Andrés Neuman, El fin de la lectura, Laguna Libros, Revista El Parcero

El escritor argentino Andrés Neuman estuvo en Colombia para presentar su nuevo libro El fin de la lectura, editado por Laguna Libros (Haga clic aquí para leer nuestra reseña). En El Parcero aprovechamos para preguntarle sobre el oficio de escribir, sobre su nuevo libro y un poco de su vida. Entrevista por Juan D. Pedraza y Juan Álvarez Umbarila.

El Parcero: Nuestra revista se llama El Parcero porque así es como nos referimos a los amigos en Colombia. Entonces esto es una entrevista a un amigo sobre su oficio. La idea es que sea fresca y muy poco acartonada.

Andrés Neuman: Menos mal. Si no, no estaríamos aquí.

E.P: Dónde naciste, dónde creciste. Cuándo comenzaste a escribir. ¿Renunciaste a algo por hacerlo?

A.N: Nací en Buenos Aires. Como verán no he crecido mucho para mi desgracia; pero sí que terminé de estudiar la escuela en España, en Granada, así que tuve una infancia en dos países y en dos orillas. Y también con dos ritmos de vida porque pasé de Buenos Aires no a Madrid o Barcelona que hubiese sido la emigración tradicional, sino a Granada, que es una pequeña ciudad Andaluza, con lo cual mi infancia está partida en dos lugares y también en dos estilos de vida. Empecé a escribir, todavía en Buenos Aires, con 9 o 10 años. Mis objetivos en la vida eran ser futbolista y escritor, en ese orden. Por supuesto, naturalmente. Y como fracasé con lo primero, me entregué desesperadamente a lo segundo. ¿Sacrificar? Bueno. Yo creo que toda vocación implica pequeños sacrificios diarios que tienen que ver con el tiempo y con el espacio, esas pequeñas renuncias diarias que acumuladas a lo largo de los años dan la entrega a un oficio artístico. Cualquier vocación, no sólo la literatura.

Sin embargo, podría localizar uno de esos momentos así muy visibles: yo era profesor de la universidad de Granada, de filología, aunque me especializaba en literatura latinoamericana —que era de lo que yo daba clases— y estaba terminando mi tesis doctoral, que era sobre la dictadura argentina y el cuento. Y cuando me quedaban seis meses para leer la tesis y tenía unas 200 páginas escritas, renuncié a la beca y no la leí. Fue una especie de sabotaje de mi carrera académica y me puse a preparar la siguiente novela, que curiosamente resultó ser El viajero del siglo. O sea que ahora uno puede pensar que fue una decisión afortunada pero en ese momento me quedé sin trabajo, sin sueldo y con dos padres —mi madre, que en paz descanse, porque en ese momento vivía— aterrados pensando que su hijo se había vuelto loco.

E.P: Sobre lo que dijiste de que tu vocación de niño era el fútbol…

A.N: Como toda persona decente.

E.P: En qué momento te diste cuenta de que el fútbol no era lo tuyo.

A.N: Hubo varios reveses que me hicieron aceptar la realidad. El primero es que jugaba al fútbol aceptablemente bien, pero ni mucho menos hubiera sido capaz de llegar a un equipo grande, ni ganarme la vida bien con eso, o sea que, de todos modos, de haber continuado, hubiera sido una especie de personaje de Bolaño jugando en un equipo de tercera división. Lo segundo fue lo que yo califico como la lesión más estúpida de la historia del fútbol, que yo tengo el honor de haber tenido, que es que me lesioné las dos rodillas al mismo tiempo. ¡En la misma jugada! Eso está al alcance de unos pocos. Fui a defender una pelota y me tiré, me barrí, y muy mal me barrí. Digamos que me flexioné sobre mis tobillos, me doblé sobre mis rodillas y el tipo que barrí, de ochenta kilos, cayó encima de mí. Me dañé las dos rótulas, el cartílago de las dos rótulas, y estuve un año casi sin poder moverme. Para entonces yo escribía mucho y siempre había pensando que iba a estar escribiendo para mí en mi casa. Y en ese año no hice otra cosa que leer y escribir y cuando se recuperaron mis rodillas había perdido totalmente el afán competitivo. Entonces seguí jugando un tiempo pero pasé a ser enganche, diez, es decir, dejé de defender. Me convertí en un futbolista perezoso y caradura que esperaba el pase de gol y después trotaba ociosamente por los tres cuartos de cancha. Y poco después lo dejé. Perdí las ganas, hablando en serio, de jugarme el físico por el fútbol. Así que tuve suerte de lesionarme.

E.P: A lo largo de tu carrera has escrito narración breve, prosa en forma de novela y poesía. Digamos que leyendo El fin de la lectura, el libro de cuentos que acaba de salir en Colombia, da la impresión de que se mezclan los géneros. ¿Cómo se nutren los géneros de la poesía a la prosa, y viceversa?

A.N: Bueno, para empezar, me parece importante señalar que la poesía no es un mero género literario sino una actitud ante el lenguaje. Partiendo de ahí, de que la poesía es una manera de entender la palabra, entonces la poesía puede impregnar cualquier acto de escritura. En realidad lo que más he publicado en mi vida es poesía. Creo que la poesía es el punto de partida de la prosa.

No solamente me interesa alternar los géneros, sino que en realidad lo que más me estimula es tratar de escribir en varios géneros al mismo tiempo: lograr una página que de algún modo se nutra de las ideas del ensayo, que tenga un cierto concepto musical del lenguaje, producción metafórica, que tiene que ver con la poesía, y que sea también esa página capaz de fabricar personajes, de contar historias. Esa sería como una utopía más o menos inalcanzable, pero con la que trabajo como objetivo en el que fracasar.

E.P: En el libro también notamos la poesía, lo que tú dices, la actitud frente al lenguaje.

A.N: Uno puede escribir un poema o no, y es bueno tener una relación poética con el lenguaje. De hecho, hay gente que la tiene y ni siquiera escribe.

E.P: Ahora que nos metemos con este tema de los géneros, el del cuento parece más complicado en términos de mercado editorial, sobre todo en nuestra época.

A.N: Sí, sí, ése es un viejo caballo de batalla —batalla perdida— del cuento. Mi idea del cuento, contraria al cuento largo a la norteamericana, que me encanta, es un cuento muy breve. Cuando practicas ese tipo específico de cuento, tan colindante por tanto con la poesía, te topas con un problema que creo que ha aquejado al cuento a la hora de defenderlo públicamente, que es que por su condición narrativa siempre ha compartido catálogo con las novelas, colección con las novelas, lo que lo hacía venir a ser una especie de hermano menor mercantil; no tenía un espacio específico, como la poesía. A veces se dice “bueno es que el cuento no vende”. No, no. La razón no es ésa. Porque la poesía vende menos y tiene muchas editoriales especializadas. Es una cuestión de la identidad estética del género. Entonces por un lado, al cuento le ha pasado que no ha encontrado muchos cauces editoriales específicos, y sólo ha sobrevivido como género autónomo en ciertas revistas, publicaciones periódicas, el New Yorker; esa tradición de revistas para cuento. Pero quitando eso nunca ha encontrado muchos espacios editoriales. los cuentistas no hemos sabido generar una tribu como los poetas. Una tribu autosuficiente. Los poetas digamos que son como la aldea Gala: serán pequeños pero irreductibles, ¿no? Entonces por mucho que Roma lea novelas, La Galia es la poesía. Y no hay manera de penetrar en ese reino sin salir derrotado. ¿Entonces por qué? Porque te encuentras un cierto tipo de poeta que es el poeta que escribe poesía, critica poesía, tiene una editorial de poesía. Es un circuito que se alimenta solo. El cuento siempre está esperando a que el gremio de la novela lo reivindique. Entonces se ha quedado en definitiva, que es a lo que voy, en un cierto territorio de nadie a la hora de encontrar sus espacios específicos. Creo que ése es el problema, porque si uno ve la historia de la literatura se encuentra con que no hay ninguna razón de peso para sostener que el cuento no pueda tener la misma o más dignidad que la novela. Como Borges, que nunca necesitó una novela para ser Borges.

E.P: El fin de la lectura es un título que ha aparecido de diferentes formas en distintas editoriales en varios países. ¿Tú crees que en términos de escritura estás buscando una versión definitiva?

A.N: No, no. Sé que no la habrá. Todas las antologías de cuentos mías se llaman El fin de la lectura. Y me pareció interesante hacer una especie de experimento con esa antología en marcha: es una antología permanentemente reescrita. En ningún país tiene el mismo contenido. Hay cuentos en común, por supuesto, pero, la penúltima que había salido fue en México, en la editorial Almadía. Para que se hagan una idea, no tiene los duodecálogos, no tiene secciones, y tiene un tercio de cuentos diferentes. O sea el contenido es seriamente distinto. No creo que coincida más de la mitad, y la mitad que coincide ni siquiera está ordenada de la misma manera. Entonces esto es una antología para Colombia. Y además con estas ilustraciones excelentes de Rafael Díaz que dialogan con el texto de un modo muy específico. No es un libro con ilustraciones. Creo que es un libro donde dialoga lo plástico con lo literario y de algún modo el texto comenta la ilustración y la ilustración ejerce una interpretación sobre el texto.

E.P: ¿Escribir es un oficio, una necesidad, un hábito, un mal hábito?

A.N: Puede ser todo eso. En mi caso sobre todo y para empezar, una necesidad. La prueba está en que no se ha modificado esa especie de neurosis compulsiva que es la escritura desde mis, diez, doce años, hasta ahora. El grado de compulsión es el mismo. Cuando no publicaba nada y ahora que publico, cuando no ganaba un centavo y ahora que puedo ganarme la vida, la necesidad no se ha modificado en absoluto.

Hay dos posturas, en el fondo románticas a su modo, que a mí me parece que revelan la complejidad de por qué escribe uno. Una cosa es el escribiente y otra el escritor. Está el escritor artista, el que escribe por inspiración, para el cual la técnica no existe. La técnica es para los talleres literarios y no para los grandes autores, entonces es este discurso donde, digamos, se trata de proteger el gremio de los elegidos. Tratar de dotarlo de un aura inalcanzable, como diciendo “por mucho que estudies, te esfuerces, no serás de esa estirpe”. Hay otra postura que tiene cierto prestigio entre la izquierda más o menos comprometida socialmente, pero que también tiene su falsedad, que dice que la literatura es puro oficio, es un artesano, somos como un albañil, no hay ninguna diferencia en el proceso creativo.

Entonces creo que tiene una parte fuerte de oficio, de aprendizaje, de ensayo y error, de paciencia. Creo que la rescritura es mucho más importante que la escritura. Y eso es una idea más de oficio. Pero sin embargo creo que es un oficio donde se juega tanto el inconsciente, tanto la memoria, y tanto la identidad, que no puede ser un oficio solamente artesanal.

E.P: Bueno, Andrés, a qué te dedicarías si no fueras escritor. Aparte de futbolista.

A.N: Es que el drama es que NO hubiera podido dedicarme aunque hubiese querido, que la tragedia es ésa. Si te soy sincero, si trato de imaginarme mi vida sin literatura, visualizo el vacío más completo. Era un poco como “eso o nada”. Era eso o nada. Pero si pienso en la historia de mi familia, yo podría haber intentado ser músico. Vengo de una familia de músicos: mi madre era música, mi padre es músico, mi hermano es músico, mi abuelo era profesor de violín. Entonces podría haberme encaminado hacia el mundo de la música clásica que era el de mi familia. Pero no era el mío.

E.P: Qué es lo peor y lo mejor de dedicar la vida a escribir. En un espectro amplio.

A.N: ¿Perdón, lo mejor y lo peor?

E.P: Sí, de dedicarse a escribir. En cuanto al oficio, en cuanto al mundo editorial, en cuanto a las preconcepciones que tiene la gente y esos clichés, esas cosas que tiene la sociedad de lo que debe ser un escritor o no.

A.N: jhmm… No, no creo que deba influir tanto en un escritor lo que piense la gente que es un escritor. Qué nos importa. Digo, ¿es realmente importante eso? No, no, eso para mí nunca ha sido un problema, ni para bien ni para mal. La angustia, quizás. Mira, yo si no escribo me deprimo inmediatamente. Para mí es una especie de droga irrenunciable, entonces le encuentro muchas más ventajas, no digo a ser escritor; a escribir. Sabrán que es rarísimo el escritor que le gusta escribir. Lo que parecemos es estar invadidos de escritores que quieren ser escritores.

Ahora, quizás lo único que realmente sufro, te diría, dentro del enorme placer y alivio que encuentro escribiendo es, justo antes de publicar el libro, cuando tienes que estar corrigiendo las pruebas y todo está sometido a crítica, todo está sometido a revisión, en ese momento yo entro en un proceso neurótico muy poco saludable. Reescribo una y otra vez el libro, me siento muy inseguro siempre. Además que cuando yo empecé a publicar pensé que cuando tuviera más experiencia y más libros, esto mejoraría y me sentiría más seguro de mí mismo, y he descubierto horrorizado que cada vez es peor. Porque al principio no tienes nada que perder, con lo cual ahora es igual, pero más. Entonces tengo un ataque de pánico enorme antes de publicar el libro. No mientras estoy escribiendo; lo disfruto mucho. Cuando estoy en mitad de un libro soy la persona más feliz del mundo. Aunque esté escribiendo sobre un campo de concentración o sobre la muerte de mi madre. La felicidad no me la da el tema; me la da el hecho de poder estar lidiando lingüísticamente con el dolor. Eso me genera una sensación de armonía vital que no encuentro cuando no escribo.

E.P: Ya para terminar, una pregunta al aire: cuál es la mejor excusa para escribir.

A.N: Bueno se me ocurren varias. Una es viajar. Creo que algún tipo de experiencia amorosa, por ejemplo. Y desde luego, inevitablemente una pérdida. Una muerte es un disparador del lenguaje, y bueno, eso es una de las más altas funciones de la escritura: seguir conversando con gente que no habla, nada menos.

La escritura en realidad no debería necesitar excusas, ¿no? A veces uno necesita una excusa para vivir, más que para escribir.

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