oscars+2015

«Los Oscar no importan», lo dice el que desprecia el cine “Hollywodense” y sin embargo le debe su niñez y seguramente todos sus domingos (a menos que sea un esquimal o Álvaro Uribe); el que los cree un circo mediático y apunta a Cannes como si allá no hubiera fotógrafos persiguiendo como groupies a Bratt Pitt; lo dice el que se enoja con las nominaciones siempre repartidas entre los grandes estudios y aboga por un cine pobre, mientras los pobres realizadores sueñan con un presupuesto que les permita hacer una película tan grande como sus ambiciones (vean Jodorowsky’s Dune: un perfecto representante del “cine de autor” que hubiera dado la vida por hacer su versión de Star Wars); lo dicen en últimas los que siguen esperando que una ceremonia ligera y empalagosa como toda entrega de premios (premiar el arte es una ligereza, ya lo sabemos pero necesitamos el gesto) súbitamente se convierta en un debate de cineclub.

Todas estas quejas por supuesto demuestran lo contrario, que los premios importan, que en últimas nos seduce y apasiona ese ídolo de oro con que un puñado de profesionales del cine, a veces justos, a veces cándidos, a veces torpes, como los votantes de toda democracia, logran poner en vilo a la industria cinematográfica más poderosa del mundo. Dicho esto, hago un repaso por las ocho nominadas a mejor película (y una protesta):

 

Francotirador – American Sniper

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La vida de Chris Kyle, desde sus inicios como justiciero de Bullies en Texas hasta su trayectoria como francotirador de las fuerzas especiales SEAL durante la guerra de Irak. Es el francotirador más letal en la historia de los Estados Unidos, de ahí la película.

Tal vez si la hubieran estrenado en 2045, cuando nadie tuviera tan presente el desastre que fue Irak y el ridículo discurso que dio Clint Eastwood en la convención republicana con su respectiva parodia, sería una película más fácil de digerir. Lo cierto es que es una impecable pieza de acción que ha calado con los republicanos por su mensaje limpiamente pro-estadounidense (realmente pro-militar, y el mensaje no dista mucho de esa escalofriante metáfora de los perros ovejeros protegiendo ovejas indefensas) pero no deja de incomodar por las omisiones y los falsos dilemas con que le ahorra al público la ambigüedad de la guerra, además de las excesivas ficciones con que construye la leyenda de su protagonista (¿Sabía que el verdadero Chris Kyle no se enfrentó nunca al francotirador Olímpico? Mató a 150 milicianos o más, pero ninguno se ponía pañoletas rudas ó hacía Parkour). American Sniper es un homenaje sincero y sentido que no debe confundirse con propaganda, pero es muchísimo menos de lo que una épica de guerra puede llegar a ser.

Birdman o la inesperada virtud de la ignoracia – Birdman

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Riggan Thomson es un actor en decadencia que busca validarse como artista produciendo una ambiciosa obra de teatro al tiempo que lidia con familia y colegas en el tumulto de 72 horas en un teatro de Broadway.

No es porque esté muy bien escrita y muy bien actuada, ni siquiera por el impresionante trabajo de cámara (una imagen fluida pero gran angulada, donde todo se ve imponente pero a la vez natural) que el fotógrafo Emmanuel Lubeski sigue exprimiendo con Terrence Malick. Es la segunda en carrera (sería la ganadora en cualquier otro año sin Boyhood) porque le da al gremio lo que más le gusta después de películas sobre Nazis o con Meryl Streep (¿cuando harán “Sophie’s choice 2”?): un espejo. No es ningún cuento lo de la identificación del espectador: el personaje de Keaton logra materializar la ansiedad de todos los actores, el de Galifianakis la frustración de todos los representantes y productores, y el de Edward Norton… el de Edward Norton es la conocida fórmula del adorable patán a lo Doctor House, pero da gusto verlo en pantalla. A final de cuentas, Birdman seduce en todos los frentes, pero también le queda corta la grandeza con que se anuncia; es una película inspirada pero nunca verdaderamente genial.

Boyhood

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Documenta la adolescencia de un niño texano desde los 5 hasta los 18 años; el protagonista envejece sin efectos especiales, la película fue filmada en un periodo de 12 años.

Va a ganar (no porque digo yo; lo pronostica todo el mundo) porque hace trampa, son 12 años de película contra tres, máximo cinco del resto. No se trata de más tiempo para reunir plata o hacer más tomas, es simplemente tiempo, recapturado, cocinado a fuego lento y servido en momentos tan poderosamente auténticos que parecieran robados de nuestra propia niñez. Sí, el protagonista no tiene mucha personalidad (y cuando crece es algo irritante, como todo adolecente), la banda sonora es cursi (aunque de la mejor forma posible), hay personajes fuera de lugar, diálogos trillados, pero el espíritu de la película es tan imbatible que nos da toda una vida para aprender a perdonar sus desatinos.

El gran Hotel Budapest – The Grand Budapest Hotel

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Las peculiares aventuras de Zero, botones y fiel escudero de Gustave H, el excéntrico conserje de un lujoso hotel de principios de siglo XX en la república de Zubrowka, una imaginada región alpina en vísperas de guerra.

Seguramente el título más querido de la lista: se estrenó en febrero y después de diez meses de distracciones sus adeptos siguen aumentando lejos de desfallecer. El encanto de Wes Anderson es innegable, su estilo ya pasó de ser inconfundible a fundacional (prepárense para los imitadores que vienen en 5 o 10 años) y, en últimas, ya metió las manos en la guerra, con cuasi nazis y todo para terminar de seducir a la Academia. Intenté explicar en una reseña por qué no amé la película pero también hay muchas razones para admirarla; solo queda la molestia de que un director tan genial deba ser malinterpretado por su nuevo público (los que asumen su nostalgia casi modernista como la vacía fastuosidad de un Baz Luhrmann, la trágica precocidad de sus niños y la patética inmadurez de sus adultos como mero humor quirky a lo New Girl) para ganarse la atención que lleva años mereciendo.

El código enigma – The imitation Game

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Alan Turing es un brillante aunque cohibido matemático que se propone descifrar el código enigma, un sofisticado sistema de comunicación nazi que amenazaba con derrotar a las fuerzas aliadas.

Aunque cuatro de las ocho películas nominadas estén basadas en hechos reales (con Foxcatcher, si la hubieran nominado, serían 5), la historia de Alan Turing tiene tantos hitos y reveses que deberían ponerla en una categoría propia, algo así como “vida más adaptable al cine”. Uno se pregunta por qué se demoraron tanto en hacerla y, con algo de malicia, si la impecable interpretación de Cumberbatch no hubiera merecido la compañía de más riesgos, tanto en la naturaleza de la trama (que sorteando tres cronologías distintas no tiene tiempo para matices, ni en la personalidad de Turing ni en las vidas de su equipo de trabajo) como a la hora de escoger a su confidente Joan Clarke, interpretada por la siempre afinada pero siempre predecible Keira Nightley. Sería un crimen decir que la película no atrapa: es inteligente y genuinamente emocionante, incluso chistosa con ese tradicional ingenio inglés que contrasta tan bien con la compostura igualmente británica que encarnan Mark Strong y Tywin Lannister (los nerds saben muy bien de qué hablo); las tensiones, aunque muchas veces artificiosas, surten su efecto y el drama de un genio destruido por la ignorancia termina siendo conmovedor como pocos. La película funciona, como una maquina bien cableada y atornillada que sabe donde encontrar lo que busca, pero nunca logra toparse con lo inesperado.

Selma

 Selma

Basada en las protestas por los derechos civiles que Martin Luther King lideró en 1965, cuando marchó pacíficamente junto a miles de afroamericanos hasta Selma, una de las ciudades más abiertamente racistas de la época.

Es la película que no pude ver (se estrena en Colombia muy cerca de los Oscar), pero algo hay que juzgar y para eso mejor remitirse a la polémica que estalló tras la ausencia de actores negros en las categorías de mejor actor. De seguro habrá un componente de racismo, siquiera pasivo, en el criterio de los votantes responsables de una selección tan blancuzca (yo me lanzo a decir que las nominaciones de Robert Duvall y Emma Stone son bastante prescindibles, y Top Five y Dear White People merecían siquiera un guiño a sus actores o a mejor guión), pero lo que sí suena peligroso es exigir que un juicio estético esté forzado a ser equitativo. Queda opinar si se cometió una injusticia con Selma (y el asunto huele mal, una nominación a mejor película difícilmente viene sin un destacable trabajo actoral), pero defiendo el principio de que en un año gris, donde la variedad étnica no se refleje en las mejores propuesta cinematográficas por algún triste motivo (¿qué tal el racismo inconsciente de escritores, directores y productores que solo conciben historias de “género neutro”?) pueda darse una ceremonia de excesivas caras pálidas. Otra cosa sería Cannes, o cualquier festival realmente internacional, pero al fin y al cabo estamos hablando de un país mayoritariamente caucásico hasta por lo menos 2050.

La Teoría del Todo – The Theory of Everything

 La teoría del todo

Explora la relación de Stephen Hawking con su esposa Jane, pasando por su éxito como científico teórico y la grave enfermedad degenerativa que lo postró de por vida.  

Extrañamente hay que aplaudir esta película por lo que no es. No es un homenaje sesgado a su protagonista como American Sniper, ni una biografía de rigor como Mandela: Long Walk to Freedom o The Iron Lady, es un ejercicio de ficción con mérito propio que sabe alimentarse de la reposada comprensión de su fuente (está basada en las memorias de Jane Hawking, y para saber de alguien siempre es más fiable oír de su cónyuge) prefiriendo siempre detenerse en las escenas íntimas antes que apresurarse a sobrevolar los muchos hitos de quien puede ser el mayor rockstar científico de finales del siglo pasado. En El Parcero hay quienes difieren de mi opinión, les concedo que es una película difícil de defender, para nada innovadora y bastante novelera, pero hay algo en la forma en que fluye, en su falta de pretensiones y sus muestras de corazón que me resulta muy complaciente. “Cae bien”, como diría un amigo que seguramente la odió también.

Whiplash

Whiplash 

Un joven y ambicioso baterista de Jazz se somete al tutelaje de su reputadamente despiadado director de orquesta, soportando abusos verbales y hasta físicos con tal de convertirse en el mejor de su generación.

Qué artista joven no dice ser intenso y apasionado con su trabajo. Y aunque la mayoría de veces sea mentira, cuando sí hay verdadera intensidad y pasión en su quehacer el resultado suele ser tristemente convencional. Por eso Whiplash es una grata sorpresa, es esa rara película que merece todos los apelativos (“gripping”,”trilling”,”chilling” y todos los “ing”) con que los gringos etiquetan sus posters para persuadir al desconfiado espectador. Su director la define como un thriller pero es eso y más, tal vez sea el efecto del arte tan bueno que merece ser sobreinterpretado pero es una película que le habla a su generación, sacudiéndola y gritándole que todavía hay cosas por las que vale la pena emocionarse. Es casi seguro que Whiplash le va a valer un Oscar al hasta ahora ignorado J.K. Simmons (¿Le suena? Exactamente. Es este), pero merece muchísimo más, por lo menos 20 años de culto después de que salga en DVD.

¿Y Foxcatcher?

foxcatcher 

Los campeones de lucha olímpica Mark y David Schultz son llamados a reclamar su título en las olimpiadas de 1988 liderando el equipo Foxcatcher, una iniciativa financiada y dirigida por el excéntrico multimillonario John du Pont.

Finalmente dejo un grito de protesta por la exclusión de Foxcatcher, probablemente la mejor película gringa del año pero también la más árida y difícil. Muchos espectadores la encontrarán aburrida y otros simplemente vacía, y de alguna forma no están equivocados: es una película sobre el vacío y el aburrimiento norteamericano como no ha habido ninguna, la anti-película de deportes y una bofetada directa a ese sentido de superioridad nacional que justamente eventos como los Oscar buscan promover. Mejor dicho me retracto, tienen una muy buena razón para no incluirla.

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