta a lo que hacíamos acá. Y otra cosa que a uno le sorprendía era la temperatura. El temita de las estaciones. Cuando nos tocaba en invierno era demasiado frío, había temperaturas bajo cero y nunca habíamos estado en esas condiciones. Acá uno estaba a 5 o 6 grados y lo podía aguantar, allá era terrible. Nosotros no sabíamos y empezamos a participar, y claro, nos dio durísimo. No teníamos la ropa adecuada y tocó comprarla. Y ya el caso del verano era el extremo opuesto; temperaturas de 40 grados. Para nosotros era dura esa parte. Salía uno de un pueblo en Colombia y llegaba a esas ciudades, con todo tan grande, la infraestructura imponente. Uno se sorprende. Y lo otro era la misma infraestructura, pero al interior de las carreras. La cantidad de gente, de carros, las vallas, los corredores. Los mismos corredores, porque nosotros todos negritos, chiquitos, bajitos, y esos manes de allá grandes, monos, ojiclaros; todos elegantes, uniformados. Eso daba temor. Pero todo eso lo rompimos con resultados. La gente nos miraba y se preguntaba ¿y esta gente qué? ¿Cómo nos ganaron? Ellos decían “algún día se van a ganar estas carreras”.

E.P: Luego de más de 30 años de haberse inaugurado la Vuelta a Colombia (que tuvo su primera edición en 1951) el país lograba sacar resultados contundentes en las grandes carreras de Europa. Nombres como el de Fabio Parra y Lucho Herrera comenzaban a abrirse paso ante la mirada atónita de un mundo ciclístico que nunca antes había vivido en carne propia el empuje de los pedalistas colombianos. En el interior del país hacía ya tiempo que la bicicleta se había ganado la afición de muchos. La Vuelta a Colombia y el Clásico RCN eran instituciones de mucha popularidad y ciclistas como Cochise Rodríguez o, un poco antes, Efraín Forero “el indomable Zipa” (un pionero histórico del ciclismo) eran ídolos establecidos. Ya hacía tiempo también que Fausto Coppi -el ciclista más legendario de la historia- había visitado el país (en 1957) y tras ser derrotado en una de las etapas había dicho que con un poco más de experiencia Colombia sería tan buena en el exterior como era en casa. En los setentas Cochise y Rafael Niño hicieron pinitos en la escena internacional, pero solo con la llegada de los ochenta el ciclismo colombiano pudo cumplir la profecía y demostrar su poder, hasta entonces limitado a los escenarios latinoamericanos.

Para este mismo momento el país vivía una época estremecida. Sucedían el desastre de Armero, la Toma del Palacio de Justicia, La UP comenzaba a ser masacrada y la guerra de carteles estaba en su más dura etapa (a propósito de los carteles en el ciclismo Vea nuestra nota sobre el Osito). Exterminios, bombas y asesinatos eran pan de cada día. En medio de un conflicto interno que involucró a tantos, el ciclismo fue una herramienta de la que se colgaron muchos sentimientos e intereses. Matt Rendell, un estudioso del ciclismo colombiano, por ejemplo, cuenta que luego de la victoria de Martín Ramírez en una etapa del Tour de Francia de 1984, el M-19 y el gobierno publicaron comunicados cruzados en los que exaltaban a los ciclistas y aprovechaban para echarse puyas, enalteciendo sus propias retóricas políticas y hablando mal del otro. También recuerda que en el 81 la mascota del equipo “bicicletas el Ositto” (de propiedad del hermano de Pablo Escobar) fue expulsada de una etapa por distribuir marihuana gratis en plena Vuelta a Colombia y que, en esa misma década Lucho Herrera traía el trofeo de la Vuelta a España a visitar a la virgen de Chiquinquirá, y la peregrinación contaba a la gente por kilómetros. Los ciclistas eran la personificación del empuje nacional en un tiempo de tortura, eran héroes míticos respetados por todos (aprovechados por todos) y se convirtieron en catalizadores de los tiempos agitados. La cara sangrante de Lucho Herrera al coronar la de etapa de Saint-Ettiene (1985), luego de una caída en descenso, era una metáfora poderosa del sufrimiento casi religioso del pueblo colombiano y la materialización de su deseo de sobreponerse a las dificultades. Igualmente, su uno-dos con Fabio Parra en la etapa 12 del Tour de Fracia de 1985 personificaba la victoria de la solidaridad y la disciplina sobre la competencia egoísta. Vencían los buenos.

Todo, en un tiempo en que el deporte hasta ahora comenzaba a empaparse de lo que significaba el profesionalismo. En Europa se ponía en juego la identidad internacional de Colombia y se fortalecía el fuero interno de la nación. Hacia afuera, la imagen de fortaleza innata del colombiano humilde, que pedaleaba sin carro acompañante ni ropa adecuada, se sobreponía al don calculado de los europeos y su apoyo tecnológico, económico y hasta farmacéutico (por aquello del doping). Hacia adentro, “los escarabajos”, como fueron llamados, eran la reafirmación del potencial nacional. Le preguntamos a Fabio qué cree él que significó el ciclismo en el marco del recrudecimiento de la violencia de los 80s y cómo era el ciclismo cuando recién comenzaban ellos a conocer las tierras de las grandes Vueltas:

“Yo creo que el deporte siempre significa mucho para un país. Y como ustedes pueden haber visto, en los olímpicos o en los mundiales, casi siempre son los países con recursos los que quedan arriba, y eso obedece a que son países que están más o menos bien, internamente. En el caso de Colombia era todo lo contrario. Era un contraste porque dábamos buenos resultados a pesar de las bombas y el narcotráfico. Éramos lo bueno frente a lo más malo. El ciclismo era un paliativo para todas esas cosas que pasaban. Eso ayudaba un poquito para amortiguar los impactos. Por otra parte, usted llegaba a pasar su pasaporte y veían que era colombiano y, de una, lo hacían a un lado y lo requisaban o lo maltrataban de alguna manera, porque la gente lo asociaba con cosas malas. Cuando ya empezamos a tener resultados, nos veían y decían “Ah, eso es donde los ciclistas ¡Chévere!”. El impacto del deporte ayudó a cambiar la imagen del país, y puede decirse que el ciclismo fue un deporte pionero en este tema. Dejar ver otra imagen más amigable de lo que Colombia era fue algo que se hizo a través de este deporte, y fue algo muy bueno.

De todos modos, sí hay que decir que internamente en esa época era distinto. La gente sí se volcaba a mirar las carreras, se vivía más el ciclismo. Importaba más. Ahorita, aunque hay buenos resultados, el fervor y la afición son diferentes. Antes se sentía más, había más pasión. Ahorita ya la gente es más tranquila”.

E.P: Profe Fabio, un gringo decía una vez que la historia del ciclismo era la historia del paso de la promoción de la nación a la promoción de las marcas. ¿Qué opina usted de esa idea?

Miren, como les dije, mis papás siempre fueron muy insistentes con el tema del estudio. Ellos siempre me decían “hay que estudiar o hay que estudiar”. Yo gané en el 81 la Vuelta a Colombia, cuando tenía como 21 años. Yo estaba muy joven. Pero cuando yo corría en esa época era prácticamente por la camiseta, a mí nadie me pagaba. Mis patrocinios eran mis papás. En el 82, yo dije me la voy a ganar otra vez —en esa época el famoso era Rafael Niño—. Sin embargo, me fui a Europa y regresé, y yo no estaba bien preparado. No gané, y para mí eso fue frustrante entonces decidí retirarme. Pero ¿por qué decidí eso? También fue porque dije, yo montando en bicicleta ni tengo con qué comer ni con qué subsistir. En esa época uno corría por la camiseta. Lo que importaba era el departamento, era el país. Eso era, que la felicitación, la palmadita y que qué berraquera, que tan bueno usted, mijo. Pero de aquello nada, entonces se ponía complicado.

Yo entonces me retiré, me puse a estudiar unos años y luego después volví. Una vez me llamaron y me dijeron que regresara y eso coincidió con que la gente estaba yendo a Europa. Como me había ido bien contra ellos (los colombianos), yo pensé que a mí también me iba a ir bien (contra los europeos). Pero esa es la característica del profesionalismo. En Europa les pagaban. Allá vivían del deporte. Entonces cuando comenzamos a ir con el equipo Varta-Café de Colombia ya nos comenzaron a pagar. Era muy poquito frente al sueldo europeo, pero era pago. Yo ahí corrí 85, 86 y 87 y luego en el 88 me llamó el equipo Kelme. Como ellos eran europeos me comenzaron a pagar bien, y, claro, yo vi cómo eran las cosas y comencé a darme cuenta que acá nos estaban era dando en la cabeza. Ahí empezó a organizarse la cosa y comenzaron a pagarle mejor a los ciclistas colombianos. Y así es el deporte hoy en día. A lo que voy es a que el deporte hoy es un trabajo y hay que verlo como eso. El lío es de pronto eso mismo, que no hay tiempo para hacer otras cosas y por eso estudiar es muy difícil. Es que usted va y entrena 7 u 8 horas en bicicleta, y cómo llega a estudiar. Coge un libro y se queda dormido. Hace falta un apoyo generalizado, porque no en todos lados apoyan a los deportistas. No es fácil.

Yo le digo, todo en este deporte además se mueve por resultados. El que da resultados es el que gana y todos buscan eso. Finalmente, el deporte de ahora es eso. Pasa de ser una cosa saludable y buscar otras cosas a ser un trabajo donde se mira cómo se hace para ganar cada vez más. Hay tantas vainas alrededor de esto.

E.P: Profe, aprovechemos que esto se va poniendo bueno y hagamos una pausa. Vamos a traer         unos cafecitos. Ya venimos…

 

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